
El 18 de septiembre de 1986, tuve el honor de asistir en mi carácter de secretario del Consejo de Ministros, a la instalación en los jardines del Palacio de Miraflores, sede de la presidencia de Venezuela, del bronce del maestro integral, Rómulo Gallegos, elevado a la Primera Magistratura democráticamente, por imperativo de una vida entregada a Venezuela y del voto directo, universal y secreto, hecho que ocurría por primera vez en nuestra historia.
Rómulo Gallegos, lo recordamos como el escritor que exploró en su imaginación lo que podía ser un gran país, con toda aquella riqueza a flor de tierra. Lo recordamos como el presidente digno que cuando los militares conjurados pretendieron imponerle condiciones para que permaneciera en el poder, les contestó: “En Venezuela sólo existen dos lugares para mí: El Palacio Presidencial o la cárcel”.
El presidente Lusinchi atendiendo las sugerencias de la Comisión Centenaria del Nacimiento del ilustre escritor, presidida por el maestro de la Escuela de Medicina, Isaac Pardo, alumno y amigo de Gallegos, consintió que Rómulo Gallegos, Presidente y maestro, estuviera presente en el bronce en Miraflores.
El discurso central del acto correspondió a Hesnor Rivera y las palabras de cierre al presidente Lusinchi. El homenaje fue una especie de reparación histórica, con el presidente que siempre dio testimonio de una conducta intachable y que hizo lema de vida: “Confianza puesta en mí, nunca será defraudada”.
Gallegos cifró en los jóvenes, terreno abierto y fecundo, sus esperanzas de transformación, de redención, de reforma y de cambio. Sobre el verdadero triunfo sentencia el maestro: “Nuestro triunfo no será cuestión de azar ni cosa de un momento”. Advierte: “Cometemos el error de pretender realizar de una vez para siempre, con un solo tajo de espada, o un solo rasgo de pluma, la reforma radical del país”.
La presencia de su busto en Miraflores pretendió poner de relieve la sobriedad de vida en Palacio que alguna vez honró como pocos. Por presidente, por maestro, por visionario, queremos que esté siempre presente entre nosotros, afirmó el presidente Lusinchi, sin alardes que habría condenado quien fue esencialmente un hombre austero.
Para los jóvenes visitantes del Palacio de Miraflores, se deja el testimonio de la faz adusta, el gesto siempre noble del presidente, que nunca dejó de ser “maestro” y que llevaba tan profundamente su vocación, que quiso serlo y lo fue en los trances más difíciles de su vida de político y de magistrado.
El doctor Gonzalo Barrios decía del insigne republicano:
“Gallegos ofrecía una excepcional tendencia a la estabilidad, tanto en sus gustos como en sus credos. Si como narrador se mantuvo fiel a sus métodos clásicos, como político ajustó siempre sus propósitos a los dictados de su formación moral y filosófica”.
El escritor de las memorables novelas, La Trepadora, Reinaldo Solar, El Forastero, Doña Bárbara, Cantaclaro… dejó impreso en cada página la cuestión venezolana, y sus grandes novelas son una versión —entre realidad y ficción— de la historia de nuestro país.
Toda la geografía venezolana fue vista, sentida y expresada en las obras de Gallegos; la añoranza de un gran futuro para su país, es una de sus grandes constantes.
Este es el hombre cuyo busto fue develado en los jardines de Miraflores en 1986, al compás de la marcha presidencial con que la banda de la Guardia de Honor saluda al presidente de la República cuando llega a Palacio. Ese día quiso el presidente Lusinchi que la tocaran para recibir al maestro, en nombre de las Fuerzas Armadas y de la Nación entera.
La historia, inexorable, vio regresar a Gallegos al cariño, al aplauso, al respeto universal de sus compatriotas. Su figura recia, sobre pirámide, que es forma para depositar historia, en bronce y en ejemplo, con vocación de eternidad.
La ignominia que hoy manda autoritariamente decidió echarlo de Miraflores. En su lugar colocó el busto de Cipriano Castro, el dictador disoluto. Sobran los comentarios.
Gallegos volverá a Miraflores con la democracia y con el restablecimiento de la República de Venezuela. Cuestión de luchas y tiempo.