La literatura en general y particularmente la poesía son productos individuales, digamos mejor, individualistas, ya que si bien pueden estar inspiradas en realidades o ficciones colectivas, y se establecen entre los consumidores gracias al esfuerzo múltiple de editores, imprenteros, correctores, diseñadores, comentaristas, críticos y libreros, su origen primario es el individuo creador, su talento, inspiración, o como guste definirse.Sin considerar incluso en este caso, todos los demás posibles derivados del original hacia otras artes, métodos o sistemas de reproducción, ejecución y distribución; limitándonos al escritor y a su lector, sabemos que esa comunicación es un fenómeno producido únicamente entre la palabra escrita y aquel que la lee.
Tal vez por eso se pueda hablar de una generalidad universal: el escritor, poeta, dramaturgo, etc. es el dueño obligado de sus dichos y de sus silencios, siendo natural que se circunscriba a su ego, mientras materializa sus escritos.
Vicio profesional o naturaleza humana, el individualismo lo condena a mirar hacia sí mismo y reconocerse primero y único, aunque a continuación rechace lo que hizo, lo castigue al ostracismo de un cajón o a la muerte en una papelera.
Aquel primer acto de sentirse irremplazable cuando escribe, superior cuando desarrolla su idea y tal vez partero de la gestación de los sueños cuando vuelca sus imágenes y quedan a la vista en una pantalla o en un papel, también marca su actitud frente a los demás hechos de su desarrollo.
A nadie se le ocurriría pensar que un novelista no trabaje solitario, dándose sus tiempos para la lectura o la investigación, o que un poeta pueda estar dialogando, mientras arranca del fondo de su alma los frutos que ya maduros, deben ser cortados o caer por sí mismos.
El hábito que hace al creador literario lo acostumbra a vincularse con su léxico, su expresión, su modo y de alguna manera rechazar todo aquello que se aparta de lo suyo, o lo expresado por aquellos a quienes considera su similares, ya que nunca admitirá a nadie como igual, so pena de estar involucrado en imitaciones, plagios o crímenes semejantes.
Esta situación que debe ser universal en el mundo de los escritores, es particularmente grave y distorsionada en este Uruguay especialmente vulnerable, ya que las oportunidades son menores y cada quien las necesita para sí, lo cual hace más fáciles las envidias, competencias y mezquindades.
Los que convivimos diariamente con las actitudes de autores y sus manifestaciones expresas, pero fundamentalmente tácitas, sabemos de la absoluta imposibilidad de mínimas expresiones colectivas y generales, salvo aquellas de rechazo unánime a quienes en cierta forma puedan ser más exitosos, por haber alcanzado el favor del marketing y del éxito editorial. Actitud que se desarrolla independientemente de la calidad de los trabajos.
Cómo siquiera pensar en agrupamientos, sociedades, casas de escritores, gremiales, salvo aquellas ya tradicionales, que reúnen por localidades o gustos literarios y que siempre dependen del voluntarismo de unos pocos.
Apenas si pueden generarse algunos talleres literarios, lecturas para iniciados, unos pocos concursos –de los cuales siempre hay dudas, válidas o no- y algunas ediciones de pocos ejemplares hechas con sacrificio personal del autor, que luego presenta el libro, invita a sus amigos y familiares para que se lo compren y generalmente vende tan poco, que no logra ni siquiera resarcirse de parte del costo de edición. Lo demás es imposible. Nadie puede imaginar en este país manifestaciones como la de otros sitios que reúnen multitudes a escuchar poesía.
Las generaciones críticas que se han ido sucediendo también tienen su cuota de participación en este desarrollo de los aislamientos y de los ghetos. El valor de la crítica literaria que por supuesto nadie cuestiona en el fondo, se reduce muchas veces a simpatías o antipatías de los responsables, a los gustos personales, a las presiones de las editoriales en los medios o a la suerte que tenga el candidato.
En los medios, la mayoría de los autores están ausentes. Pero eso es capítulo aparte y no sólo es para la literatura que se cierran. Están prácticamente bloqueados para todos los aspectos culturales, salvo los de gran taquilla.
Los escritores entonces, presas del individualismo, de la soledad, a merced de la voluntad de los medios y los sistemas económicos- no es original pero sí válido recordar acá que cuando alguien dice...”y... yo escribo....”, la respuesta que recibe es siempre la misma...”¿y de qué vive?”-, envueltos en un sentimiento de rechazo cada vez más pronunciado por lo colectivo y víctimas de la desconfianza hacia todo, por el miedo a ser depredados por inescrupulosos que abusan de la debilidad y por qué no, de la vanidad y del amor propio, que siempre juega malas pasadas.
Seguramente sienten que sus fuerzas son miserables y en muchos casos se abandonan o buscan otras alternativas. Otros persisten en el esfuerzo y a veces logran un porcentaje mínimo de sus objetivos.
Es evidente que no existen políticas culturales en nuestro país. Al menos para la literatura. Es natural entonces que no exista protección, ni auspicios, ni aliento hacia la creación. Tal vez algunas intendencias incipientemente, ya que no cuentan con presupuestos adecuados y tienen otras necesidades prioritarias.
El Estado menos que nadie y todo forma parte de un enorme abandono de quienes, en definitiva, tendrían que ser considerados antes que nada: los autores emergentes.
Existen en el ámbito privado algunas iniciativas que pueden ser catalogadas de satisfactorias, aunque se debatan en una indiferencia generalizada. La experiencia de ediciones cooperativas puede, de alguna forma incentivar la creatividad, sobre todo si se realiza en el marco de actividades de promoción colectivas, manteniendo el nivel de decoro, sin herir con críticas descalificantes a quienes no alcanzaron todavía el nivel adecuado y escogiendo caminos de integración, con propuestas de metas alcanzables.
El propio dinamismo que tienen esos emprendimientos configura una vía de escape de los distribuidores de bestsellers, libreros con poco espacio que tienen la obligación de salvarse vendiendo lo que les piden y medios indiferentes que están siempre dispuestos a recibir lo que viene de otros sitios, cuando les genera un buen negocio.
El largo periplo de un escritor va muriendo en manos de la realidad. Desear que las cosas varíen parece algo utópico. Hasta que no se realice un cambio estratégico como política de Estado, no lo creemos posible. Tendría que alterarse incluso la tendencia del gusto del público hacia los productos chatarra que promocionan con tanto empeño los intereses económicos y abrirse en forma inteligente y amplia un espectro de estímulo a la creatividad que sabemos por experiencia que es grande y positiva. Es mucha la gente que escribe en nuestros países y nadie puede saber anticipadamente dónde estarán los valores futuros de nuestra cultura. Cortándoles el camino corremos el riesgo de ahogarlos para siempre.
Roberto Bianchi
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