Toda prefectura debe ser un antro horroroso. Para su funcionamiento no se requiere de locales gratos, modernamente dotados. ¿Para qué si mayormente lo que allí va es el perraje? Uno no lo cree. Pero pareciera que esas son las normas. Lo normal.Hace poco, tras un procedimiento oxidado, consigné en Personal de la UDO la fe de que estoy vivo. ¿Procedimiento oxidado? No exagero. Oxidado por lo que toca a la UDO y por lo que compete a la Alcaldía. Quien lo dude, vaya a alguna prefectura, como la céntrica de la parroquia Altagracia, Paseo La Margariteña, frente al parque Guaiquerí. Con tales datos, cualquiera imaginaría una experiencia de alta gracia infantil, vegetal y marinera. Mas, quien la vive, leerá tercetos de la dantesca Comedia dedicados al cómo ardemos en las pailas infernales.
Nadie sano entiende por qué funciona así y allí. Igualito que en la cuarta, pero peor. ¿No y que con la quinta otro gallo cantaría? ¡Ocho años van y en esos recovecos nada de vibrantes quiquiriquís y sí mucho de lastimero canto de pavita!
Debe de formar parte del entrenamiento para una guerra asimétrica que pudiera ser biológica. “Ordene mi comandante. Nosotros obedecemos”, grita el Hombre Nuevo. “¡Atención, arr: Prepararse para posibles infecciones microbianas de la piel, diarreas bacterianas y virosis obstructivas de vías respiratorias!”. ¿Acaso lo requerido para tan criminales fines, con el añadido de venenosos alacranes y arañas pelúas, no trasportan en artefactos especiales las astronaves del Imperio?
Vivimos en zona de riesgo que la sismología estudia y vigila. Pero, en la bacanal del poder, ¿a quién preocupan las condiciones en las prefecturas? Los techos abombados. Las paredes descoloridas o sin friso. Absolutamente a nadie en el cambalache municipal.
En el local predominan tonos funerarios que ya ni en las funerarias. Reina la humedad en que chapotea la putrefacción. Y aunque el personal procura brindar buena atención, le es poco menos que imposible con tan vetustas máquinas de escribir, mobiliario destartalado y anacrónicos archivadores. (¿Una fotocopiadora? ¿Qué es eso?). Los amarillentos registros carecen de protección. Renovar, modernizar por completo, costaría mucho menos que una Hummer, la versión civil del vehículo militar que en 1993 hiciera famoso el Imperio en la Operación Tormenta del Desierto. ¡Cómo gustan las naves neoliberales a los chicos y chicas “revo”!
Cerca de ellos, aquel personal –parte de la cumanidad maltratada– atiende a miles de otros maltratados, nacidos en un país cuyos desbocados y embotados mandamases gastan millardos afuera, residentes de una ciudad donde lujosas 4x4 trasladan a encumbrados jefes, hasta ayer auténticos peladores. Esta revolución da para revolucionarlo todo, sin revolucionar nada, y corrompiendo lo que sobra. Y pensar que hay quienes hablan, sin retorcimiento labial ninguno, de la Nueva Cultura del Hombre Nuevo. Chicos y chicas “revo” sanotes y de lo más reílones. Dios los guarde.
El Tiempo, 23-02-2007
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