El UniversalEl primer acto de resistencia es no oírlo, y apagar su canal
El maníaco de poder necesita invadir todos los espacios, hasta los rincones más íntimos de los demás; la mente, la consciencia, la vida cotidiana de todos.
Por ello habla mucho, a diario y vociferante; que nadie pueda oír a alguien más; que nadie pueda querer, ni siquiera odiar a otro. Cualquier cosa con tal de sentirse omnipresente. Un día decreta lo que ya estaba en una ley y era innecesario; otro inventa cambiar el himno o el escudo nacional; ataca a propietarios o educadores; a productores, comerciantes o consumidores; a la sociedad civil o la eclesiástica; y sobre todo, necesita amenazar a alguien cada día; humillar, mandar, obligar, intentar unificar bajo su sola voluntad que supone omnímoda. Es un viaje de ego; narcisismo, obsesión. La megalomanía es quizá la más peligrosa de las pasiones; incluso más que la codicia y ciertamente menos creativa. El codicioso amasa bienes materiales pero en ese camino puede ser generador de mucha riqueza para otros. El megalómano acumula, devora o desecha seres humanos. No deja nada para los demás.
Por allí alcanza un estado final de paranoia y soledad total porque se siente perseguido, amenazado, víctima potencial de magnicidio. Desconfía de todos. En lugar de guayaberas usará pesados chalecos anti-balas; ya no podrá dejar que se le acerquen viejitas amorosas ni jóvenes emprendedores, ni aun los inocentes niños a los que la revolución ha lavado el cerebro.
Los más cercanos entrarán bajo sospecha de traición o tibieza. Unos cuantos, probablemente los mejores, aquellos que conservan algo de cerebro y amor propios, caerán primero antes de que caiga él bajo el imperio de la necesidad y su locura.
Lo curioso es que haya quien lo escuche, que se someta, se humille, se venda, que crea en una razón absoluta.
Por eso el primer acto de resistencia es no oírlo, apagar su canal, ocuparse en la propia obra y creación, seguir resistiendo cada quien en su oficio superando la voz del obseso. Dejarlo que se hunda en la profunda soledad del poder.
ruthcapriles@yahoo.com
El maníaco de poder necesita invadir todos los espacios, hasta los rincones más íntimos de los demás; la mente, la consciencia, la vida cotidiana de todos.
Por ello habla mucho, a diario y vociferante; que nadie pueda oír a alguien más; que nadie pueda querer, ni siquiera odiar a otro. Cualquier cosa con tal de sentirse omnipresente. Un día decreta lo que ya estaba en una ley y era innecesario; otro inventa cambiar el himno o el escudo nacional; ataca a propietarios o educadores; a productores, comerciantes o consumidores; a la sociedad civil o la eclesiástica; y sobre todo, necesita amenazar a alguien cada día; humillar, mandar, obligar, intentar unificar bajo su sola voluntad que supone omnímoda. Es un viaje de ego; narcisismo, obsesión. La megalomanía es quizá la más peligrosa de las pasiones; incluso más que la codicia y ciertamente menos creativa. El codicioso amasa bienes materiales pero en ese camino puede ser generador de mucha riqueza para otros. El megalómano acumula, devora o desecha seres humanos. No deja nada para los demás.
Por allí alcanza un estado final de paranoia y soledad total porque se siente perseguido, amenazado, víctima potencial de magnicidio. Desconfía de todos. En lugar de guayaberas usará pesados chalecos anti-balas; ya no podrá dejar que se le acerquen viejitas amorosas ni jóvenes emprendedores, ni aun los inocentes niños a los que la revolución ha lavado el cerebro.
Los más cercanos entrarán bajo sospecha de traición o tibieza. Unos cuantos, probablemente los mejores, aquellos que conservan algo de cerebro y amor propios, caerán primero antes de que caiga él bajo el imperio de la necesidad y su locura.
Lo curioso es que haya quien lo escuche, que se someta, se humille, se venda, que crea en una razón absoluta.
Por eso el primer acto de resistencia es no oírlo, apagar su canal, ocuparse en la propia obra y creación, seguir resistiendo cada quien en su oficio superando la voz del obseso. Dejarlo que se hunda en la profunda soledad del poder.
ruthcapriles@yahoo.com
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.