Al margen de que sea verdad o no, hay un convencimiento extendido en el pueblo opositor, de que Manuel Rosales, su socio político Julio Borges, y el estratega de esa triada, Teodoro Petkoff, negociaron con el régimen para participar en las elecciones pasadas, lo que legitimó a Chávez en el mando de la República.Las voces más cautas, han insinuado en su descargo, que esa negociación fue hecha de buena fe, que contenía acuerdos democráticos y que teniendo como interlocutor oficialista al entonces vicepresidente José Vicente Rangel, constituía un respiro para reencauzar al país por la senda democrática.
Lo cierto es que el Presidente se ha desentendido de cualquier acuerdo, si lo hubo. Defenestró de la vicepresidencia al supuesto fiador que había garantizado su cumplimiento, y ha utilizado este ardid, que le deparó un reconocimiento instantáneo por parte de Rosales de su supuesta victoria, y se asume como el dueño de Venezuela, profundizando su “revolución”, y acercándonos cada vez más al “mar de la felicidad” castro-comunista.
Mientras, el liderazgo opositor luce atomizado, disminuido y presa del canibalismo fratricida que lo hunde en el pozo de sus fracasos. La llamada oposición radicalista, ha acertado desde hace tiempo, en el diagnóstico de la bufonada totalitaria; no obstante, carece de claridad, estrategia y del empuje para acometer terapéuticas al respecto. En su descargo podemos señalar, el poco o nulo espacio que le conceden los grandes medios que presumen de defensores de la libertad y la democracia, para que su mensaje tenga eco en el colectivo nacional.
El otro reducto opositor, el tildado de colaboracionista, con Manuel Rosales a la cabeza, se nota cada vez más distanciado de la terca realidad política, que enseña que a las dictaduras solo se les combate con la resistencia; y cualquier participación electoral solo debe procurar la movilización del pueblo. Insistir en participar en la pantomima seudodemocrática que Chávez ha instaurado en Venezuela, sin tener una visión adecuada del carácter totalitario del régimen que ha secuestrado los poderes públicos, señaladamente el electoral, constituye cuando menos una ingenuidad y cuando más, una traición a la Patria.
En la medida que Chávez enseña y aplica sus colmillos autocráticos y totalitarios, en esa misma medida aminora el respaldo a quienes se aprecian como timoratos, oportunistas y en negociaciones con la autocracia para salvaguardar intereses muy particulares.
La discusión de la reforma constitucional, que solo procura perpetuar a Chávez vía reelección indefinida, va a mostrarnos el real compromiso democrático de algunos opositores. En lo que respecta a Manuel Rosales, tienen una “papa caliente” con el tema de la reelección indefinida debido a que se aprobará para todos los cargos de elección popular. Veremos si Rosales se planta a rechazar esta treta hegemónica, y demuestra sus convicciones democráticas defendiendo la alternabilidad, o si se postula nuevamente para el Zulia atendiendo a sus intereses personales. Ya veremos.
¡Qué vaina!
La papa caliente de RosalesLuis V. MárquezEl Tiempo, Puerto La Cruz
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