La utopía de los cristianos consiste en dar los pasos necesarios para comenzar a establecer el Reino de Dios en este mundo, pero sabemos que eso no se logrará acabadamente, pero si es una magnífica inspiración para conformar una mejor civilización. El ensayo del padre Luis Ugalde “Utopía política entre la esperanza y la opresión”, arroja luces precisas sobre este tema. Los textos del Evangelio, pueden dar pie a actitudes contrapuestas: a la responsabilidad de construir una tierra más justa, fraterna y siempre perfectible, o a la espera de una utopía de redención que nos trae un definitivo paraíso sin mal en la tierra. Según los especialistas, parece que entre algunos discípulos y seguidores hubo esperanzas de que Jesús restituyera el Reino de Israel en una acción política liberadora del Imperio Romano. Jesús los desilusionó al decir que el Reino se hace presente en la conversión personal y ya está actuando; y cuando responde a Pilatos que “mi Reino no es de este mundo”. La salvación se nos ha dado ya, pero en esperanza, como germen que lucha en las situaciones históricas concretas y los creyentes actúan guiados por el Espíritu del Reino que es espíritu de verdad, de justicia, de amor y de paz. Pero su plenitud no es de este mundo. Así se combina la plenitud de la promesa en Dios con la responsabilidad histórica de la acción humana nutrida por esa esperanza que trasciende a la historia. Según la interpretación ortodoxa de la Iglesia, el misterio de la muerte y resurrección de Jesús tiene una expresión en el crecimiento espiritual personal y comunitario, que no consiste en el establecimiento de un paraíso en la tierra. Aunque Jesús no haya sido un líder político, ni haya legado teorías económicas y sociales para establecer la justicia social y la felicidad en la tierra, da elementos de inspiración y de liberación que inciden en los cambios históricos. La semilla del Reino ya está en este mundo, pero su plenitud siempre está en el amor de Dios que trasciende al mundo y a la muerte; de ahí la permanente tensión de los seguidores de Jesús con las inhumanas realidades políticas y sociales de este mundo. Esto ha hecho que la Iglesia haya pasado por muy diversas actitudes en cuanto a su aporte, y el de cada cristiano, a la humanización en la historia, desde el intento de establecer reinos de este mundo como reinos cristianos sometidos y regidos por la autoridad eclesiástica, hasta actitudes más evasivas y de mayor desinterés por este mundo pasajero y “valle de lágrimas”. Ambos extremos son considerados por la interpretación ortodoxa de la Iglesia como inaceptables. A lo largo de la historia, expresa Ugalde, se han ido clarificando las relaciones entre la Iglesia y el Estado y sus autoridades hasta llegar al reconocimiento de que la autoridad civil y política es autónoma de la autoridad religiosa. Los cristianos como ciudadanos asumen su responsabilidad de acuerdo a su conciencia y convicciones. La centralidad de la persona humana lleva a una atención prioritaria a las víctimas de este mundo, a la radical afirmación de los pobres como sujetos, y la subordinación de los bienes, poderes e instituciones terrenas, como medios. La vivencia y la inspiración que encuentran los cristianos en Jesús les lleva a tener un ideal y a buscar los mejores medios para realizarlo, abierto en principio a diversas teorías, conocimientos y medios que la Humanidad va produciendo con su talento y responsabilidad, y no son un aporte específico del Evangelio. Es decir, la Iglesia reconoce la autonomía de los saberes y de las ciencias humanas, así como de las autoridades terrenas. La Iglesia considera que Jesús no prometió un paraíso en la tierra como un nuevo orden sociopolítico, pero siempre se siente interpelada por su espíritu de fraternidad y movida para rechazar la explotación, las discriminaciones, la dominación humana y a buscar un orden en el que los pobres dejen de ser simples objetos y ocupen el centro de la vida y de la organización de las sociedades. Es clara también la llamada de Jesús en no hacer un absoluto de la economía y el poder político, sino anteponerles a la persona como valor superior de la que éstos han de ser meros instrumentos.
.
Translate
sábado, 9 de agosto de 2008
LA UTOPÍA de los católicos de Julio César Arreaza B.
La utopía de los cristianos consiste en dar los pasos necesarios para comenzar a establecer el Reino de Dios en este mundo, pero sabemos que eso no se logrará acabadamente, pero si es una magnífica inspiración para conformar una mejor civilización. El ensayo del padre Luis Ugalde “Utopía política entre la esperanza y la opresión”, arroja luces precisas sobre este tema. Los textos del Evangelio, pueden dar pie a actitudes contrapuestas: a la responsabilidad de construir una tierra más justa, fraterna y siempre perfectible, o a la espera de una utopía de redención que nos trae un definitivo paraíso sin mal en la tierra. Según los especialistas, parece que entre algunos discípulos y seguidores hubo esperanzas de que Jesús restituyera el Reino de Israel en una acción política liberadora del Imperio Romano. Jesús los desilusionó al decir que el Reino se hace presente en la conversión personal y ya está actuando; y cuando responde a Pilatos que “mi Reino no es de este mundo”. La salvación se nos ha dado ya, pero en esperanza, como germen que lucha en las situaciones históricas concretas y los creyentes actúan guiados por el Espíritu del Reino que es espíritu de verdad, de justicia, de amor y de paz. Pero su plenitud no es de este mundo. Así se combina la plenitud de la promesa en Dios con la responsabilidad histórica de la acción humana nutrida por esa esperanza que trasciende a la historia. Según la interpretación ortodoxa de la Iglesia, el misterio de la muerte y resurrección de Jesús tiene una expresión en el crecimiento espiritual personal y comunitario, que no consiste en el establecimiento de un paraíso en la tierra. Aunque Jesús no haya sido un líder político, ni haya legado teorías económicas y sociales para establecer la justicia social y la felicidad en la tierra, da elementos de inspiración y de liberación que inciden en los cambios históricos. La semilla del Reino ya está en este mundo, pero su plenitud siempre está en el amor de Dios que trasciende al mundo y a la muerte; de ahí la permanente tensión de los seguidores de Jesús con las inhumanas realidades políticas y sociales de este mundo. Esto ha hecho que la Iglesia haya pasado por muy diversas actitudes en cuanto a su aporte, y el de cada cristiano, a la humanización en la historia, desde el intento de establecer reinos de este mundo como reinos cristianos sometidos y regidos por la autoridad eclesiástica, hasta actitudes más evasivas y de mayor desinterés por este mundo pasajero y “valle de lágrimas”. Ambos extremos son considerados por la interpretación ortodoxa de la Iglesia como inaceptables. A lo largo de la historia, expresa Ugalde, se han ido clarificando las relaciones entre la Iglesia y el Estado y sus autoridades hasta llegar al reconocimiento de que la autoridad civil y política es autónoma de la autoridad religiosa. Los cristianos como ciudadanos asumen su responsabilidad de acuerdo a su conciencia y convicciones. La centralidad de la persona humana lleva a una atención prioritaria a las víctimas de este mundo, a la radical afirmación de los pobres como sujetos, y la subordinación de los bienes, poderes e instituciones terrenas, como medios. La vivencia y la inspiración que encuentran los cristianos en Jesús les lleva a tener un ideal y a buscar los mejores medios para realizarlo, abierto en principio a diversas teorías, conocimientos y medios que la Humanidad va produciendo con su talento y responsabilidad, y no son un aporte específico del Evangelio. Es decir, la Iglesia reconoce la autonomía de los saberes y de las ciencias humanas, así como de las autoridades terrenas. La Iglesia considera que Jesús no prometió un paraíso en la tierra como un nuevo orden sociopolítico, pero siempre se siente interpelada por su espíritu de fraternidad y movida para rechazar la explotación, las discriminaciones, la dominación humana y a buscar un orden en el que los pobres dejen de ser simples objetos y ocupen el centro de la vida y de la organización de las sociedades. Es clara también la llamada de Jesús en no hacer un absoluto de la economía y el poder político, sino anteponerles a la persona como valor superior de la que éstos han de ser meros instrumentos.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.