La manera en que la utopía suele instalarse en al alma de los desposeídos —y en la promesa engañosa de los demagogos mesiánicos, conduce a buscar los cambios ideales y al mismo tiempo impedir su éxito práctico y realista.América Latina es una muestra dramática de la alternancia intermitente entre utopías de liberación, que prometen paraísos de libertad, justicia y felicidad, con brutales realidades de opresión, miseria e injusticia. Cuando en otros continentes prevalecen los cambios y avances concretos donde la utopía y el deseo de sociedades ideales ayudan a diseñar proyectos factibles y alcanzarlos, ¿por qué, entre nosotros, vuelven las políticas mesiánicas que, luego de un tiempo, sólo dejan cenizas de frustración? ¿Es que la miseria sin avances reales cultiva los sueños utópicos, o más bien por aferrarnos a ideales utópicos irrealizables bloqueamos la capacidad realista de superar la miseria y consolidar los cambios necesarios y factibles? ¿Será que el gusto por la revolución total nos vuelve incapaces para los cambios graduales y la cotidiana gestión honesta? ¿Por qué las utopías mesiánicas, liberadoras cuando son oposición, al llegar al gobierno se transforman en instrumentos legitimadores de regímenes tiranos? ¿Será que hay una propensión latinoamericana a sueños utópicos que bloquean el realismo político y se convierten en obstáculo a la construcción realista de sociedades de progreso, libertad y justicia? ¿No hay otro modo más constructivo y realista de vivir la utopía que motoriza los cambios y facilita su exitosa realización? En la Venezuela de hoy son muy pertinentes estas interrogantes que lanza el padre Luis Ugalde, junto a otras consideraciones, para la reflexión y acción. Estamos de acuerdo con la idea de utopía de María Ramírez Ribes: “La utopía necesaria hoy es esa posibilidad y potencialidad inherente a todo ser humano de trascender el momento, elevar su condición de vida, mejorar su circunstancia e incidir en su entorno en forma activa, integral y constructiva. La utopía necesaria hoy es realista y práctica, ya no cree en absolutos y descarta aquella vieja concepción de la creación de un cielo en la tierra”. El contraste de opiniones, el debate y el conflicto son inevitables hacia la maduración de una nueva convicción mayoritaria y la producción de una nueva realidad. La utopía es valiosa, no como confusión de planos reales e ideales, sino como guía, valor y motor para el uso de los medios científico-tecnológicos, institucionales, organizativos, culturales y legales con miras a convertir en realidad aquello que consideramos posible y necesario. De esta manera, la utopía, insiste Ugalde, no sólo sirve para diseñar sueños y despertar ilusiones políticas, sino que es un factor de cambio para concretar etapas superiores de humanización. En América Latina necesitamos una cultura y práctica política que combine de manera inseparable la libertad y la justicia social ideales, con logros efectivos graduales. La historia demuestra, de manera repetida, que la mentalidad utopista que quiere saltar de la deprimente realidad al ideal, sin poner los medios, ni dar los pasos realistas con proyectos de cambio y de avance, trae más muerte. La solución no es renunciar a la utopía, sino tomarla como inspiración para hacer proyectos viables de transformación con efectivos logros de libertad y de justicia social. El pensamiento utópico que no acepta el hecho de que sin la realidad dada, por pobre y negativa que sea, nada tenemos, y que desprecia la gradualidad de un buen gobierno, porque lo que hay que hacer no son reformas sino revolución, es la mejor manera de garantizar la permanente frustración y el círculo vicioso entre sueños de libertad y golpes de dictadura. Todo régimen con la pretensión de que con él se logra la definitiva realización de la utopía y de que nada mejor puede existir después de él, termina en reaccionaria opresión. Sólo una conciencia que comparta las limitaciones y la perfectibilidad, permanece abierta al cambio, a la crítica, a los derechos personales de cada uno y a la pluralidad democrática, remata Ugalde.
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