
Poesía. En la terminología de la última crítica se prefiere el calificativo menos problemático de "emergente" a la voz "nuevo", destinada a un objeto de análisis consagrable sólo en la medida en que se perfila ex nihilo ante una compacta masa previa. La emergencia, a diferencia del texto innovador, tiene la virtud de aludir al proceso y no al resultado, a la acción de brotar desde una monótona y -se sobreentiende- muerta permanencia.
Hay que agradecer, sin embargo, que ni Armando Romero ni Eduardo Milán los empleen al frente de sus arriesgadas antologías "nuevas", Una gravedad alegre y Pulir huesos, respectivamente. El subtítulo de la primera -"antología de poesía latinoamericana al siglo XXI"- y alguna concesión del segundo pueden disculparse como inevitable tributo al marketing o como estrategia descriptiva.
Ningún poema emerge de otro lugar que no sea su propio fondo de silencio, fondo del que nace más o menos rudamente, con el que comparte diálogo y negocia espacio. Tampoco es nuevo ni antiguo para sí mismo. Al contrario, funciona desde la absoluta contemporaneidad con sus premisas, desde la actualidad consigo y con el lector que lo recorre en "este momento", porque su lectura real sólo se cumple "aquí y ahora". Es, como el poema leído, únicamente coetánea.
Así podemos entender la propuesta extemporánea que se constituye en corazón del libro de Eduardo Milán: su descubierto poeta chileno Paulo de Jolly le escribe a Luis XIV, a Versalles y al siglo XVIII. Con tan chocante "pasatismo" rococó produce -nos dice Milán- "un destiempo", es decir, rompe el férreo transcurso de lo que acontece para actualizar, a cambio, la temporalidad propia del verso, para ceder este presente al presente poético.
En el anacronismo de Jolly estaría resumido cierto estado común -el único- de los poetas recopilados: en todos ellos se insinúa una soberbia y definitiva crisis temporal que, si bien redunda en la autonomía del poema -en tanto un instante fuera de los instantes-, no implica detrás una propuesta pragmática ni deliberada. La poesía del "destiempo", que no puede confundirse ya con una restauración arqueológica, asume su estar fuera de época sin demasiado duelo, sin sensación de pérdida y sobre todo sin programa, en aquellos poetas recientes que ofrecen, no combativas tomas de posición, sino más bien aisladas y nada ideológicas decisiones de escritura. Tantas decisiones como poetas en una diversidad que no se cancela ni anula, que complica la reflexión que se le dirija, reduciéndola a una especie de pura aceptación de hechos, a una asunción nominal y no argumentativa de la "contradicción en coexistencia" que conlleva la selección, reconvertida o "customizada" para nuestra nueva era en lo que Milán califica de "catastro aformal" o de operación estadística, el desplegarse simultáneo de opciones escritas.
De hecho, ahí están conviviendo modos ni homogéneos ni intercambiables como el coloquialismo extremo de Roberto Appratto y la epopeya corrosiva de Diego Marquieira, junto al conceptismo sexuado de Laura Scarano o el laconismo en pareados de Enrique Baci; la intimidad e inclemencia del mundo en Edgardo Dobry, la religiosidad tonal de Francisco Magaña o la mitopoesía con regreso a las fuentes en Fernández Granados; las medidas construcciones de Magdalena Chocano frente al verso "por hacerse" de Reynaldo Jiménez; el poema de Josu Landa como tipología del éxtasis o como estabilidad desde la que articular mensaje en Eduardo Hurtado, en contraste con la palabra descarnada/desencarnada de Mauricio Medo -su inestable discurso loco- o ese lujo verbal a galope rapeado de Roger Santiváñez.
Este destiempo de la poesía última la coloca en una especie de pausa indiferente, una suspensión no tensada, algo que preocupa a Milán en tanto resultado en hueco del precipitado vanguardista: esa sensación de que el antiguo concepto de "sublime" o de "día logrado", que ponía al poema a funcionar en la búsqueda superior de un sentido, venga a ser sustituido por un trágico menos claro y consistente en lo que ya Burke intuía como la posibilidad de que "nada mayor ocurra" o que lo que ocurra sea en todo caso el flatus voci, el momento vacío. En eso consiste la orfandad de la escritura poética contemporánea: en que, bajo las anacronías a las que se acoge, insinúe en realidad una falta no de tiempo, sino "en el tiempo", que bajo sus experimentos con lo histórico y lo memorial esté hablando de una insignificancia irremediable del "ahora".
Para subsanarla, los poetas últimos acumulan habilidad retórica, increíbles sonoridades, sagacidad narrativa, potente representación metafórica, reconocimientos canónicos y reconversiones de la tradición, un saber eficaz -incluso un saber eficaz y perturbado-, serios esfuerzos de resistencia y una fortísima autoconciencia verbal que los aleja, según Eduardo Milán, de operaciones reductoras para las cuales cierta ingenuidad expositiva o cierta despreocupación metafísica equivaldría a "transmisión de vivencias". Los poetas jóvenes de Milán son sólidos y complicados, están altamente capacitados, participan de alguna oscuridad y tantean el misterio, lo que no les pone a salvo de la frustración. Es decir, son todo menos ilusos fingidos. Jóvenes pero desencantados, la suya es una tarea desértica, un banquete de despojos o, como quiere el título, un "pulir huesos". Todo ello no impide que se los lea con asombro, se les disfrute y celebre, porque son buenos poetas -la selección y el estudio de Milán son magníficos-, una colección amplia de decires amodales, amodélicos, radicales y atemporales, no por desacompasados, menos nítidamente actuales, menos ahuecados y dolorosamente presentes. -Saudades
Sandra Lorenzano
Fondo de Cultura Económica
México DF, 2008
Hay que agradecer, sin embargo, que ni Armando Romero ni Eduardo Milán los empleen al frente de sus arriesgadas antologías "nuevas", Una gravedad alegre y Pulir huesos, respectivamente. El subtítulo de la primera -"antología de poesía latinoamericana al siglo XXI"- y alguna concesión del segundo pueden disculparse como inevitable tributo al marketing o como estrategia descriptiva.
Ningún poema emerge de otro lugar que no sea su propio fondo de silencio, fondo del que nace más o menos rudamente, con el que comparte diálogo y negocia espacio. Tampoco es nuevo ni antiguo para sí mismo. Al contrario, funciona desde la absoluta contemporaneidad con sus premisas, desde la actualidad consigo y con el lector que lo recorre en "este momento", porque su lectura real sólo se cumple "aquí y ahora". Es, como el poema leído, únicamente coetánea.
Así podemos entender la propuesta extemporánea que se constituye en corazón del libro de Eduardo Milán: su descubierto poeta chileno Paulo de Jolly le escribe a Luis XIV, a Versalles y al siglo XVIII. Con tan chocante "pasatismo" rococó produce -nos dice Milán- "un destiempo", es decir, rompe el férreo transcurso de lo que acontece para actualizar, a cambio, la temporalidad propia del verso, para ceder este presente al presente poético.
En el anacronismo de Jolly estaría resumido cierto estado común -el único- de los poetas recopilados: en todos ellos se insinúa una soberbia y definitiva crisis temporal que, si bien redunda en la autonomía del poema -en tanto un instante fuera de los instantes-, no implica detrás una propuesta pragmática ni deliberada. La poesía del "destiempo", que no puede confundirse ya con una restauración arqueológica, asume su estar fuera de época sin demasiado duelo, sin sensación de pérdida y sobre todo sin programa, en aquellos poetas recientes que ofrecen, no combativas tomas de posición, sino más bien aisladas y nada ideológicas decisiones de escritura. Tantas decisiones como poetas en una diversidad que no se cancela ni anula, que complica la reflexión que se le dirija, reduciéndola a una especie de pura aceptación de hechos, a una asunción nominal y no argumentativa de la "contradicción en coexistencia" que conlleva la selección, reconvertida o "customizada" para nuestra nueva era en lo que Milán califica de "catastro aformal" o de operación estadística, el desplegarse simultáneo de opciones escritas.
De hecho, ahí están conviviendo modos ni homogéneos ni intercambiables como el coloquialismo extremo de Roberto Appratto y la epopeya corrosiva de Diego Marquieira, junto al conceptismo sexuado de Laura Scarano o el laconismo en pareados de Enrique Baci; la intimidad e inclemencia del mundo en Edgardo Dobry, la religiosidad tonal de Francisco Magaña o la mitopoesía con regreso a las fuentes en Fernández Granados; las medidas construcciones de Magdalena Chocano frente al verso "por hacerse" de Reynaldo Jiménez; el poema de Josu Landa como tipología del éxtasis o como estabilidad desde la que articular mensaje en Eduardo Hurtado, en contraste con la palabra descarnada/desencarnada de Mauricio Medo -su inestable discurso loco- o ese lujo verbal a galope rapeado de Roger Santiváñez.
Este destiempo de la poesía última la coloca en una especie de pausa indiferente, una suspensión no tensada, algo que preocupa a Milán en tanto resultado en hueco del precipitado vanguardista: esa sensación de que el antiguo concepto de "sublime" o de "día logrado", que ponía al poema a funcionar en la búsqueda superior de un sentido, venga a ser sustituido por un trágico menos claro y consistente en lo que ya Burke intuía como la posibilidad de que "nada mayor ocurra" o que lo que ocurra sea en todo caso el flatus voci, el momento vacío. En eso consiste la orfandad de la escritura poética contemporánea: en que, bajo las anacronías a las que se acoge, insinúe en realidad una falta no de tiempo, sino "en el tiempo", que bajo sus experimentos con lo histórico y lo memorial esté hablando de una insignificancia irremediable del "ahora".
Para subsanarla, los poetas últimos acumulan habilidad retórica, increíbles sonoridades, sagacidad narrativa, potente representación metafórica, reconocimientos canónicos y reconversiones de la tradición, un saber eficaz -incluso un saber eficaz y perturbado-, serios esfuerzos de resistencia y una fortísima autoconciencia verbal que los aleja, según Eduardo Milán, de operaciones reductoras para las cuales cierta ingenuidad expositiva o cierta despreocupación metafísica equivaldría a "transmisión de vivencias". Los poetas jóvenes de Milán son sólidos y complicados, están altamente capacitados, participan de alguna oscuridad y tantean el misterio, lo que no les pone a salvo de la frustración. Es decir, son todo menos ilusos fingidos. Jóvenes pero desencantados, la suya es una tarea desértica, un banquete de despojos o, como quiere el título, un "pulir huesos". Todo ello no impide que se los lea con asombro, se les disfrute y celebre, porque son buenos poetas -la selección y el estudio de Milán son magníficos-, una colección amplia de decires amodales, amodélicos, radicales y atemporales, no por desacompasados, menos nítidamente actuales, menos ahuecados y dolorosamente presentes. -Saudades
Sandra Lorenzano
Fondo de Cultura Económica
México DF, 2008
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