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viernes, 15 de mayo de 2009

EN EL DESPEÑADERO de Américo Martín

A partir del 15 de febrero, fecha en la que pese al gran avance de la disidencia el presidente Chávez obtuvo aval de perennidad, el gobierno se ha lanzado a una ofensiva final contra la ya jaqueada democracia venezolana. El desborde represivo ha alertado, dentro y fuera de Venezuela, hasta a los más indiferentes. Ha sido respaldado calurosamente –no podía ser de otra manera- por Fidel Castro y Evo Morales, pero Manuel Zelaya trata de mirar a otro lado. Un líder agradecido por los favores recibidos como Néstor Kirchner, se ha opuesto a la liquidación de Globovisión y los medios independientes, tal vez obligado a mejorar su perfil frente a los electores porteños. En todo caso, bienvenido el gesto.
Hasta los venezolanos, habituados a los cambios de humor de Chávez, han recibido estupefactos la amenaza vociferada, los necios pretextos que invoca y su lenguaje, más violento que nunca. Trasunta este hombre un odio enfermizo contra Ravel, los medios y los periodistas. Necesitado de pretextos, Chávez ha fabricado uno a partir de nada. El director de Globovisión se limitó a dar un tubazo periodístico al anunciar primero que nadie el sismo ocurrido en Venezuela. Al mismo tiempo hizo insistentes llamados a la calma. Es decir, en lugar de ser insultado por el presidente y sus paniaguados, debió recibir un reconocimiento oficial. Y en lugar de volverse contra sus ineptos funcionarios, que dormían mientras Globovisión velaba, el gobierno ha optado nuevamente por encubrirlos, como lo hace también con los altos funcionarios de su entorno acusados de corrupción con pruebas irrebatibles, que son desechadas por medrosos jueces y diputados.
El uso de la Justicia como garrote; de los diputados como escribas dados a poner la arbitrariedad en clave de ley, y del Poder Moral, que sólo habla cuando se trata de calumniar a la disidencia, es lo que ha llevado a muchos a calificar a Chávez como neodictador. Los dictadores clásicos no se ocupaban de formalidades porque el derecho internacional humanitario estaba en pañales. Pero ahora no hay espadones que gobiernen desde el caballo, salvo ese superviviente de la guerra fría que es Fidel Castro. En este tiempo, erizado de cláusulas democráticas para impedir el ingreso de dictadores en el sistema jurídico internacional y en las Uniones Aduaneras y otros pactos de integración, el disfraz democrático luce imprescindible. A Chávez no le cuesta mucho porque como saben hasta las piedras, tiene todo el poder en su puño.
Más todavía. La ambición totalitaria turba sus sueños. Las dictaduras tradicionales destruían derechos políticos, torturaban y asesinaban, pero no gastaban tiempo ideologizando ciudadanos. Chávez ha revivido el poder purificador del fuego contra decenas de miles de libros y autores, a quienes acusa de predicar valores capitalistas. Y en la hoguera caen desde Rómulo Gallegos y Rómulo Betancourt hasta El Principito de Saint Exupéry, y cuentos infantiles donde haya nieve. ¡Papá Noel, agente de la CIA! Con el control de la cultura y la educación, el régimen se da al ocioso trabajo de fabricar el Hombre Nuevo.
Es la memoria contra el olvido. El régimen borra del pasado lo que no le calza (incluso líderes caídos en desgracia) y la disidencia defiende la historia. Esta batalla, rescatada de El Renacimiento, ha sacudido a la nación. Incluso el profesor Maza Zavala, durante 50 años uno de los principales economistas de la izquierda mundial, encabeza con 18 académicos un manifiesto duramente condenatorio de la política económica y social y de rechazo a la deriva represiva de un régimen cada vez más fuera de sí.
La valiente respuesta colectiva. Esa es la buena noticia

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