Gadafi sin destino
Según el ministro italiano de Relaciones Exteriores, el coronel Muamar Gadafi estaría herido como consecuencia de los bombardeos dirigidos a sus cuarteles por la OTAN. Según el presidente de la Corte Penal Internacional, el coronel estaría en vísperas de que se le inicie un proceso por sus incontables violaciones a los derechos humanos.
De modo que, fuere cual fuere el ángulo desde el cual se mire al personaje, su destino está comprometido.
Gadafi se ha obstinado en una guerra civil que destruye al capital humano de Libia y afecta profundamente su economía. Es un ejemplo de que el poder enloquece y de que existen personajes que llegan a un grado tal de enajenación mental que no se conciben a sí mismos fuera del poder. Como si fueran seres predestinados. Es cierto que en Gadafi estos signos son viejos en su personalidad. Se fue haciendo a la idea de que Libia era como una posesión personal, y el pueblo libio debía rendirle tributo y obediencia como a un dios.
Esto es la única explicación que podría tener su resistencia a negociar y a retirarse del poder. Otro síntoma de demencia, coreado por uno de sus hijos, es que el coronel "no puede renunciar porque no ejerce ninguna función pública", que es apenas el "guía espiritual de la nación". No se dan cuenta que el alegato es una especie de bumerang, más fácil sería entonces que el coronel del Libro Verde diera paso a una negociación que restaure la paz en Libia.
Pero la verdad es otra: es la locura del poder la que condena a Gadafi y condena al pueblo libio. Fidel Castro, que parece conocerlo, dijo semanas atrás que "no imaginaba a Gadafi entregando el poder", como lo habían hecho otros líderes árabes. Parece que el líder cubano, que sabe más por viejo que por diablo, tuvo razón. Interpretó debidamente al coronel. Quiso decir que iría hasta el final, hasta la destrucción total del pueblo y del país.
El diagnóstico quizás sirvió para desanimar a quienes desde Caracas clamaron por unas gestiones de paz que no llegaron a nada. Dada la situación que se aproxima, el líder herido, sea verdad o no, pero es una posibilidad en medio de la guerra, o del líder que será procesado ante la Corte Penal Internacional, las razones abundan para que los amigos que comparten con él ideas y propósitos no abandonaran sus gestiones con el fin de terminar la guerra devastadora que se libra desde hace tres meses.
El síndrome Gadafi se ha apoderado también del joven presidente de Siria. Es un caso diferente, personalidades distintas, incluso el tiempo en el poder es incomparable. Pero, la resistencia a reformas que puedan tocar su poder heredado del padre parecen no estar en su mente. La represión en Siria ya inquieta por sus dimensiones a la comunidad internacional. Son dos casos diferentes, dos hombres que tienen poco o nada en común, pero los une la ambición de poder. Y ante esta ambición no tienen nada que no puedan sacrificar. El poder como demencia.
De modo que, fuere cual fuere el ángulo desde el cual se mire al personaje, su destino está comprometido.
Gadafi se ha obstinado en una guerra civil que destruye al capital humano de Libia y afecta profundamente su economía. Es un ejemplo de que el poder enloquece y de que existen personajes que llegan a un grado tal de enajenación mental que no se conciben a sí mismos fuera del poder. Como si fueran seres predestinados. Es cierto que en Gadafi estos signos son viejos en su personalidad. Se fue haciendo a la idea de que Libia era como una posesión personal, y el pueblo libio debía rendirle tributo y obediencia como a un dios.
Esto es la única explicación que podría tener su resistencia a negociar y a retirarse del poder. Otro síntoma de demencia, coreado por uno de sus hijos, es que el coronel "no puede renunciar porque no ejerce ninguna función pública", que es apenas el "guía espiritual de la nación". No se dan cuenta que el alegato es una especie de bumerang, más fácil sería entonces que el coronel del Libro Verde diera paso a una negociación que restaure la paz en Libia.
Pero la verdad es otra: es la locura del poder la que condena a Gadafi y condena al pueblo libio. Fidel Castro, que parece conocerlo, dijo semanas atrás que "no imaginaba a Gadafi entregando el poder", como lo habían hecho otros líderes árabes. Parece que el líder cubano, que sabe más por viejo que por diablo, tuvo razón. Interpretó debidamente al coronel. Quiso decir que iría hasta el final, hasta la destrucción total del pueblo y del país.
El diagnóstico quizás sirvió para desanimar a quienes desde Caracas clamaron por unas gestiones de paz que no llegaron a nada. Dada la situación que se aproxima, el líder herido, sea verdad o no, pero es una posibilidad en medio de la guerra, o del líder que será procesado ante la Corte Penal Internacional, las razones abundan para que los amigos que comparten con él ideas y propósitos no abandonaran sus gestiones con el fin de terminar la guerra devastadora que se libra desde hace tres meses.
El síndrome Gadafi se ha apoderado también del joven presidente de Siria. Es un caso diferente, personalidades distintas, incluso el tiempo en el poder es incomparable. Pero, la resistencia a reformas que puedan tocar su poder heredado del padre parecen no estar en su mente. La represión en Siria ya inquieta por sus dimensiones a la comunidad internacional. Son dos casos diferentes, dos hombres que tienen poco o nada en común, pero los une la ambición de poder. Y ante esta ambición no tienen nada que no puedan sacrificar. El poder como demencia.

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