Muchos no regresaron, pero lo que pudieron volver, con los pocos que se habían quedado desarrollaron una cultura del trabajo que les permitió convertir el semidesierto en una sementera y en un próspero lugar de pastoreo. La pequeña aldea se fue transformando en una ciudad, también pequeña, pero acogedora para protegerse del sol quemante, aunque expuesta a las inundaciones por la cercanía del río Morere. Levantaron casonas invulnerables al tiempo, resistente a la acción depredadora de los bárbaros que han pretendido y aún pretenden destruirla, contra la voluntad de sus creadores.
Luchando contra una naturaleza hostil por la sequía, lograron levantar una economía productiva, primero en sus alrededores, en los campos que la rodean, y paralelamente una artesanía familiar, una pequeña industria y un próspero comercio acorde con los requerimientos del consumo de sus habitantes.
Uno de los factores que hacen universal a Carora es que la ciudad es inseparable de su agricultura y ganadería. Agricultores y ganaderos tienen residencia en la ciudad, pero durante varios días de la semana atienden sus fincas, y en nuestro tiempo, favorecidos por las modernas comunicaciones reparten las horas entre una y otra actividad. Algunos de sus productos agrícolas y derivados de la ganadería fueron exportables en tiempos de bonanza. Pero es la raza Carora, de ganado vacuno, la que ha extendido su prestigio más allá de nuestras fronteras.
Y así como el trabajo de la tierra identifica la ciudad y el campo, algo similar y en algunos aspectos tal vez más resaltante, sucede en el mundo de la cultura. Hombres de pensamiento universal han existido a lo largo de toda su historia. Pero es en el siglo XX cuando hombres como Chío Zubillaga, durante la primera mitad del siglo, y Juan Martínez Herrera en la segunda, tanto por sus ideas como por las escuelas, periodística, de lucha social y literaria del primero, y artística del segundo, que fundan y logran proyectar en el universo la cultura caroreña.
Así como los viñedos de Altagracia y la fábrica de vinos en Carora, que unen el campo y la ciudad y han extendido su nombre en el globo, La Candelaria de Alirio Díaz, el San Francisco de Alí Lameda y El Docoro de Ambrosio Oropeza, han contribuido a hacer de Carora una ciudad, aunque pequeña, más universal. Y aunque Cuicas le disputa a Carora el origen natal de Guillermo Morón, nuestro gran historiador es conocido en el mundo como caroreño. Al genio musical de Alirio Díaz hay que unir el de Rodrigo Riera, ambos impulsados por la escuela de Chío Zubillaga hacia el universo, quienes tocando juntos o individualmente recorrieron los principales teatros de las grandes ciudades del Hemisferio Occidental, recibiendo extraordinarias ovaciones de un público culto, que al preguntar por sus nacionalidades, se oía la voz: de Venezuela, de Carora. El Corazón de Venezuela, obra suprema de Alí Lameda, conocido en el mundo de las letras, es en gran parte el corazón de Carora. El riguroso y profundo estudio de la Constitución Nacional de la República de Venezuela, de Ambrosio Oropeza, es obra de consulta en diferentes universidades de América y Europa. Y en la actualidad numerosos discípulos de Juan Martínez Herrera reafirman en el continente europeo y en América, la universalidad de esta ciudad eterna.
Esta es la Carora del trabajo y la cultura, cuando el diario El Caroreño cumple 11 años de circulación y la edición especial se la dedica a la ciudad y nos pide a sus colaboradores que escribamos un visión y una propuesta para hacer más vivibles los tiempos que transcurren. Esa Carora es inconmovible porque es obra de sus hombres y mujeres que laboran con las manos y el pensamiento. Incluso, cuando uno visita la ciudad e ingresa por calles rotas, pobladas de huecos y un transporte anárquico y endemoniado, no deja de percibir el espíritu de lucha y protestarlo de los caroreños que han construido una ciudad para la resistencia. Todos continúan en sus labores del campo y del intelecto, que es lo que lo ha hecho universal e indestructible. La incuria o negligencia de las autoridades competentes para preservar la ciudad, que sus mejores hombres y mujeres han hecho famosa en el mundo, no pertenece a los caroreños del espíritu emprendedor de los fundadores de la inseminación artificial y de los Centros de Creación Literaria.
Para reconstruir la ciudad, destruida por algunos depredadores de la Administración Pública , los caroreños deberán unirse para reconquistar la dirección política del Municipio, sin discriminación alguna, con la colaboración de todos, para lo cual sólo requieren poner a funcionar el sentido común y el talento que los ha caracterizado siempre, a través de nuestra pequeña, pero fructífera historia.
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