El poder del vacío
No es una temeridad pensar que Venezuela se ha convertido en un país propicio para las novelas de suspenso o las películas de Alfred Hitchcock. Somos el país del suspenso. El pueblo que viaja en la oscuridad. La ausencia del Presidente de la República ha dado pie -de manera innecesaria-, a la creación de un ambiente verdaderamente inexplicable. La gente no sabe a qué atenerse, duda y no tiene a quién referirse ni cómo indagar la verdad de lo que acontece.
El jefe del Estado y su círculo íntimo han cometido errores muy graves. El rápido viaje a Brasil y Ecuador, de horas apenas -contrario a sus costumbres de viajes prolongados- y su inmediata llegada a Cuba, aunado al anuncio de una operación para aliviarle un mal del cual nadie sabía porque la gente sólo tenía noticias de un malestar en una rodilla pero nada más, dio pie para la incertidumbre y la zozobra. Un error inexplicable fue cometido por el canciller Maduro que dio un extraño "parte médico-político", mientras los médicos cubanos guardaban -y aún guardan- silencio.
Nadie en el Gobierno parece aceptar la idea de que el presidente Chávez, como cualquier hijo de Dios, pueda enfermarse y, por eso, todo lo convierten en un misterio y en un acto heroico. Primero fue Maduro, luego el vicepresidente Elías Jaua que no disimuló el temor de que el comandante Presidente pudiera llegar a sospechar que él sentía deseos de ocupar su puesto en estos días de ausencia. Jaua, el sustituto legal, atacó a quienes interpretan la ley de esa manera, y al responderles prometió dar "su vida por la presidencia del comandante Presidente".
Tras Jaua vinieron los diputados que se rasgaron las vestiduras y cometieron otro error no menos contraproducente: prolongar indefinidamente el permiso para que el Presidente permanezca en La Habana hasta que lo juzgue necesario.
Desde el punto de vista de la solidaridad o de la sumisión, como quiera que el asunto se vea, no hay reparo, es un estilo. Pero desde el punto de vista legal, que debe privar en las decisiones de una Asamblea Nacional, resulta un disparate tan grande que poco le falta para que se convierta en bumerang.
Como ocurre fatalmente en esta revolución bolivariana, los altos funcionarios están inhabilitados para considerar los asuntos del Estado porque es algo que los trasciende y sólo pueden ser tocados personalmente por el Presidente. Piensan que el Estado y Hugo Chávez son una y misma cosa. Y por eso se equivocan y crean estas confusiones.
Cuando eso sucede no hay maniobra que remedie los errores cometidos en cadena. Cautivados por el culto a la personalidad, no han perdido oportunidad de reiterarle su adhesión al Presidente. Pero lo han hecho de una manera tan desmesurada que terminaron agravando la crisis. Y convirtieron algo normal, la enfermedad de un Presidente, en un episodio digno de Hitchcock: el vacío de poder convertido en el poder del vacío.
El jefe del Estado y su círculo íntimo han cometido errores muy graves. El rápido viaje a Brasil y Ecuador, de horas apenas -contrario a sus costumbres de viajes prolongados- y su inmediata llegada a Cuba, aunado al anuncio de una operación para aliviarle un mal del cual nadie sabía porque la gente sólo tenía noticias de un malestar en una rodilla pero nada más, dio pie para la incertidumbre y la zozobra. Un error inexplicable fue cometido por el canciller Maduro que dio un extraño "parte médico-político", mientras los médicos cubanos guardaban -y aún guardan- silencio.
Nadie en el Gobierno parece aceptar la idea de que el presidente Chávez, como cualquier hijo de Dios, pueda enfermarse y, por eso, todo lo convierten en un misterio y en un acto heroico. Primero fue Maduro, luego el vicepresidente Elías Jaua que no disimuló el temor de que el comandante Presidente pudiera llegar a sospechar que él sentía deseos de ocupar su puesto en estos días de ausencia. Jaua, el sustituto legal, atacó a quienes interpretan la ley de esa manera, y al responderles prometió dar "su vida por la presidencia del comandante Presidente".
Tras Jaua vinieron los diputados que se rasgaron las vestiduras y cometieron otro error no menos contraproducente: prolongar indefinidamente el permiso para que el Presidente permanezca en La Habana hasta que lo juzgue necesario.
Desde el punto de vista de la solidaridad o de la sumisión, como quiera que el asunto se vea, no hay reparo, es un estilo. Pero desde el punto de vista legal, que debe privar en las decisiones de una Asamblea Nacional, resulta un disparate tan grande que poco le falta para que se convierta en bumerang.
Como ocurre fatalmente en esta revolución bolivariana, los altos funcionarios están inhabilitados para considerar los asuntos del Estado porque es algo que los trasciende y sólo pueden ser tocados personalmente por el Presidente. Piensan que el Estado y Hugo Chávez son una y misma cosa. Y por eso se equivocan y crean estas confusiones.
Cuando eso sucede no hay maniobra que remedie los errores cometidos en cadena. Cautivados por el culto a la personalidad, no han perdido oportunidad de reiterarle su adhesión al Presidente. Pero lo han hecho de una manera tan desmesurada que terminaron agravando la crisis. Y convirtieron algo normal, la enfermedad de un Presidente, en un episodio digno de Hitchcock: el vacío de poder convertido en el poder del vacío.
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