Foto: Aly La Riva
En medio del sueño, del calor y del cansancio, se escuchan las historias de quienes madrugan para comprar alimentos
Llegué
en el amanecer, a las 5:50 am, y ya había al menos 80 personas en la
cola de un supermercado de El Cafetal. Era un viernes, el día que me
corresponde comprar según mi número de cédula. Segundos después de
ubicarme en mi lugar, dos mujeres me dijeron que tenía a seis personas
más por delante, pero que llegarían más tarde porque compraban en otro
comercio de la zona. Mi respuesta fue inmediata: “No, si no las veo
aquí, entonces no están en la cola”. Se sorprendieron. Quizá pensaron
que me intimidaría y callaría, como suele ocurrir en un país en el que
se temen represalias por expresar una opinión. Después de su molestia y
de sus quejas, decidí finalizar el tema: “Está bien, háganlo, pero yo me
pongo antes que ustedes”. Y así lo hice.
No había pasado ni cinco minutos en cola y ya comenzaba a padecer la realidad del país.
Los
que estaban atrás no dijeron nada, solo hablaron cuando las dos mujeres
se fueron temporalmente después de haber marcado la fila: “Seguro son
bachaqueras”, “qué abuso”.
El
hecho fue tema de conversación por un buen rato, pero hay muchas otras
aristas de la crisis que resulta casi imposible no escuchar. La gente
necesita hablar, decir qué piensa o qué siente. Necesita desahogarse.
Tal y como si de un consultorio psicológico se tratara, cada quien
relata su drama.
Una
de las voces que más destacaba era la de Yusika Blanco, una mujer de 31
años de edad corpulenta, de piel oscura y cabello negro rizado. Estaba
sentada en un pequeño muro, a aproximadamente 20 centímetros del piso.
Dejaba ver sus piernas con un short de jean corto, un suéter rosado y
como accesorio una cartera animal print. Es de esas personas
protagonistas, que se expresan sin tapujos.
“¡Ay,
catira! La situación está mal, está ruda. Si comes hoy, mañana no
puedes. Cada vez que salgo a buscar comida, no consigo. Yo nunca había
pasado por esto, mi despensa siempre estaba llena”, fue lo primero que
me dijo.
Blanco
votó por Hugo Chávez y también apoya al presidente Nicolás Maduro “por
respeto al comandante”. Sin embargo, asegura sentirse dolida y
decepcionada.
“Yo
soy 100% revolucionaria, chavista, pero ahorita estoy molesta con los
dos. Tengo tres niños y lo más difícil es el hambre. Si yo tuviera a
Maduro en frente le dijera que dejara de hablar tonterías y resolviera
los problemas”, ratificó.
La
ex trabajadora de Pdval fue a El Cafetal para ver si tenía más suerte
para comprar alimentos porque por donde vive, en San Agustín, no
consigue. Dijo que han protestado en el Mercal de la zona porque no
venden los productos o dan uno solo por persona.
Tampoco
considera que las bolsas que entregan los Comité Locales de
Abastecimiento Popular (CLAP) sean la solución. A su juicio, resultan
insuficientes.
En
una ocasión, recibió una bolsa que contenía tres kilos de arroz, un
litro de leche, un kilo de azúcar y un litro de aceite: “Eso no duró
nada, somos ocho personas en la casa”.
Pero,
además, denunció que fue amenazada por haber criticado la poca cantidad
de productos que contienen las bolsas, principalmente tomando en cuenta
que las dan una vez al mes, con suerte.
“De
paso, si no agarrabas la bolsa te sacaban del Consejo Comunal. Eso fue
lo que me dijeron porque yo me quejé y pregunté molesta que en dónde
estaba la carne o la harina”, sostuvo.
Un
técnico industrial de electricidad, que vive en La Pastora y prefirió
no revelar su nombre, ha tenido menos suerte. Asegura que después de
haberse censado en el Consejo Comunal hace aproximadamente cinco meses,
no ha recibido ni una vez la bolsa de los CLAP. Considera que la medida
implementada por el gobierno es discriminatoria. “Si no trabajo, no
como. Eso de los CLAP no sirve, es embuste, es para que se beneficien
solo ellos”, dijo.
Alirio
Rojas, de 36 años de edad y residente de Ciudad Caribia, también acudió
al supermercado porque considera que en esa zona del este de Caracas se
consiguen más alimentos, y además las colas son más seguras y
organizadas.
Yaritza
Mendoza, que vive en Cúa, expuso las mismas razones. “Es horrible hacer
cola por allá. Es un desorden. Guardias y policías abusan de uno.
Lanzan bombas lacrimógenas. Hay más probabilidades de comprar por aquí”,
expresó la mujer de 24 años de edad.
“¡Pastelitos
andinos! ¡Buenos, bonitos y baratos!”, gritaban dos jóvenes.
Aproximadamente a las 7:20 am llegaron en un pequeño carro color azul y
abrieron la maleta para venderlos, a 250 bolívares cada uno. Nadie se
les acercó y optaron por irse a los pocos minutos. Para evitar gastos,
el venezolano ya se acostumbró a tomar sus previsiones al momento de
hacer una cola. Además de una pequeña silla plástica, un paraguas, un
libro o un periódico, también tienen una botella de agua, un termo con
café y un sándwich o una arepa envueltos en papel aluminio. Algunos
tampoco olvidan unos caramelos o un chocolate, en caso de una baja de
tensión por el calor y el cansancio.
“Esto
es insoportable, se tiene que acabar. Ya nadie lo aguanta”, dijo David
Matheus, de 40 años de edad. Llegó a las 4:20 am para estar entre los
primeros de la fila e intentar comprar lo que no consigue en Los
Magallanes de Catia, zona en la que vive. Asegura que es chavista, pero
que participaría en el referéndum revocatorio contra el presidente
Nicolás Maduro para que deje el poder. “La culpa es de Maduro. Ataca a
la empresa privada, como Polar, que es la que saca la comida. Eso no se
explica”, afirmó.
Expertos
han insistido en la necesidad de que el gobierno colabore con la
empresa privada para recuperar la producción y abastecer al país, pero
las medidas tomadas hasta ahora se han alejado de esas recomendaciones.
En cambio, el presidente Maduro decidió darle más poder al sector
militar con la creación de la Gran Misión de Abastecimiento Soberano,
anunciada el lunes. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López,
estará al frente de la misión, que intentará garantizar los alimentos y
las medicinas a la población.
El
gobierno dijo que con las nuevas políticas esperan “vencer” las colas y
el desabastecimiento en seis meses. Para quienes pasan horas bajo el
intenso sol o la lluvia para comprar, a veces sin conseguir nada, quizá
eso es mucho tiempo. Habría que preguntarse qué piensa el anciano con
bastón que está cansado de estar de pie; la embarazada con los pies
hinchados o la madre que no tiene con quién dejar a su hijo y debe
madrugar con él frente a un supermercado.
“Siento
miedo por mi hijo, hay hambre”, dijo una joven de apenas 18 años de
edad que tenía en brazos a un niño de 1 año. A pesar del bullicio,
dormía profundamente. Su mamá, cariñosa, lo acurrucaba y le daba un beso
cada tanto.
“No
sé cómo haré para conseguir pañales, ya la cosa está más maluca”, me
decía. Al igual que muchos otros, no vivía en la zona, sino en Mariches.
Estaba allí para evitar los “bululús” y con la esperanza de conseguir
pañales para su hijo, porque solo le quedaban 13.
Confiesa
que en ocasiones ha tenido que recurrir a los bachaqueros para poder
garantizarle la alimentación y los cuidados fundamentales a su hijo. “Me
consiguen el número en la cola y yo les doy la mitad de la mercancía”.
Aproximadamente
a las 8:30 am salió personal del supermercado para dar la noticia más
esperada: qué venderían hoy. La cola se diluyó por momentos porque todos
intentaron acercarse para poder escuchar: “Solo llegó pasta de dientes,
daremos dos por persona”.
Hay
imágenes que no se olvidan. Para mí, una de ellas es la cara de
angustia de la adolescente, que le tocó ser mamá en un país en crisis.
“Vámonos a otro lado a ver si conseguimos algo”, le dijo a la mujer que
la acompañaba. Con evidente ansiedad, insistió: “¿Qué vamos a hacer?
¿Qué vamos a hacer?” La misma pregunta que probablemente se hace la
mayoría de los venezolanos. La misma pregunta a la que cuesta
encontrarle respuesta.
Cerca
de 30 minutos después yo ya estaba en la caja para pagar las dos pastas
de dientes. Luego mudé "mi consultorio" a otro supermercado, para ver
si corría con más suerte. Ya no sé si conseguir un aceite y una
mantequilla es motivo para creer que se tuvo un buen día.
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