Colas diarias en el Mini Central Madeirense de Santa Marta en El Cafetal vía @yiyecioppa
El día a día de los venezolanos se ha llenado
de angustía al intentar comprar, según el número en que termine el
terminal de su cédula, alguno de los productos que escasean
Bien
sea desde la noche anterior o en la madrugada del día que le
corresponde comprar según lo indica el terminal de su cedula de
identidad, el venezolano ha tenido que emprender un viacrucis, para
llevar al menos dos paquetes de harina de maíz, o de pasta, o de arroz, o
del producto que llegue al supermercado, al que acudió ese día.
El
miedo a las calles oscuras ha desaparecido, ya que conforme avanzan los
días hay menos que comer en los hogares venezolanos. Madres que dejan
solos a sus pequeños, padres que pierden un día de trabajo, jóvenes que
pierden un día de clases y adultos mayores que han tenido que aprender a
aguantar sus “achaques” durante más de cinco horas de cola con la
esperanza de comprar alguno de los productos que escasean.
Los
venezolanos describen el día que les corresponde comprar como un
“viacrucis”, no solo por sacrificar horas de sueño, exponerse a la
inseguridad, y aguantar el implacable sol de algunos días o las frías
lluvias de otros; sino también porque hacer la cola en un solo
establecimiento no es suficiente para no llegar con las manos vacías a
sus hogares.
La
mayoría busca zonas que tengan al menos tres supermercados cercanos,
para poder ir y venir de las colas en un intervalo de tiempo, pendiente
de donde descargan el camión con la mercancía primero y en cuál
establecimiento venden algo que les sea más primordial.
Aunque
la amargura reina en la mayoría de las colas, pues nadie quiere a los
“coleados” o a los “bachaqueros”, el espíritu del compartir del
venezolano aún se niega a morir. Aún hay quienes comparten el mismo
paragua bajo la lluvia o bajo el sol, también el que cuida “la colita”
mientras compra algo de tomar o averigua si los productos se acabaron, y
hasta en psicólogos se han convertido al compartir los problemas de
cada familia.
Si
bien no son catorce cuadros o catorce cruces las que deben llevar los
venezolanos, la angustia de no tener como alimentarse y de no poder
comprar el día que les corresponde es algo que se está apoderando del
día a día de cada uno.
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