Mercal nació en 2003 y comenzó a caer tan pronto como en 2006. El peor año de su primera etapa fue 2008 cuando la cantidad de toneladas que manejaba se fue al mínimo. Ahora que han pasado dos décadas de su nacimiento, su estampa no es la de gran proveedor sino la de locales que dejaron de «abastecer al pueblo» para lucir olvidados por el Estado y, en el mejor de los casos, estar operados por privados que los mantienen a flote
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Texto: Víctor Amaya y Luna Perdomo | Fotos: Luna Perdomo
«Una de las metas del Plan Mercal es proporcionar 14 kilos de alimentos por persona/mes, de forma tal que vamos a estar supliendo al 20% más pobre de la población. Esto va dirigido a los pobres, a los más pobres de los pobres, a las clases medias populares y bajas».
La frase fue pronunciada por Hugo Chávez hace casi 20 años, en junio del año 2003. Eran los albores de lo que se prometía como parte de la búsqueda de «la mayor suma de felicidad posible». Entonces el mandatario miraba un recién inaugurado Mercal y suspiraba diciendo que era «bonito, limpio, colorido».
Dos décadas más tarde el retrato no podría estar más alejado. La Misión Mercal prácticamente ha desaparecido, dejando atrás vestigios de su impacto en locales que respiran abandono del Estado, bien porque se mantienen cerrados y sin uso desde hace muchos almuerzos o porque siguen en pie casi como fantasmas: funcionando al mínimo, operados por privados.
Son infraestructuras vigiladas, al menos por las miradas congeladas de las figuras que los burócratas decidieron poner como protagonistas del abastecimiento alimentario: Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Simón Bolívar siguen retratados en las paredes de varios de los establecimientos repartidos por Caracas, desde Las Adjuntas en el municipio Libertador hasta Petare, en el extremo este de la capital.
«Según la antigua Comisión de Administración de Divisas (Cadivi), para la importación de alimentos el país destinó solo en los primeros nueve meses de 2008 unos 3.581 millones de dólares canalizados básicamente a través de Mercal. No existe precedente alguno en América Latina en relación a una iniciativa pública de este tipo y dimensión», nota Roberto Baskin en Mercal: Vida, pasión y muerte del canal gubernamental de distribución más grande de la historia de América Latina.
No obstante, se notaba el descenso en la cantidad de toneladas que manejó Mercal. Roberto Baskin registró en 2009 que el promedio diario de ventas en Mercal alcanzó las 4.175 a escala nacional. Al cierre de diciembre de 2006 llegó a 2.940 toneladas/día. «Esta situación reflejó una disminución del 53% debido a problemas de abastecimiento/importaciones de alimentos, problemas de rotación de inventarios, problemas de distribución, problemas sindicales y dependencia de importaciones (55% del total de los productos)», escribió en Pertinencia e impacto de la iniciativa gubernamental Mercados de Alimentos Mercal C.A. y su influencia en la Economía de Mercado y la Libre Competencia.
«Para agosto 2008 (última data privada disponible) se apreciaba un decrecimiento importante del canal dentro del consumo masivo, si se comparaba con el peso que tenía en enero 2005. En términos de volumen (toneladas) la caída era del 46%. De ser un jugador que concentraba el 19% de todo el volumen vendido en categorías de gran relevancia (pasta alimenticia, leche, arroz…), pasó a significar sólo un 13%», suma Baskin.
Habían pasado cinco años desde su nacimiento y y el sueño comenzaba a hacer aguas. Incluso, se registraba un estancamiento en la apertura de nuevos establecimientos.

Histórico del número de establecimientos de Mercal | Fuente: Baskin (2009, p. 16)
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Los más pesimistas podían prever cómo se venía abajo el proyecto, tanto como el cartel que hoy corona el local que le servía en la avenida principal de la urbanización Caricuao.
Está cerrado aunque con pintura fresca, cerco eléctrico y cámaras de seguridad. Quién sabe si encendidas. En espacios exteriores, restos de cajas registradoras, carritos de hacer mercado y cestas metálicas desechadas.
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- Locales Mercal en Caricuao | Fotos: Luna Perdomo
Dejó de funcionar antes de la pandemia por covid-19, cuentan vecinos. El único espacio que se mantiene vivo es una pequeña entrada lateral, que aún muestra le cartel de Zona de Carga, donde una empresa privada ahora ofrece uno de los servicios más demandados en medio de la debacle de los servicios públicos: recarga de agua potable. El botellón de 20 litros cuesta ocho dólares. La sonrisa de Chávez no se borra.
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- Mercal en Caricuao, enero 2023 | Foto: Luna Perdomo
Muchos locales dejaron de funcionar, pero no de tener personal. Uno ubicado en el sector La Línea de Petare lleva más de cuatro años cerrado, pero a diario hay personal que custodia las instalaciones, confirman habitantes de la zona.
En El Valle también el local de Mercal tiene un trabajador. Un único trabajador. La pantalla de celular es su aliada, la que mira durante largas horas mientras espera y espera que lleguen los productos que supuestamente surtirán aquel sitio. Luego de haberle hecho mantenimiento prometen abrirlo de nuevo «en los próximos días».
El hambre no espera. Por eso, otro Mercal de El Valle sí está abierto. Pero no porque el Estado haya cumplido promesa alguna. La mujer que se encarga de su manejo lo trabaja como un supermercado privado: ella lo surte con su propio capital. Eso sí, se cuida de exponer las condiciones del lugar pues «no tengo autorización» para permitir alguna fotografía. No solo los ojos de papel en los afiches la vigilan.
La iniciativa privada se abre paso, y aprovecha el espacio dejado por el quiebre del socialismo del siglo XXI. Pero también el capitalismo, los precios dolarizados, la competencia y hasta el cambio de rubro porque a pesar de que Chávez prometía soberanía alimentaria, justo abajo del recordatorio se pueden encontrar anaqueles con juguetes. El hambre no es juego.
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Arroz Mary, Harina P.A.N., vinagre Mavesa. Los anaqueles del Mercal de San Agustín están llenos de productos alimenticios de marcas reconocidas. Por ninguna parte se encuentran los de la línea CASA -aquella manejada por el Estado para sutir Mercal-. «La mayoría de los productos que vendemos son de Polar o de otras marcas que no sean tan costosas», confiesa un trabajador del lugar.
Con cada paquete amarillo de la harina más famosa de Venezuela, más borrosa se recuerdan las muecas de los dos gobernantes que en los últimos 20 años decidieron enfilar contra la empresa fabricante. Amenazas de expropiación blandió uno. «Pelucón» bramó el otro. Ahora ellos están allá con sus promesas vacías en las paredes mientras las miradas de los consumidores se concentran en evaluar los precios a pagar con la moneda estadounidense.





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