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miércoles, 7 de febrero de 2024

Docentes de la Universidad de Los Andes corren “otras carreras” para sobrevivir



Tortas por encargos, reparación de camiones en un taller mecánico, tarjetas de Navidad y para el Día de los Enamorados, programas de radio, clases de primaria… Las y los profesores de la ULA, todos con estudios de cuarto nivel, realizan cualquier tipo de oficios para compensar un sueldo que no supera los 15 dólares mensuales

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“Estoy como cuando tenía 17 años: vivo en casa de mis padres y ellos me dan para pagar el pasaje y poder llegar hasta la universidad. La diferencia es que hace 20 años iba como estudiante y ahora voy como profesora”. Así resume Vanessa Castro la situación de precariedad que afrontan los y las docentes de la Universidad de Los Andes (ULA).

Quería estudiar Comunicación Social y convertirse en reportera de la National Geographic, la revista que coleccionaba desde niña. Sin embargo, optó por la literatura y un día la profesora Mirella Vivas, de la cátedra Pedagogía General, estimuló su vocación como docente.


“Mira, Vanessa, tú sales muy bien en los exámenes, ¿no te gustaría ser docente universitaria?”, le preguntó. Jamás se había planteado esa posibilidad, a pesar de que su infancia y adolescencia transcurrió entre aulas, pues su madre y su abuela fueron maestras.

Impulsada por la profesora Vivas, a quien identifica como su “mamá académica”, se adentró en el mundo de las letras. Se graduó de Licenciada en Educación mención Castellano y Literatura, luego se especializó en Promoción de la Lectura y Escritura y posteriormente hizo una maestría en Literatura Latinoamericana y del Caribe.

Desde 2014 y durante los siguientes seis años su carrera docente fue en ascenso, pero los sueldos de los y las docentes universitarios en Venezuela iban en picada.

 

En 2020, Vanessa Castro recibió una oferta laboral muy difícil de rechazar. Una reconocida organización humanitaria internacional le pagaría un sueldo mensual que solo podría obtener en la ULA si trabajara 13 años, donde percibe una remuneración de diez dólares al mes.

“Yo no quería renunciar a la universidad”, recuerda, y el recuerdo le quiebra la voz y la mueve al llanto, como podría llorar alguien sometido a un destierro.

La posibilidad de ayudar a personas con distintas necesidades la animaba, pero el trabajo administrativo en esa organización humanitaria internacional era muy distinto y distante de la pasión por la docencia que había cultivado.

Aún consciente de lo que significaba perder estabilidad económica, apostó por su estabilidad emocional. Antes de regresar a las aulas universitarias, tuvo que desempeñar diversos oficios: pasó por una empresa de software y por una pastelería, donde se involucró en todas las tareas, desde encargarse de cobrar hasta atender mesas y limpiar el local.

«Yo tenía un guayabo académico. Recordaba a la universidad, recordaba a los estudiantes. Yo creo que esto devino en una depresión, en unos sentimientos de soledad, de sentir que yo no valía nada. Eso lo sentí muchas veces», comparte.

Lejos de mejorar, la situación laboral de las y los docentes universitarios en Venezuela ha empeorado. Sin embargo, en mayo de 2023 Vanessa Castro encontró otro mentor que la devolvió a las aulas de la ULA. Caminando por las calles de San Cristóbal, se topó con el profesor José Francisco Velázquez, del departamento de Español y Literatura. «Va a haber concurso en la universidad, regresa», le dijo.

«Cuando escuché esas palabras, estaba tan contenta, tan alegre… En mi mundo idílico no importaba cuánto iba a ganar, solo quería regresar». En julio de 2023, Vanessa Castro concursó y ganó algo más que un cargo.

«Yo quiero estar en la universidad porque ese es mi lugar. Es el sitio donde más me siento a gusto, donde creo que puedo hacer una diferencia», expresa quien en la actualidad se desempeña como profesora de Lenguaje y Comunicación, Gramática del Español y Lingüística Aplicada a la Investigación.

Pero está claro que su sueldo como profesora de la ULA no le alcanza para vivir, por lo cual procura ingresos adicionales (que generalmente son superiores) con la elaboración de tarjetas hechas a mano con mensajes inspiradores. Lo hizo en Navidad y lo está haciendo para el próximo Día de los Enamorados.

“Creo que lo que estoy haciendo en la universidad le da mucho sentido a mi vida. Mientras esto me haga sentir bien, lo demás lo voy resolviendo”, dice Vanessa Castro.

“Si destruyen a los docentes, destruyen al país”

El 9 de enero de 2024 el profesor Omar Contreras se sumó a la caminata de docentes tachirenses por las principales avenidas de San Cristóbal en demanda de sueldos justos. Para él, caminar es un desafío pues usa zapatos ortopédicos: “Cuestan 315 dólares y con el salario que gano en la ULA jamás podré comprar unos nuevos”. Para él, protestar por el deterioro de la educación universitaria en Venezuela es una muestra de resistencia y dignidad.

Después de 35 años de carrera en la ULA y próximo a jubilarse, Contreras habla con sobrada legitimidad: «Es triste que un profesor universitario con maestrías y doctorados tenga que estar mendigando o pidiendo préstamos para poder cubrir cualquier enfermedad o cualquier emergencia que ocurra». Cuando ingresó a la ULA, tenía un sueldo mensual equivalente a 1.200 dólares; hoy apenas llega a 25 dólares.

“La decadencia se manifiesta en cada rincón de la institución”, dice Contreras al referirse a bibliotecas desactualizadas, desaparición del transporte universitario y de los comedores estudiantiles.

Todo esto sucede en la segunda universidad más antigua de Venezuela y de mayor prestigio nacional e internacional. La ULA ocupa el puesto 1001-1200 en el QS World University Rankings 2024, que evalúa las mejores universidades del mundo. En América Latina y el Caribe está en el puesto 61. Tiene 20.302 estudiantes y 2009 docentes.

«El profesor está subsidiando la educación superior en Venezuela. Los salarios de los profesores universitarios no se compensan con el grado de responsabilidad que tenemos: formar la generación del presente y construir la generación del futuro», agrega Contreras.

Contreras también es un rostro visible de las y los docentes universitarios jubilados, que adicionalmente deben afrontar las desventajas de la edad para competir en el mercado de trabajo: “He tenido que buscar en colegios donde pueda asesorar. He tenido que dictar talleres sobre formación de familia. Anteriormente yo ayudaba a mis familiares, ahora son ellos los que me tienden la mano”.

Para Omar Contreras, cada protesta de los docentes venezolanos es un recordatorio de que la calidad de la educación es directamente proporcional a la calidad de vida de una nación. En sus propias palabras: «si destruyen a los docentes, destruyen al país».

Entre las aulas y un taller mecánico

No está en las aulas de la ULA impartiendo clases de Física y Matemática; está en un taller mecánico ubicado en el sector La Ermita de San Cristóbal, reparando camiones. Es Jonathan Rivero, jefe del Departamento de Física Aplicada de la ULA. Ha dedicado 14 años a la universidad ULA y antes trabajó 11 años como docente de bachillerato.

De cinco rangos del escalafón que tiene la carrera docente universitaria, Jonathan, ocupa el tercero; es profesor agregado. Rememora lo que sintió cuando cobró su sueldo quincenal a principios de enero de 2024: “Eso para mí es una ofensa. Fueron 272 bolívares; o sea, estamos hablando de 27 mil pesos colombianos, unos 6 dólares al cambio del día, con lo que apenas pude comprar un cartón de huevos y un litro de leche”.

“Mi proyecto de vida no era estar trabajando en un taller de mecánica, mi proyecto de vida era estar investigando y formando profesores para enseñar física y matemática en los liceos e instituciones públicas del país”, afirma.

Identifica 2017 como un año “brutal” para la ULA y todas las universidades de Venezuela: “Formamos un equipo para trabajar en colegios, ofrecíamos clases privadas para enseñar física y matemáticas. Esos ingresos nos ayudaron bastante, pero llegó la pandemia y todas las clases se suspendieron”.

Rivero añora tiempos de mayores oportunidades educativas, de las cuales se benefició, por ejemplo, como becario de Fundayacucho.  “Ser docente universitario te daba la posibilidad de desarrollarte profesionalmente y vivir dignamente”, asegura.

Rivero recuerda que hace 25 años todo el personal de la ULA ganaba un buen sueldo: “El primer día de clases entrando a la universidad casi me atropellan. Era una camioneta Blazer del año, era de uno de los jardineros de la ULA”

Su esposa también es docente de la ULA y ni siquiera sumando los sueldos de ambos pueden pagar el colegio de sus dos hijas. Advierte que la depauperación es generalizada: “Tengo una colega, excelente profesora, doctora de educación, y tiene una venta de postres. Y no es que se haga millonaria con la venta de postres, es que tampoco quiere dejar la universidad y vende para poder subsidiar las clases, para poder ayudar”.

A pesar de todo, sigue invirtiendo en su fortalecimiento como docente: “Estoy haciendo un doctorado y la investigación que me permitirá obtener el título la estoy costeando yo. Años atrás, la universidad financiaba la investigación. Eso ha provocado que muchos docentes talentosos se vayan, migren para no regresar. Pero no porque no quisieran; cuando uno habla con ellos, dicen ‘yo quisiera regresarme, pero ¿cómo lo hago? ¿cómo vivo?’”.

Rivero rechaza que el gobierno venezolano promueva la investigación “mediocre” que se hace desde las universidades alineadas con el oficialismo en un plan para destruir las universidades autónomas e impedir la producción libre de conocimiento: “Desde la Universidad Bolivariana hacen cualquier cantidad de publicaciones, pero los invito a leerlas. Verá que tienen hasta errores ortográficos y no tienen el más mínimo rigor académico”.

Para Jonathan Rivero, continuar dando clases en la ULA es continuar aportando para la construcción de un mejor país: “Creo que no hay mayor acto de amor. Para mí sería muy fácil quedarme aquí (en el taller mecánico) y olvidarme de la universidad, pero no estaría dando lo mejor de mí para que Venezuela mejore”

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