por Antonio María Delgado ACTUALIZADO 28 de agosto de 2025 6:17 p. m. Regale el artículo
Versión venezolana del dron Mohajer retenido en una base aérea en el occidente de Venezuela. Cuando el gobernante venezolano Hugo Chávez apareció en una transmisión nacional en junio de 2012, anunciando con orgullo que su país ya fabricaba “aeronaves no tripuladas”, la noticia tomó por sorpresa tanto a simpatizantes como a críticos. En un tono desafiante, el presidente mostró tres prototipos, afirmando que Venezuela tenía derecho a construirlos y asegurando que no estaban armados. Hoy, mientras el régimen de Caracas declara que desplegará drones para defender al país en medio de crecientes tensiones provocadas por el envío de más de media docena de poderosos buques de guerra estadounidenses a las aguas de su costa caribeña, pocas personas conocen los detalles de cómo Venezuela desarrolló uno de los programas de drones más avanzados de América Latina. Menos aún es conocido un elemento asociado al programa venezolano que despierta interés —y alarma— entre algunos funcionarios de Washington. Y es que los drones, aunque construidos en suelo venezolano, están controlados en cierta medida por Irán. Los vínculos de larga data entre Caracas y Teherán han sido motivo de fricción entre Venezuela y Estados Unidos en medio de acusaciones recurrentes de que el régimen venezolano ha permitido que Hezbolá, una organización controlada por Irán y considerada terrorista por Estados Unidos y otros países, utilice al país latinoamericano como punto de entrada a la región. VENEZUELA De cero a arsenal diverso: Una mirada a los drones de Venezuela 28 de agosto de 2025 05:46 p. m. Estados Unidos observa la situación con atención. Centros de pensamiento como el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales y la Iniciativa Diálogo del Comando Sur de Estados Unidos han publicado análisis sobre la “nueva amenaza asimétrica” que representan los drones en manos de un régimen aliado de Irán. La principal preocupación no es solo que Venezuela los use para vigilar o intimidar a opositores internos, sino que pueda transferir tecnología a otros gobiernos o a organizaciones criminales y paramilitares en la región. También preocupa que la relación Teherán-Caracas pueda convertir al país sudamericano en un importante centro de producción de drones kamikaze iraníes, advierte Farzin Nadimi, investigador principal del Washington Institute for Near East Policy, quien señaló que para 2022 los drones que salían de instalaciones militares en Venezuela ya estaban armados con cuatro pequeñas bombas bajo sus alas. “El Comando Sur de Estados Unidos siguió de cerca y con cierta preocupación todos estos acontecimientos”, escribió, en referencia a la unidad del Departamento de Defensa con sede en Doral responsable de las operaciones en Centroamérica y Sudamérica. El Qaem, de diseño iraní, es una bomba guiada aire-tierra que suele instalarse en drones. El proyecto secreto no había surgido de la nada. Para cuando Chávez hizo el anunció, ya habían más de seis años de cooperación entre Caracas y Teherán que venía siendo realizado tras vastidores. Lo que comenzó con un contrato de $28 millones y envíos de kits de ensamblaje del dron iraní Mohajer-2 terminó evolucionando en un robusto programa de aeronaves no tripuladas que hoy produce no solo unidades de reconocimiento, sino también sistemas armados, modelos furtivos y drones kamikaze cargados con explosivos, todos inspirados en diseños iraníes. El salto tecnológico ha alarmado a vecinos como Colombia y es vigilado de cerca por Washington debido a sus implicaciones estratégicas para el hemisferio. El Miami Herald habló con media docena de personas familiarizadas con la estrecha relación que Venezuela forjó con Irán en las últimas dos décadas. El diario también revisó decenas de documentos oficiales del gobierno venezolano —algunos firmados por el propio Chávez— que revelan cómo se destinaron miles de millones de dólares a la asociación secreta. Muchos de los acuerdos se ocultaban detrás de proyectos de desarrollo que, en el papel, parecían inofensivos —como fábricas de bicicletas o tractores—, pero en realidad servían como fachadas para fines mucho más delicados. En el centro de la alianza militar entre Caracas y Teherán estaba el deseo de Chávez de armarse con armas capaces de desafiar el poderío militar de Estados Unidos. La revolución de los drones A comienzos de los años 2000, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana no tenía experiencia en tecnología de drones. Sus operaciones dependían por completo de aeronaves convencionales y sistemas de vigilancia tradicionales. Pero la situación cambió a partir del 2006, cuando Caracas firmó un acuerdo técnico-militar con Teherán que incluía transferencia de tecnología de drones, entrenamiento y suministro de piezas. El fabricante iraní Qods Aviation Industries, creador del Mohajer-2, proporcionó los primeros kits. Ingenieros venezolanos viajaron a Irán para recibir formación, mientras equipos iraníes se instalaron en la Base Aérea El Libertador en Maracay, estado Aragua, bajo la supervisión de una entidad conocida como la Compañía Anónima Venezolana de Industrias Militares (CAVIM). El ensamblaje secreto comenzó en 2009. El dron Arpía-001, un derivado directo del Mohajer-2 —un vehículo aéreo no tripulado iraní con una envergadura de 12 pies—, se convirtió en el primer dron producido en Venezuela. En 2012, Chávez lo presentó públicamente por primera vez. El Arpía 1 pesa alrededor de 85 kilos, puede volar durante 90 minutos y tiene un alcance de unos 100 kilómetros. Está equipado con cámaras de video y fotografía de alta resolución, principalmente para tareas de vigilancia y reconocimiento. También puede apoyar misiones civiles, como el monitoreo de infraestructuras petroleras y eléctricas, la gestión de desastres naturales o la lucha contra el narcotráfico. De hecho, en 2012 se informó que un dron venezolano detectó una pequeña aeronave sospechosa de transportar drogas. Pronto siguieron otros modelos, desarrollados con ayuda de Irán, dijeron fuentes al Herald. “La cooperación con Irán fue esencial. Venezuela nunca habría podido desarrollar drones por su cuenta, y aún hoy son los iraníes quienes controlan esas instalaciones. El personal venezolano no puede entrar sin su autorización”, dijo una fuente que pidió no ser identificada. La planta de drones en Maracay ha operado de manera intermitente, dependiendo de las crisis económicas y políticas. Para 2013, bajo el liderazgo de Nicolás Maduro, solo se habían construido unas 15 unidades Arpía, utilizadas para patrullar fronteras y vigilar infraestructura petrolera. El colapso económico de Venezuela paralizó el proyecto entre 2014 y 2018. Para 2019, solo un dron Arpía seguía operativo, según documentos internos filtrados. Irónicamente, ese mismo año Maduro sobrevivió a un intento de asesinato con drones comerciales cargados de explosivos —un episodio que lo convenció de reactivar la industria nacional de drones. En 2020, el gobierno venezolano creó la Empresa Aeronáutica Nacional S.A. (EANSA), una filial de Conviasa, la aerolínea estatal, encargada de producir drones y aeronaves. Los talleres de Maracay reanudaron operaciones con asistencia iraní, justo cuando se levantaban las restricciones internacionales a la exportación de armas de Teherán. Dos años después, Venezuela sorprendió a los observadores al presentar dos modelos avanzados de drones durante el desfile militar del 5 de julio de 2022: el ANSU-100 y el ANSU-200. El ANSU-100 es una versión armada y actualizada del Arpía, capaz de lanzar bombas guiadas aire-tierra diseñadas por Irán, conocidas como Qaem. El ANSU-200 es un prototipo de ala volante inspirado en diseños furtivos iraníes, presentado como “tecnología de nueva generación”. Con el ANSU-100, Venezuela se convirtió en el primer país latinoamericano en operar drones armados, dijeron fuentes al Herald. Ahora, mientras buques de la Marina de Estados Unidos comienzan a concentrarse en el Caribe, en lo que denomina una operación antidrogas pero que muchos interpretan como una amenaza abierta al régimen de Maduro, Caracas ha buscado exhibir su músculo militar. Recientemente movilizó a millones de milicianos y anunció que desplegará sus propios buques de guerra y drones. Buques estadounidenses en el Caribe En un video compartido el miércoles a través de las redes sociales, el ministro de Defensa Vladimir Padrino López dijo que la operación incluye “un despliegue significativo de drones con diferentes misiones, puntos de apoyo ciudadano, exploración y vigilancia, patrullaje fluvial con la Infantería de Marina, y patrullaje naval en el Lago de Maracaibo y el Golfo de Venezuela”. Parte del plan contempla el envío de unos 15,000 soldados a regiones fronterizas con Colombia para reforzar operaciones antidrogas, según el gobierno. Padrino López enfatizó que la medida responde a la necesidad de “proteger la soberanía y combatir el narcotráfico”. La decisión coincide con el despliegue naval estadounidense en el sur del Caribe. La administración Trump ordenó recientemente tres destructores lanzamisiles, tres buques de operaciones anfibias, un crucero lanzamisiles, un submarino nuclear de ataque y unos 4,000 infantes de marina a la región como parte de lo que denomina operaciones antidrogas internacionales. Aunque funcionarios estadounidenses han evitado decir que la fuerza naval podría usarse contra Venezuela, la maniobra coincide con el aumento de la recompensa ofrecida por la captura de Maduro hasta un nivel sin precedentes de $50 millones, mientras Washington lo acusa de liderar el llamado “Cartel de los Soles”, una red de narcotráfico dirigida por altos funcionarios del régimen. Caracas, entre tanto, ha calificado el despliegue estadounidense como una “escalada de acciones hostiles”. El canciller venezolano, Yván Gil, apeló el miércoles a las Naciones Unidas por el “cese inmediato” de la operación militar y pidió al secretario general António Guterres intervenir para “restaurar la cordura”. La cooperación militar entre Venezuela e Irán se ha mantenido de bajo perfil, pero varios episodios han despertado alarmas internacionales. En 2022, un avión de carga de Emtrasur, filial de Conviasa, fue retenido en Argentina con una tripulación mixta venezolana e iraní. Aunque Caracas insistió en que transportaba repuestos automotrices, reportes desde Israel sugirieron que podría estar vinculado a transferencias de tecnología de drones. Las acusaciones de que el avión sirvió como fachada para operaciones de inteligencia iraní en la región han atraído la atención en varios países de Sudamérica, así como en Estados Unidos e Israel. Tanto Irán como Venezuela han negado rotundamente esas afirmaciones. Un informe de inteligencia occidental sostiene que Conviasa/EANSA ha servido como puente aéreo para traer estaciones de control, cámaras de alta resolución y posiblemente misiles desde Irán. Israel también ha expresado preocupación. En 2022, Benny Gantz, entonces ministro de Defensa israelí, acusó a Irán de transferir drones armados a Venezuela. Teherán lo negó, pero fotos tomadas en Venezuela del ANSU-100, capaz de portar misiles, continuaron alimentando las sospechas. Entre 2009 y 2016, los drones venezolanos se usaron principalmente para vigilancia y patrullaje. Desde 2022, con el desarrollo del ANSU-100, el enfoque ha cambiado: los drones no solo observan, también pueden atacar. Analistas describen esto como una “iranización” de la doctrina militar venezolana, que busca compensar las carencias convencionales mediante drones armados y lo que se conoce como municiones merodeadoras, o drones suicidas, que se tratan de drones desechables con una ojiva incorporada que pueden sobrevolar un área antes de estrellarse y explotar contra un objetivo. El Zamora V-1, presentado por Venezuela en 2024, es un ejemplo. Inspirado en el Shahed-136 iraní, utilizado por Rusia en la guerra de Ucrania, es un dron suicida de corto alcance con capacidad explosiva limitada. Aunque rudimentario, marca otro paso en la transferencia de tecnología militar desde Teherán. La presencia de drones armados en Venezuela preocupa a los países vecinos. En 2021, Colombia protestó formalmente por la violación de su espacio aéreo por un dron ruso Orlan-10 operado por el ejército venezolano. Con los sistemas ANSU-100 en operación, el riesgo de este tipo de incidentes entre ambos países ha aumentado. Esta historia fue publicada originalmente el 28 de agosto de 2025, 2:49 p. m.. Antonio Maria Delgado el Nuevo Herald 305-376-2180 Galardonado periodista
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