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domingo, 11 de enero de 2026

Golpear en todos los frentes: la estrategia de Trump para demoler el viejo orden mundial

El presidente estadounidense Donald Trump habla con la prensa antes de partir de la Casa Blanca en Washington, D.C., Estados Unidos, el 9 de enero de 2026. Trump viaja a Mar-a-Lago en Palm Beach, Florida, para pasar el fin de semana. EFE/EPA/BONNIE CASH / POOL

 

Hay días en Washington en los que parece que todo está en crisis al mismo tiempo. Una universidad bajo presión presupuestaria, un juez señalado, un medio desacreditado, una alianza internacional en duda, un país latinoamericano amenazado, otro puesto en la lista de espera. El reflejo inmediato es pensar que se trata de desorden, de impulsividad, de un liderazgo incapaz de priorizar. Pero ese diagnóstico se queda corto.

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Por larazon.es




Desde hace tiempo, Donald Trump y el movimiento político que lo rodea han dejado claro que su objetivo no es administrar el sistema liberal estadounidense, sino tensarlo hasta el límite. No reformarlo paso a paso, sino empujarlo desde todos los ángulos a la vez, hasta que ceda por fatiga.

Golpear a los intermediarios

En el frente interno, la estrategia es reconocible. No se ataca directamente a “la democracia”, una palabra demasiado abstracta, sino a quienes la hacen funcionar en el día a día. Los intermediarios.

Las universidades pasan de ser centros de conocimiento a sospechosos habituales, acusados de vivir desconectados del país real y de promover una agenda ideológica hostil. La prensa deja de ser un contrapoder incómodo para convertirse en un enemigo declarado, no por lo que publica hoy, sino por el simple hecho de existir como institución independiente. La ciencia, cuando contradice decisiones políticas o intereses económicos, se convierte en una opinión más, prescindible y cuestionable.

Nada de esto ocurre de forma ordenada. No hay un calendario. No se “resuelve” primero la prensa para luego ir a por las universidades. Todo ocurre al mismo tiempo. El resultado es un clima de inseguridad constante, donde cada actor institucional empieza a preguntarse hasta dónde puede llegar sin pagar un precio demasiado alto. Ese es el verdadero objetivo: provocar autocensura antes que obediencia.

La justicia, en el punto de mira

El sistema judicial tampoco escapa a esta lógica. Jueces y fiscales que toman decisiones incómodas pasan a ser actores políticos, señalados y deslegitimados. No hace falta cambiar la ley: basta con erosionar la confianza en quien la aplica.

Cuando cada resolución judicial se presenta como una conspiración o una maniobra partidista, la independencia de los tribunales se va vaciando por dentro. No se rompe el Estado de derecho de un golpe. Se le quita oxígeno poco a poco, hasta que deja de imponer respeto.

La misma lógica, fuera de casa

Cuando se mira la política exterior trumpista caso por caso —Venezuela, México, Cuba, Groenlandia— la impresión superficial suele ser la de un improvisador con intereses dispersos. Pero el patrón que emerge es más profundo y menos errático de lo que parece: todas estas acciones forman parte de una estrategia para afirmar la dominancia estadounidense en su hemisferio y posicionarse ventajosamente frente a sus rivales geopolíticos, particularmente Rusia y China.

Históricamente, la Doctrina Monroe proclamada en 1823 fue un principio de política exterior estadounidense para impedir la intervención europea en América. Hoy, bajo la administración de Trump, esa doctrina ha sido reinterpretada y radicalizada —a veces en medios se la llama la “Donroe Doctrine”— no como un blindaje defensivo sino como una declaración de propiedad geopolítica sobre todo el hemisferio occidental: “American dominance in the Western Hemisphere will never be questioned again”.

Esta lógica de dominancia se traduce en medidas que van más allá de sanciones o diplomacia tradicional y que implican un uso profundo de poderío militar, económico y político para remodelar el entorno regional según intereses estadounidenses.

Venezuela: sabotear influencia rival y asegurar recursos

Venezuela no es solo un conflicto bilateral. La caída de Nicolás Maduro no se entendió —según analistas políticos— como una operación aislada, sino como una jugada que debilita redes de influencia que conectan a Caracas con aliados como Cuba, China, Rusia e Irán.

Además de desmantelar el poder político de Maduro, la ofensiva busca recuperar control sobre recursos estratégicos, especialmente petróleo, y cortar a terceros (como China) de su acceso tradicional a ese recurso.

Esta operación, por más controvertida que sea, no se detiene en sanciones o gestos simbólicos, sino que intenta colocar a Estados Unidos en una posición de ventaja estratégica en Sudamérica frente a actores que compiten por influencia.

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