
La fulgurante operación estadounidense en Caracas, que terminó con la captura de Nicolás Maduro, ha tenido un efecto sísmico que va mucho más allá de Venezuela. El verdadero damnificado político no está en el Caribe, sino en Moscú. Con un golpe rápido y quirúrgico, Donald Trump ha dejado al desnudo la gran promesa estratégica de Vladimir Putin: ese «mundo multipolar» que el Kremlin lleva años vendiendo como alternativa al orden occidental y que, a la hora de la verdad, se revela frágil, inconsistente y, sobre todo, inútil para sus supuestos aliados.
Por larazon.es
La humillación es doble. Primero, porque vuelve a confirmarse que Rusia no es un socio fiable cuando la situación se complica. Ya ocurrió en Nagorno-Karabaj, donde Moscú dejó hacer a Azerbaiyán mientras sus tropas de «mantenimiento de la paz» miraban hacia otro lado. Se repitió en Siria, cuando el régimen de Bashar al-Assad, sostenido durante años por el Kremlin, acabó desplomándose sin que Rusia pudiera evitarlo ni siquiera conservar su estratégica base naval de Tartus. Y volvió a evidenciarse con Irán, incapaz de contar con respaldo ruso cuando Estados Unidos e Israel atacaron sus instalaciones con total impunidad.
La segunda humillación es aún más dolorosa para Putin: Trump ha demostrado ser más audaz y eficaz en el uso del poder duro que el propio líder ruso, quien lleva más de cuatro años empantanado en Ucrania. Mientras el Kremlin soñaba con una «operación relámpago» para neutralizar a Volodímir Zelenski, la realidad ha sido una guerra de desgaste con más de un millón de bajas rusas entre muertos y heridos y un resultado político cada vez más incierto. Trump, en cambio, ha hecho en media hora —según la ácida comparación de analistas rusos— lo que Putin prometió y no logró.
La envidia se ha filtrado sin pudor en los círculos nacionalistas rusos. Abbas Gallyamov, antiguo redactor de discursos del Kremlin, resumía el sentir general con una frase demoledora: Putin debe de estar «insoportablemente celoso». Incluso voces ultras como Igor Girkin, hoy encarcelado, admitieron que Rusia ha sufrido «otro golpe a su imagen» al no socorrer a un país que contaba con su protección. No es precisamente el mensaje que Moscú quería enviar a su constelación de aliados.
Durante años, el Kremlin se presentó como el eje de una alianza informal de regímenes enfrentados a Washington, desde América Latina hasta Oriente Medio. La invasión de Ucrania en 2022 fue el gran llamamiento a filas. Algunos respondieron con hechos: Irán suministró drones, China e India compraron petróleo ruso, y otros gobiernos ofrecieron apoyos simbólicos que ayudaron a Moscú a sostener el relato de que no estaba aislado. Pero los acontecimientos recientes sugieren que ese apoyo era, en realidad, una calle de sentido único. Rusia pide lealtad; rara vez la devuelve.
El caso venezolano es especialmente revelador. Moscú ha invertido más de 20.000 millones de dólares en armamento y energía desde 1999, asegurándose influencia sobre la industria petrolera del país. Todo ese entramado se ha demostrado inútil cuando su principal aliado cae y acaba compareciendo ante un tribunal de Nueva York vestido con mono de preso. Peor aún: Rusia, que en el pasado supo ofrecer refugio a líderes derrocados como Víktor Yanukóvich o el propio Assad, esta vez ni siquiera ha podido garantizar una salida digna.
La reacción oficial rusa ha sido previsible: denuncias de «violación inaceptable de la soberanía» y acusaciones de «imperialismo decimonónico». El problema es que ese discurso choca frontalmente con la práctica cotidiana del Kremlin en Ucrania. La retórica antiimperialista pierde fuerza cuando quien la enarbola ha hecho del uso de la fuerza bruta su principal herramienta de política exterior.
Entre los halcones rusos, el debate oscila entre la fanfarronería y la frustración. Algunos, como Aleksandr Duguin, piden imitar a Trump: actuar más rápido, sin complejos y sin pedir permiso. Otros sugieren que la operación estadounidense confirma que el derecho internacional ya no rige y que, por tanto, Moscú queda legitimado para hacer lo que quiera. La ironía es evidente: Putin lleva años defendiendo la ley del más fuerte, pero ahora descubre que no es el mejor jugador en ese tablero.
La jugada de Trump, además, tiene una dimensión estratégica clara. Al declarar una emergencia nacional para controlar los ingresos del petróleo venezolano —unos 2.500 millones de dólares—, la Casa Blanca convierte el crudo en una palanca de poder en el hemisferio occidental, refuerza su influencia regional y envía un mensaje disuasorio a actores como Cuba, Irán o Hezbolá. Todo ello sin que Washington pague, al menos por ahora, el precio de sanciones o aislamiento internacional que sí sufre Rusia.
En Moscú, la conclusión empieza a abrirse paso, aunque sea a regañadientes. El mundo que Putin ayudó a construir, donde el éxito se mide solo en términos de fuerza, está siendo dominado por otro. Trump no ha cambiado las reglas; simplemente ha demostrado saber jugarlas mejor. Y esa es, quizá, la mayor humillación para el Kremlin: descubrir que en la jungla que promovió, ya no es el depredador más temido.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.