
Jair F. Coll
Jonathan Maldonado lleva un pantalón ajustado y una camiseta verde. Se ocupa de informar de lo que ocurre cada día en la frontera entre Venezuela y Colombia. Trabaja de reportero para el diario La Nación, un periódico de Táchira, del lado venezolano. El dólar ha caído, dice al teléfono móvil que le sostiene su padre, que le hace de operador de cámara. Y un “sujeto” ha sido detenido por violencia de género.
Por Juan Diego Quesada / elpais.com
-Tú que vienes aquí todos los días ¿cómo palpas el ambiente?
-Se pensaba que iban a cerrar los pasos fronterizos tras la extracción de Maduro, pero no ocurrió -responde Maldonado-. Ahora lo que hay es mucha incertidumbre por lo que está por venir.
-Por cierto, esto acaba de ocurrir: Trump ha hablado por teléfono con Delcy y dice que le parece una persona “estupenda”.
-Ya lo sabía yo, lo había oído antes.
A los periodistas no les entusiasma que otros les traigan noticias.
Va a hacer casi dos semanas desde que una fuerza de élite estadounidense capturase a Nicolás Maduro mientras aviones de combate bombardeaban puntos clave para neutralizar al ejército chavista. Delcy Rodríguez ha sido nombrada presidenta interina. El presidente de Estados Unidos dice que gobierna Venezuela. María Corina Machado lo convence para que sea ella. Las petroleras quieren volver, pero quieren más garantías. Hay presos políticos que están siendo liberados. El caso es que cada día ha sido un mundo, pareciera que han pasado años.
En el puente Simón Bolívar, la principal vía terrestre que conecta los dos países, cunde la incertidumbre, como bien dice Jonathan Maldonado. Un aire distinto inunda el ambiente de Cúcuta. La gente va y viene. En las orillas del puente se venden 30 huevos a 2 dólares, a 4 los cortes de pelo al aire libre, una técnica en ortodoncia le ajusta los brackets a una adolescente con unos alicates. Un hombre ciego desde hace 13 años por una úlcera vende helados a 20 céntimos mientras se guía con un bastón. “Yo no voy a ver ningún cambio. Jajaja”, bromea.
La presencia militar colombiana se ha difuminado. El presidente Gustavo Petro la había reforzado por si acaso Estados Unidos invadía Venezuela. No lo ha hecho, pero ha derrocado al autoproclamado presidente y el vacío de poder lo ha llenado de nuevo el chavismo. La administración de Trump habla de un primer proceso de estabilización, después de una recuperación y, más tarde, una transición. Esos términos tan técnicos pueden ser interpretados de mil formas. “Ni idea, ni idea”, contesta María Dolores, vendedora de todo lo que uno se pueda imaginar. “Maduro ya fue, nos olvidamos. ¿Qué sigue? Y ahora, ¿va a mejor esta vaina?“, se muestra práctica.
De lo que está segura es que prefiere todavía vivir del lado colombiano. “Allá”, dice señalando Venezuela con un dedo, “un día un pantalón vale 25. 40 al día siguiente. 35 después. Aquí es todo más estable”. Jesús Ramón, a su lado, dice que la harina P.A.N, la harina de maíz precocida, un elemento básico de la dieta venezolana, vale 3.500 pesos el paquete, casi un dólar. En Venezuela, 1,09. Sería poquito si se consumiera poco, pero Jesús Ramón gasta tres kilos a la semana, un dato que asombra. Está flaco y los huesos se le marcan en los hombros y la cara. “Es mi contextura normal”, dice con la altivez de los que no engordan. “¿Sabes que estamos propensos a 172 enfermedades según nuestra genética?“, pregunta. No, ni idea.
“Subioooooooo todooooooo”, grita desde un coche un frutero con un buen radar para detectar periodistas. El año nuevo ha traído más inflación. Unos le echan la culpa a la captura de Maduro, otros al salario mínimo que ha decretado Petro. La verdad es que nadie sabe nada con seguridad, todo es pura intuición, lo mismo le ocurre a los economistas de Harvard o los analistas que salen en la tele, solo que ellos lo dicen tan serios que les creemos. Tampoco saben.
Mario le rapa la cabeza en medio de la calle a un señor que regenta una tienda en la esquina. El tendero fue militar y de esos tiempos cogió la manía de raparse al cero, como si no fuera consciente de que esa mata de pelo es una bendición de Dios. A Mario le encantaría volverse a Venezuela. Allí tiene una casa que abandonó en Caracas. Dice que se fue harto de que las bolsas de comida que repartía el chavismo se la quedaran los líderes vecinales de su barrio.
Aquí en Colombia la vida tampoco resulta sencilla. Tiene ocho hijos, que él sepa. Los servicios son más caros en este país que en el suyo: la luz, el agua, el gas. Se agobia solo de enumerarlos. Debe dos arriendos, diciembre y enero. Ya le ha escrito un mensajito a su casera para que no se apure.
-Me volvería, hermano, me volvería. Si aquello mejora, me voy p’allá. No hay nada como estar en tu casa.
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