Después de la extracción de Maduro y su conducción a Nueva York para ser juzgado por “presuntos delitos vinculados al narcotráfico” Venezuela quedó envuelta en la incertidumbre, mientras tanto se habla de estabilidad, apertura petrolera, cierre de los centros de tortura, liberación total de los presos políticos y transición, sin apellidos ni definición precisa y sin fecha en el calendario.
El historiador Carlos Malamud, investigador principal del Real Instituto Elcano, doctor en la Escuela de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales de París y autor de los libros Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983), El largo camino para la paz en Colombia, Populismos latinoamericanos, y El sueño de Bolívar y la manipulación bolivariana, entre otros, no inventa análisis en el aire ni se cree zahorí de la política. Responde “no sé” cuando no sabe, no se inventa una teoría de probabilidades al uso ni construye conjeturas con falsas premisas. Sabe que la transición está de última en la lista de prioridades de Trump, aunque sigue siendo lo que genera más expectativas entre los venezolanos.
“La captura de Nicolás Maduro no abrió una transición: dejó al descubierto un vacío. Sin calendario, sin redefinición del poder y con la estructura militar intacta, Venezuela entró en una fase en la que la palabra 'transición' carece de contenido verificable”, señala.
Al examinar los modelos posibles –pactados, impuestos–, Malamud concluye que ninguno encaja todavía en lo que ocurre en Venezuela.


—¿Cómo será la transición de Venezuela?
—Estados Unidos circunscribió su acción a un objetivo concreto: la extracción. El resultado no ha devenido en un cambio de régimen, sino una estabilización precaria con actores armados en equilibrio inestable, una oposición sin una capacidad de presión efectiva y una sociedad que observa sin horizonte claro. No hay un modelo único y universal para la transición a la democracia. Cada una dependerá del estado de las fuerzas que ejercen el gobierno, es decir, la dictadura, y también de la fortaleza de las fuerzas democráticas. La combinación de ambos factores determinará de alguna manera, no matemáticamente, el producto resultante. ¿De qué tipo de transiciones estamos hablando? Hay transiciones pactadas: el gobierno dictatorial y la oposición democrática negocian algún tipo de salida con diversos condicionantes. Hay transiciones impuestas por algún motivo, como una derrota militar, caso de Argentina en Malvinas, la oposición impone condiciones a la dictadura.
—¿Encuentra alguna similitud?
— No creo que a esta altura del proceso y sobre todo a partir de los acontecimientos que ocurren se pueda establecer una comparación entre Venezuela y el proceso que en Argentina condujo a la transición democrática y a las elecciones que ganó Raúl Alfonsín. En Venezuela atraviesa un periodo de incertidumbre. Ni siquiera el poder militar que planificó, diseñó, implementó y montó toda la operación que condujo a la captura de Nicolás Maduro ha establecido un calendario más o menos creíble.
— Tampoco hubo firma de armisticio ni rendimiento con bandera blanca.
— En el caso de los militares venezolanos, pudo haber una compra de voluntades, un silencio operacional más claro en algunos casos y menos en otro, pero todavía la Fuerza Armada Bolivariana mantiene su estructura. Padrino López sigue siendo el ministro. El alto mando sigue siendo el alto mando. No ha habido relevos, y si los ha habido han sido intrascendentes. En Argentina, en cambio, la derrota de Malvinas supuso una catástrofe absoluta. La dictadura militar, encabezada por el general Leopoldo Galtieri, había hecho una serie de promesas imposibles de cumplir y la invasión de Malvinas generó una corriente de simpatía y de movilización popular. La derrota significó una gran frustración. La gente se sintió totalmente engañada y manipulada, un factor que aumentó la deslegitimación del régimen militar.
—Vamos a suponer que María Corina Machado también prometió muchísimas cosas con la guerra y nada de lo había prometido se logró, ¿María Corina está deslegitimada?
—Parte de una premisa que no comparto. En Venezuela no hubo una guerra, sino un ataque de comando puntual que logró la extracción del presidente Maduro y punto. Hubo algunas víctimas, más de 100 incluyendo los 32 cubanos, pero no creo que haya habido una guerra. Sí hay, en cambio, una comparación pertinente. Cuando Galtieri y los militares se aventuran a invadir Malvinas están en el gobierno y eso condiciona la fuerza y la repercusión de sus promesas. En cambio, las promesas que pudo haber hecho María Corina Machado, antes de la Operación Determinación Absoluta de Estados Unidos, las hizo en tanto líder de la oposición, no desde una posición de poder. María Corina no ejerce el poder y su capacidad es limitada. Y algo más, a partir del 3 de enero por la tarde, después de la conferencia de prensa de Mar-a-Lago, María Corina quedó relegada a un segundo lugar, de acuerdo con la opinión muy respetable de Donald Trump.
— Pero eso no significa que ella considere que finalizaron sus responsabilidades como líder de la oposición. Están ocurriendo hechos, como la reforma de la Ley de Hidrocarburos, que podrían ser solo del gusto de Trump y hay mucha discusión en torno a la Ley de Amnistía. ¿Debería estar en Venezuela a pesar del peligro que representa para su seguridad?
— La decisión de estar o no en Venezuela es de María Corina Machado, su partido y sus aliados. Después de las elecciones del 28 de julio, decidió mantenerse en la clandestinidad hasta que salió para recibir en Noruega el Premio Nobel de la Paz 2025. Obviamente, su grado de legitimidad sería mayor si estuviese en Venezuela, pero ella lo decidirá en función de diversas consideraciones. ¿Cuál es el riesgo de volver a Venezuela en un momento actual? ¿El beneficio sería mayor que volver dentro de algunas semanas cuando tenga mayores garantías, mayor reconocimiento público y mayor visibilidad? Son decisiones políticas y estratégicas.

— ¿Podemos hablar de transición si el alto mando militar se mantiene igual, Padrino se mantiene en su puesto, y el Congreso que opera es tan írrito como lo fue Maduro? Pareciera que está en marcha un acuerdo de Estados Unidos con los hermanos Rodríguez para incrementar la producción de petróleo.
— Todavía no es una transición. De ahí la dificultad o la imposibilidad de comparar con la transición argentina lo que está ocurriendo en Venezuela. Ni Donald Trump, ni Marco Rubio ni ningún otro alto cargo de Estados Unidos ha definido de qué transición hablan. ¿De una transición de una dictadura a la democracia, de una dictadura a otra dictadura o de una transición económica, que no política, en la que el petróleo tiene un papel esencial.
— El país también debe participar en esa definición. Ha exigido la liberación total de los presos políticos, pero ha faltado el reclamo de la ciudadanía exigiéndole a Trump que revele su agenda y lo que propone hacer.
— La ciudadanía, la sociedad civil está expectante. La brutal represión de las movilizaciones y los encarcelamiemtos de los últimos años en Venezuela frustraron las expectativas de un cambio producido por la movilización popular, como ha ocurrido históricamente en América Latina y en todo el mundo.
— Pero esta fue una represión criminal, asesina, muy parecida a la que se aplica en Irán. No salen a disolver protestas, salen a matar.
— La gente está muy escaldada. Sabe los peligros que corre y tiene mucho cuidado de no exponerse si no existe un horizonte claro de por qué tomar la calle y a pedir qué. No es el momento de pedir acción ciudadana.
— No solo en las protestas de calle la ciudadanía puede expresar sus exigencias, los medios de comunicación tienen que funcionar y debatirse en todos los niveles qué tipo de transición es la mejor, pero permanecen expectantes. Sin saber si asisten a una obra de teatro o al comienzo de un drama.
— Es una farsa y es el comienzo de un drama. La represión o coerción a la que puso una serie de adjetivos se da igualmente en las múltiples manifestaciones de la vida cotidiana. Los venezolanos la conocen muy bien. Son muchos los que tienen familiares o amigos en las cárceles del régimen y en el exilio. Han sido golpeados en repetidas ocasiones. Pedirles coraje es “relativamente sencillo”, movilizarlos es más complicado. El liderazgo de María Corina y de Edmundo González Urrutia en las últimas elecciones del 28 de julio fue claro. La votación no dejó dudas de su victoria, pero no se tradujo en una movilización popular organizada en función de determinados objetivos. Existe un problema estructural: la falta de unidad de la oposición. Una debilidad que impide encontrar una salida, hacer mayores reclamos y mayor presión sobre el interinato.
— ¿Se mantiene una farsa?
— En parte sí. Todo el mundo esperaba que además de la extracción de Maduro hubiese también un cambio de régimen, pero eso no ocurrió. Es más, el gobierno de Estados Unidos, tanto Marco Rubio como Donald Trump, se encargaron de aclarar que no habría cambio de régimen. Y lo explicaron: “Si nosotros queremos que Venezuela siga mínimamente funcionando para poder, entre otras cuestiones, extraer el petróleo, no podemos confiar en la oposición ni en ninguna fuerza política distinta de la que ejerce el gobierno en este momento, porque reinaría el caos. La oposición no tiene el control ni de las fuerzas armadas, ni de las fuerzas policiales ni de los servicios de inteligencia. Por tanto, nos tocaría a nosotros, a Estados Unidos, restablecer el orden. Algo que no queremos bajo ningún concepto”.
— ¿Por la experiencia en Irak y Libia?
— No solamente. Desembarcar tropas sobre el terreno implicaría la autorización del Congreso, cosa complicada, no sencilla, y sobre todo desoír a la base republicana, que mantiene una postura claramente aislacionista y no intervencionista.
— Estados Unidos ha planteado tres fases: estabilización, recuperación y transición. Dentro de esos lineamientos ¿por qué no exige el cambio del alto mando? ¿Por qué no exigen que los presos sean liberados inmediatamente y por qué la señora Delcy Rodríguez, cada vez que puede, dice que a ella no la manda nadie?
— Cuando el gobierno de Estados Unidos toma la decisión de montar la operación que se limitó al objetivo de sacar a Maduro, tuvo en consideración diversas circunstancias. En la Venezuela actual hay numerosos actores armados con capacidad de desestabilizar rápidamente la situación interna. Los colectivos, que siguen operando bajo el liderazgo de Diosdado Cabello; grupos delincuenciales como el Tren de Aragua; las disidencias de la FARC y el ELN, que tienen control territorial; y células más o menos dormidas de Hezbolá y de otros grupos islámicos. También están las FANB y las Milicias.
— No tienen mayor poder de fuego que Estados Unidos…
— Acabada la dictadura en Argentina y en pleno gobierno democrático de Raúl Alfonsín, empezó a desarrollarse “la mano de obra desocupada”. Los grupos militares que tuvieron parte activa en la represión, en la vulneración de derechos humanos, secuestros, desapariciones, torturas, etcétera, quedaron sin trabajo y reconvirtieron su labor en “emprendimientos”: secuestros extorsivos, robos de bancos y un largo etcétera que generaban un clima de tensión interna. Uno de los cuidados de la administración Trump es no provocar a los militares. Como están ahora están bien. No molestan, no alzan la voz y siguen respondiendo a sus mandos naturales. Pero, ¿qué pasaría si alguien desde el poder, desde Estados Unidos o desde donde fuera, empieza a abrir investigaciones sobre corrupción y vulneración de derechos humanos? ¿Qué pasaría si alguien empieza a hacer purgas y relevos y cambios en la estructura militar? Habría muchos mandos con control de tropa y armamento que podrían convertirse en factores de desestabilización. Algo que Estados Unidos no quiere. Por eso es tan dependiente del gobierno de Delcy Rodríguez. En su debilidad manifiesta, Delcy, su hermano y la camarilla que los acompaña tienen muy clara la situación y están dispuestos a jugar sus cartas hasta donde puedan. Acelerar el proceso de liberación de los presos es una exigencia razonable; permitir el retorno de los exiliados también. Asimismo, exigir la salida de todos los cubanos todavía presentes en Venezuela, restablecer las libertades de prensa, de manifestación, etcétera, pero en esto se ha avanzado nada, absolutamente nada. Son las cartas que juegan.
— ¿Estados Unidos percibe un peligro geoestratégico?
— La operación en Venezuela de Estados Unidos tiene varios motivos. Uno emerge lo que podríamos llamar el corolario Trump-Monroe: el control del hemisferio garantiza su propia seguridad y frena el expansionismo chino y de otros actores exohemiféricos. El petróleo es otro motivo, pero también entran en juego aspectos de política interna estadounidense. Marco Rubio, uno de los grandes animadores de la política de mano dura contra el chavismo, figura entre los candidatos a suceder a Trump en las elecciones de 2028. Rubio veía en la extracción de Maduro la posibilidad de que Cuba fuese el siguiente paso. Sin embargo, si en Cuba aplican el modelo del 3 de enero, no habrá ningún cambio de régimen ni nada parecido. Veremos en qué queda Cuba, cuya situación es más dramática que la venezolana.
— Estados Unidos preparó una minuciosa operación militar para la extracción de Maduro, pero desestimó el día después.
— Estados Unidos, Trump en particular, pecó de optimismo. Inicialmente pensaba que con su gran despliegue naval provocaría la caída de Maduro, su rendición. Pasaban los meses, se movilizaban más barcos, más aviones, más efectivos y no pasaba nada. Al final tenía que hacer algo. No podía regresar con las manos vacías. Hubiese sido un gran fracaso. La extracción de Maduro y Cilia Flores le permitió emerger con un relato victorioso, pero sin un plan para un día siguiente muy complejo. No se derrocaba una dictadura tradicional ni tampoco a Noriega, sino una estructura internacional distinta a los regímenes militares de antes. No solo eso, en Panamá, un país de dimensiones reducidas, era relativamente sencillo establecer un control militar. Si se hubiera querido remover el régimen en Venezuela, habría sido necesario una invasión con decenas de miles de efectivos militares, no el desplazamiento de un comando militar de la madrugada del 3 de enero.
— En estos 27 años, Estados Unidos pudo impedir con democracia blanda y por las mismas razones de seguridad nacional, que la autocracia del socialismo del siglo XXI cooptara el Estado venezolano. ¿La importancia de Venezuela se descubre ahora por un momento de lucidez transitoria de un imperio enceguecido por la crisis que arrastra desde principios de siglo?
— Antes de Trump, fueron muchas y distintas las administraciones de Estados Unidos que convivieron con Chávez, primero, y con Maduro, después. No es que América Latina haya dejado de ser el patio trasero, sino que la política, en general, se inscribía en un marco mundial más respetuoso de las reglas. El derecho internacional y las organizaciones multilaterales tenían una razón de ser. Estados Unidos tampoco quería aparecer como una potencia injerencista. Y, finalmente, tampoco debemos olvidar que desde mediados del siglo XIX el área de presencia o expansión de Estados Unidos en América Latina se reducía a México, América Central y el Caribe. En América del Sur no había intervenido. Trump golpea en América del Sur y decide hacerlo a través de Venezuela porque manda un mensaje a toda América Latina: las líneas estratégicas las establece Trump y es a quien hay que seguir.
— Cuando Chávez llegó al poder y mandaba al carajo a los gringos, el embajador estadounidense aconsejaba creerle a lo que hacía el comandante, no a lo que decía. Chávez hacía lo que decía, y hasta cosas peores.
— Las prioridades de Bush no eran las de Trump. Después del 11-S, el combate al terrorismo fue una prioridad clara para Bush. China recién emergía como una potencia de peso en América Latina. Todo va cambiando y no podamos juzgar lo que ocurrió hace un cuarto de siglo con las herramientas que tenemos hoy. Una vieja canción cubana dice: olvídense del tesoro, hemos perdido el mapa. Y es lo que ocurre en este momento. No hay ni mapa, ni tesoro ni brújula.
— Siempre ha habido grandes momentos de incertidumbre, pero nunca habíamos sentido habíamos estado tan cerca del final de la civilización como la conocemos. La destrucción nuclear masiva era una amenaza cierta pero externa, ahora la amenaza surge desde dentro de la civilización. ¿Qué hacer?
— Ver cómo se desarrollan los acontecimientos.
El jueves 19 de febrero a las 18,30 presentación de mi último libro sobre el "Golpe y la dictadura militar en Argentina (1976 - 1983). Sur, paredón y después... " pic.twitter.com/IYNeKoEAKr
— Carlos Malamud (@CarlosMalamud) February 13, 2026
— ¿Por qué escribió el libro Golpe militar y dictadura en Argentina (1976-1983): Sur, paredón y después…?
— El próximo 24 de marzo se cumplen 50 años del golpe de Estado que derrocó al gobierno de Isabel Martínez de Perón. Hago una síntesis sobre lo que significó el golpe de Estado en 1976 de los militares argentinos y la recuperación de la democracia. Indago cuestiones que permanecen abiertas, como la definición de la dictadura –militar o cívico-militar–, el tratamiento a las víctimas, fueron todas iguales o hubo víctimas de primera y de segunda; cuántos son los desaparecidos, ¿30.000 como sostienen algunos?
— La transición empezó casi con el fin de la guerra de las Malvinas, no hubo un lapso de incertidumbre.
— Cuando empiezan las transiciones a las democracias en América Latina, Argentina da pasos más firmes y rápidos para juzgar a los responsables de las violaciones de derechos humanos. A los pocos días de llegar al poder, Raúl Alfonsín creó la Comisión Nacional de las Personas Desaparecidas, la Conadep, un año después se presenta el informe Nunca Más, una descripción detallada de las barbaridades cometidas durante la dictadura. También comienzan los juicios a las juntas militares que no tuvieron parangón en otros países de América Latina. Sin embargo, pese a esos avances tan contundentes, muchas de las heridas causadas por la dictadura siguen abiertas. Ha sido imposible pasar la página en muchos asuntos. El pasado forma parte de manera considerable de la política y es constante su utilización en cuanto a derechos humanos. Néstor Kirchner, poco después asumir la presidencia, pidió perdón en nombre del gobierno por el olvido de las víctimas de las violaciones de derechos humanos en los gobiernos anteriores. En realidad, el gobierno de Raúl Alfonsín había juzgado a las juntas militares. Esa bofetada en plena cara de Alfonsín, les permitió a Néstor y Cristina Kirchner reescribir el relato de los derechos humanos en su propio beneficio y emerger como políticos de izquierda comprometidos con el cambio político. En realidad ni Kirchner ni su mujer antes de llegar a la presidencia habían sido de izquierda ni habían mostrado alguna sensibilidad progresista.
— El general Videla se presentó como alternativa para evitar un Pinochet…
— El golpe del 24 de marzo de 1976 lo dieron las Fuerzas Armadas como corporación, no fue un caudillo que alinea militares detrás de él, Fue el golpe más anunciado y más esperado de la historia política argentina. Todo el mundo sabía con varios meses de antelación que habría un golpe, lo único que se desconocía era el día. Esperaron que la fruta madurara lo suficiente para llegar con un fuerte respaldo social, con un reclamo popular que dijeran los militares era necesarios para pacificar el país. Argentina estaba fuera de control por la violencia y Videla tuvo la habilidad de presentarse como el militar menos malo. A tal punto que hasta el Partido Comunista lo respaldó, decía que era el freno frente a los duros del Ejército que podían desencadenar una represión enormemente mayor. La paradoja es que la dictadura se presentó como un movimiento para acabar con una violencia revolucionaria que ya estaba prácticamente derrotada. La guerrilla estaba en mínimos. Había sido duramente golpeada, pero los militares insistían en que llegaban para poner orden y refundar el país, moralizarlo y frenar el comunismo. Aplicaron una represión salvaje y frustran las expectativas populares de que iba a reinar la paz. Los métodos los venían ensayando desde antes del golpe con centros clandestinos de detención, campos de concentración, torturas, desaparecidos, robos de bebés, robos a las víctimas, etc. Con la dictadura los métodos se perfeccionaron y alcanzan su madurez absoluta.

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