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domingo, 15 de marzo de 2026

Enrique Márquez: “Hay que guardar los egos en una gaveta para recuperar al país”

 


El ingeniero zuliano y exrector del CNE, tras dejar atrás las sombras de El Helicoide, analiza su sorpresiva presencia en el Capitolio de Washington. Márquez fustiga la herencia de Tarek William Saab, advierte que la normalización democrática no admite atajos y propone un pacto de Estado donde los nombres propios queden en segundo plano frente a la urgencia republicana de este 2026

Enrique Márquez todavía tenía el frío de las celdas de El Helicoide pegado a la piel cuando sonó su teléfono. Hacía apenas unos días, el 8 de enero de 2026, que había dejado atrás los barrotes tras un año de encierro que coincidió con el inicio del segundo mandato de Donald Trump. Al otro lado de la línea, la voz no era de un dirigente local en busca de alianzas, sino de un funcionario de la Casa Blanca con una invitación que sacudió el tablero: acompañar al presidente estadounidense en el discurso del Estado de la Unión.

Márquez, que pasó de ser un preso político a una referencia en el corazón del poder en Washington, hoy se mueve con la cautela de quien sabe que en Venezuela la justicia todavía tiene "mil rostros" de sufrimiento. Aquella noche en el Capitolio no fue para él un trofeo personal, sino un mensaje cifrado: la comunidad internacional tiene memoria, pero también un nuevo pragmatismo. Para el político, estar allí fue un acto de gratitud hacia Trump por su liberación, pero también una ventana que se abre para una nación que intenta reconectarse con el mundo tras años de aislamiento.

La sombra del ingeniero

Para entender la relevancia de Márquez en este complejo 2026, hay que mirar su trayectoria sin ruidos partidistas. Este ingeniero zuliano no es un advenedizo en las costuras del poder. Su experiencia como vicepresidente de la Asamblea Nacional y su paso por el CNE como rector le otorgan una visión técnica y una autoridad que hoy utiliza para proponer un "desminado institucional".

Conoce los pasillos del Palacio de las Academias y las salas de totalización del organismo electoral; sabe dónde fallan los engranajes del Estado porque ha estado dentro de ellos y, recientemente, ha sufrido sus peores distorsiones desde un calabozo del Sebin. Su voz regresa no con sed de revancha, sino con el tono de quien ha tenido tiempo de sobra para estudiar los errores del pasado desde la soledad de una celda.

Egos en la gaveta

Tras su aparición en Washington, las especulaciones en redes no tardaron en hervir. ¿Candidato de Trump? ¿Ficha de Rodríguez Zapatero? ¿Presidente de la transición? Márquez despeja los rumores con una frase que busca bajar la fiebre electoral de los sectores más ansiosos: "Hay que guardar los egos y las aspiraciones personales en una gaveta". Para el exrector, no se trata de quién ocupará la silla de Miraflores, sino de no perder la oportunidad de hacer las cosas bien en este camino que apenas comienza.

"Ahorita yo tengo tres candidatos: la prosperidad del pueblo, la Constitución y la democracia plena", afirma, dejando claro que su obsesión no es una tarjeta electoral, sino la reinstitucionalización de los poderes. Sostiene que Venezuela no necesita un mesías, sino un método; no necesita un caudillo nuevo, sino un sistema que impida que cualquier hombre se crea dueño del destino de millones.

Propuesta de Enrique Márquez para la reconstrucción democrática

El carcelero de los mil rostros

El tono de Márquez se vuelve punzante al tocar el sistema judicial. Es tajante al advertir que no dará un "cheque en blanco" a las nuevas autoridades solo por el hecho de haber cambiado de nombres. Su crítica hacia Tarek William Saab es frontal: lo define como un "personaje gris", el arquitecto de una era donde el Ministerio Público se convirtió en un brazo ejecutor de la persecución política.

"Él estuvo violando los derechos humanos de todos los presos políticos", señala con la autoridad de quien solicitó un fiscal al caer preso y nunca recibió respuesta. Para Márquez, que Saab pretenda ahora ocupar posiciones de defensa ciudadana es una contradicción inaceptable. Advierte que el país no puede conformarse con un "maquillaje institucional". Si el sistema que permitió su propio encarcelamiento —y el de tantos otros— sigue intacto en sus bases, cualquier intento de normalización será un espejismo peligroso. La justicia debe ser reparada desde los cimientos.

La arquitectura del mañana

Márquez propone un Gran Acuerdo Nacional que ataque los pilares del conflicto crónico venezolano. Su visión no es solo reactiva; busca una reingeniería profunda del Estado:

  1. Fin de la reelección indefinida: propone mandatos de 5 años con una sola posibilidad de repetición. "La alternabilidad es el oxígeno de la República", sostiene.
  2. Segunda vuelta presidencial: un mecanismo para obligar a los políticos a pactar y construir mayorías sólidas, evitando que el país se fracture en minorías irreconciliables.
  3. Bicameralidad: retornar al Senado para garantizar un equilibrio federal real y una revisión más técnica de las leyes, alejándose del centralismo asfixiante.
  4. Autonomía del BCV: blindar la moneda para que ningún gobierno pueda usar la emisión de dinero como un arma política, garantizando seguridad jurídica para la inversión.

"No podemos ir a elecciones con las mismas instituciones que permiten que un ciudadano pase un año preso por pensar distinto", reflexiona, conectando su vivencia personal con la necesidad técnica de la reforma.

El archipiélago de la unidad

En cuanto a la configuración de la oposición, Márquez camina sobre una cuerda floja con destreza. Confiesa con honestidad que no ha hablado con María Corina Machado, pero le resta drama a ese silencio. Su análisis asegura que hoy hay más elementos que unen a la oposición que aquellos que la separan.

Recuerda cómo, en El Helicoide, hacía ejercicios de comparación de ideas con afectos al gobierno y descubría que, en el fondo, todos soñaban con el mismo país. "La diferencia fundamental es el ejercicio del poder", sentencia. Para él, la unidad es un imperativo de supervivencia económica y social, un pacto que debe incluir incluso a los sectores del chavismo que hoy ven con sospecha el futuro.

presos políticos
Esta fotografía, cortesía de la familia Márquez, muestra al excandidato presidencial venezolano Enrique Márquez abrazando a su esposa, Sonia Lugo, tras su liberación en Caracas el 8 de enero de 2026. Foto: Frederick Villegas / Fotografía cortesía de la familia Márquez / AFP

El reloj de las urnas

Márquez lanza finalmente una advertencia que choca contra la impaciencia de la calle: las elecciones no están a la vuelta de la esquina. No por falta de voluntad, sino por la precariedad del sistema. Estima que actualizar el Registro Electoral, tanto dentro como fuera del país, tomaría al menos seis meses de trabajo técnico serio.

"No hay elecciones pronto, no sé cuándo van a ocurrir", dice con pragmatismo.

El cierre de su propuesta es una invitación simbólica: pide a todos los actores políticos que se quiten las gorras partidistas y se pongan el "quepis de Venezuela".

Márquez, el hombre que vio el Capitolio desde la primera fila tras salir del foso, sabe que la transición se ganará con la paciencia de quien reconstruye una nación sobre las ruinas de la injusticia, guardando las ambiciones propias en el mismo lugar donde un día se guardó el miedo: en el fondo de una gaveta.

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