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lunes, 18 de mayo de 2026

«Envidio a jóvenes que van a estudiar»: pobreza expulsa a niños y niñas de las aulas





Encovi estima que 1,2 millones de niños y adolescentes permanecen excluidos del sistema educativo, mientras el trabajo informal, la falta de comida y las dificultades para costear transporte, útiles y uniformes obligan a muchos a sustituir los estudios por la supervivencia. Organizaciones sociales urgen al Estado a reforzar el PAE y reducir las barreras económicas para evitar una generación marcada por la deserción


Fotos: María de los Ángeles Graterol 


Cada vez que ve pasar a otros niños y adolescentes con uniforme escolar siente envidia. Mientras ellos caminan hacia sus escuelas y liceos, Yoicer, de 17 años de edad, corre entre carros en la avenida Vollmer, en la Candelaria, con un cepillo limpiaparabrisas en la mano y una botella plástica llena de agua con jabón.

Hace un año abandonó los estudios. Ahora pasa gran parte del día esperando que el semáforo cambie a rojo para acercarse a los conductores y ofrecer limpiar los vidrios a cambio de algo de efectivo o de alimentos.

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«Envidio cuando veo a otros jóvenes que van con el uniforme a estudiar porque le están echando bolas a los estudios», confiesa.

Es más de mediodía de un miércoles acalorado en Caracas y Yoicer no ha almorzado. No ha podido. Afirma que en un buen día puede reunir hasta $30 limpiando parabrisas. En uno malo, apenas consigue unos $5: «Algo es algo, peor es nada», comenta.

El adolescente viste una camisa negra desgastada, un jean que se nota bastante usado y zapatos deportivos. Todas las prendas las compró él mismo. Detalla que trabaja limpiando parabrisas desde hace más o menos un año y parte de lo que gana lo usa para colaborarle en la casa de su abuela, en San Agustín (Caracas), donde vive junto a tres primos de 8, 9 y 1 año de edad, todos bajo la responsabilidad de ella.

Un camión cisterna se detiene frente al semáforo, Yoicer y los demás «limpiaparabrisas» corren con sus envases vacíos para llenarlos con el agua que cae del tanque para mezclarla con jabón y seguir trabajando. Él y sus compañeros admiten que una de las partes más difíciles de la jornada es soportar insultos de los conductores que rechazan que les limpien el carro.

«Hay días buenos y días malo. El dinero está en todos lados. Hay que buscarlo así se haga difícil porque todos necesitamos», sostiene el adolescente.

Yoicer cuenta que su abuela fue quien lo crió desde pequeño. Explica que su madre, aunque trabaja en un ministerio, nunca se hizo cargo de él ni de sus requerimientos: «Es mi mamá, pero ella nunca me crió».

Para Yoicer, la prioridad de su abuela deben ser los otros tres nietos más pequeños, hijos de una tía que emigró. Por eso, dice, comenzó a trabajar para comprarse ropa, zapatos y resolver los gastos personales. «Me gusta ponerme bonito», indica sonriente y añade: «No espero que mi abuela salga a comprarme un par de zapatos. Ella le compra a mis primos y yo me compro mis cosas».

Como Yoicer, miles de niños, niñas y adolescentes se han visto obligados a abandonar las aulas de clases, empujados por el deterioro económico de los hogares y la necesidad de incorporarse tempranamente al trabajo informal.

La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), realizada por la Universidad Católica Andrés Bello, estimó que al cierre del primer semestre de 2025 había 1,2 millones de niños, niñas y adolescentes excluidos del sistema educativo venezolano. La cobertura educativa nacional para la población entre 3 y 24 años cayó a 64%, dos puntos menos que el año anterior y nueve puntos por debajo de 2014.

Las mayores brechas se registran entre los sectores más pobres. Mientras la cobertura educativa en el quintil de mayores ingresos alcanza 82%, en el quintil más vulnerable apenas llega a 57%. Encovi advierte además que solo 22% de los jóvenes entre 17 y 24 años permanece dentro del sistema educativo.

ENCOVI 2025

«La recuperación dependerá de la mejora de las economías familiares y de la oferta educativa», señala Anitza Freitez, coordinadora de la encuesta.

*Lea también: Encovi: La pobreza tiende «a la baja», pero 1 de cada 3 venezolanos sigue siendo pobre

Yoicer estudió hasta segundo año en un colegio de Fe y Alegría. Dice que siempre llegaba puntual a clases porque su abuela lo llevaba y lo buscaba todos los días. Su materia favorita era matemáticas.

«Allá daban comida, aunque fuera una merienda. Pero aquí en la calle es más seguro conseguir comida porque no dependo de nadie. Yo mismo salgo a buscar qué comer y resolver», indica.

Aunque Yoicer asevera que quiere regresar a estudiar, reconoce que el dinero tuvo más peso que el colegio: «Me gustaron los reales. Yo veía que mi abuela tenía que mantener a mis primos y también pagarme la escuela. Yo mismo dije que no quería estudiar más».

La abuela del adolescente de 17 años no está de acuerdo con que trabaje limpiando parabrisas. «Ella me regaña burda porque no me quiere ver en esto. Dice que esto no es un trabajo, es un rebusque».

La historia de Yoicer no es aislada. En autobuses, avenidas y calles de Caracas se ha vuelto común encontrar niños y adolescentes vendiendo caramelos o cualquier chuchería, pidiendo alimentos o trabajando en alguna actividad para colaborar en sus hogares.

En La Dolorita, en Petare, Mirela, de 18 años de edad, dejó la escuela hace varios años, cursó hasta segundo año de bachillerato, justamente cuando su madre migró a Colombia en busca de empleo. Ella quedó a cargo del cuidado de su morocho que padece autismo y no habla, hay que darle la comida en la boca y cuidarlo porque se golpea contra las paredes.

Escuelas Encovi Educación 2

Más de medio millón de estudiantes han salido del sistema educativo en los últimos cinco años en Venezuela, de acuerdo con la más reciente Encovi.

Pese a que Mirela también migró con su madre y su hermano a Colombia en 2023, regresó al país el año pasado porque, según comenta, no soportaba seguir encerrada a cargo de su hermano. En la actualidad está embarazada, será madre soltera y no tiene ingresos propios.

Estudiar puede ser un lujo

La organización Provea advirtió en su informe anual sobre educación que en 2025 no se registraron políticas nacionales orientadas a disminuir las barreras económicas para acceder al sistema educativo, pese al contexto de alta inflación y empobrecimiento.

El documento señala que muchas familias enfrentan dificultades para costear útiles, uniformes, transporte y alimentación, factores que terminan expulsando a niños y adolescentes fuera de las aulas.

«En las familias en mayor vulnerabilidad no solo es imposible sufragar el costo de acceder a la educación, sino que además es necesario que niños, niñas y adolescentes contribuyan económicamente al sustento del hogar«, alerta la ONG.

El Programa de Alimentación Escolar (PAE), que durante años funcionó como incentivo para la permanencia en las escuelas, continúa mostrando fallas. Encovi señala que, aunque 62% de la población estudiantil es beneficiaria del programa, solo tres de cada 10 estudiantes reciben comida todos los días.

Las consecuencias de la pobreza también se reflejan en la asistencia irregular a clases. Cuatro de cada 10 alumnos escolarizados faltan constantemente debido a problemas asociados a la falta de comida, agua, electricidad o transporte.

La investigadora Freitez advierte que el deterioro económico sigue ampliando las desigualdades educativas en el país y enfatiza que «la recuperación se observa en el quintil más favorecido y se amplía la brecha».

Para organizaciones como Cecodap, el problema no se limita a reinscribir estudiantes en las escuelas, sino a garantizar condiciones que les permitan mantenerse dentro del sistema educativo y no abandonarlo nuevamente por necesidad económica.

Mientras habla sobre su futuro, Yoicer sostiene el cepillo limpiaparabrisas. Cuenta que sueña con montar un negocio propio, quizás una licorería «porque eso da dinero» o un taller mecánico. Pero enfatiza que quiere regresar a estudiar: «Yo soy inteligente. Yo le eché bolas a los estudios, pero no fui más por gafo», agrega.

También afirma que otra de sus metas es convertirse algún día en funcionario del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) «para acabar con la delincuencia en el cerro».

Yoicer especifica que prefiere estudiar para ser Cicpc que agarrar la mala vida: «Tengo convives (amigos) que andan en eso. Mi papá y mi tío eran delincuentes y los dos están muertos. Yo no quiero que me maten».

Frente a esta realidad, organizaciones como Provea y Cecodap insisten en que el Estado debe retomar políticas que reduzcan las barreras económicas para acceder a la educación. Entre las recomendaciones destacan ampliar el Programa de Alimentación Escolar, garantizar útiles y uniformes, fortalecer el transporte estudiantil y crear programas de nivelación académica para evitar que niños y adolescentes abandonen nuevamente las aulas por necesidad económica.

Mientras esas medidas no existan, miles de adolescentes como Yoicer seguirán debatiéndose entre estudiar o trabajar para sobrevivir.

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