.

.

Translate

viernes, 26 de junio de 2026

Doblete sísmico en Venezuela y las grietas por atender

 

Personas caminan por escombros de edificios afectados por terremotos este jueves, en La Guaira (Venezuela). El número de fallecidos en Venezuela a causa de los dos terremotos del miércoles se elevó a 188 y el de heridos a 1.520, mientras que al menos 346 construcciones, entre edificios, hospitales y centros comerciales, resultaron afectadas, informó el presidente de la Asamblea Nacional (AN, Parlamento), el chavista Jorge Rodríguez. EFE/ Ronald Peña R.

 

El 24 de junio tendrá a partir de 2026 otra carga histórica. A la batalla de Carabobo y a los tambores de San Juan se suma el peor doblete sísmico que hayamos vivido. Dos sismos consecutivos, 7.2 y 7.5, sacudieron el centro-norte del país en cuestión de segundos.

Ads by 

Por Maryhen Jiménez / elpais.com




Estaba en La Candelaria cuando la tierra nos sacudió. Esperaba en un semáforo y el carro comenzó a moverse. Primero pensé que era un problema mecánico. Sin embargo, al ver a mi alrededor, me di cuenta de que algo distinto sucedía, sin saber qué era. Solo veía a las personas y, mirando hacia arriba, logré ver enormes nubes de humo. El cielo estaba gris, parecía uno de esos torbellinos que conocemos de las películas. Sentí miedo y mi cuerpo entró en modo alerta.

Decidí regresar al Este. En el camino, otro temblor. Los carros y las motos ya iban a mayor velocidad, como si estuvieran huyendo. Todos éramos espectadores, mirando de lado a lado, para intentar comprender. Veía a mucha gente llorando en las aceras, gente corriendo desesperadamente. Necesitaba saber qué pasaba. Paré y una señora me explicó lo que había vivido. “Un temblor, es un temblor horrible”.

Una vez a salvo, intenté comunicarme con mi familia y amistades. Mis mensajes no salían. Estaba básicamente incomunicada. Es una sensación que genera ansiedad. NetBlocks registró una fuerte caída de la conectividad a internet tras los sismos. En Venezuela, donde el acceso a la información ya opera en condiciones precarias y de (auto)censura, donde es común recurrir a contactos en el exterior para entender lo que ocurre adentro, los terremotos expusieron y aumentaron esa vulnerabilidad.

Largos minutos después, mágicamente, salieron y entraron los mensajes. Logré reportarme, pero luego estuve otra vez incomunicada. Estando en Caracas, a pocos kilómetros de zonas profundamente afectadas, estuve varias horas sin conocer la gravedad de lo que había ocurrido. Buscaba información en redes sociales, cuidando los datos para no quedarme nuevamente incomunicada, y ahí comencé a procesar el alcance de los dos movimientos telúricos, las pérdidas humanas y los daños materiales.

Al cierre de este artículo se habla de al menos 188 muertos y más de 1500 heridos, con la advertencia de que las cifras seguirían aumentando. La Guaira fue declarada zona de desastre y el aeropuerto Simón Bolívar cerró temporalmente tras sufrir daños. Los estados Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón también han resultado fuertemente afectados. ¿Qué más puede pasar?, me escribió un amigo. Es una pregunta devastadora.

No obstante, en medio de la tragedia y el dolor, quiero detenerme para destacar algo que también he vivido. Familiares sosteniéndose, vecinos acompañándose, desconocidos abrazándose; personas que comparten una arepa y otras que hacen un mercado para quien lo necesita. Las redes de solidaridad se activaron con una velocidad que el Estado no ha podido igualar. Es una respuesta que reconozco, porque ya la he visto antes en Venezuela, durante las múltiples crisis que este país ha atravesado. Si bien la respuesta individual y empática es valiosa, no puede, ni debe, reemplazar al Estado.

Este es un debate que los terremotos ponen urgentemente de relieve. Globalmente, se ha fortalecido una corriente ideológica que cuestiona la relevancia del Estado. En Venezuela, esa concepción pudiera tener una resonancia particular, porque aquí el Estado, efectivamente, le falló a la población. Durante las últimas dos décadas, el Estado venezolano ha sido vaciado y debilitado, lo cual lo ha convertido en un ente disfuncional y corrompido a los ojos de la población. Vemos hoy un Estado personalista, clientelar y predatorio, limitado en su capacidad para proveer servicios, garantizar seguridad y soberanía territorial.

Entonces, ¿cómo puede responder un Estado en estas circunstancias ante un doblete sísmico de esta magnitud? La respuesta la estamos viendo en tiempo real. Ya sabemos que el impacto de los desastres naturales depende de la capacidad estatal para proteger a su población antes, durante y después. Y esa capacidad, en Venezuela, es escasa y territorialmente desigual.

La sensación de desprotección con la cual la población ha sido forzada a vivir no debe ser normalizada. La sociedad venezolana ha sufrido en múltiples dimensiones, ha puesto el cuerpo en la lucha por sobrevivir e incluso ha autofinanciado la fragilidad del Estado.

Los terremotos y sus consecuencias ponen sobre las élites venezolanas la responsabilidad ineludible de sostener una conversación que ha sido largamente postergada: ¿qué Estado (re)quiere el país? El Estado venezolano debe ser repensado y reconstruido para cumplir con sus funciones básicas, pero también para responder y anticipar los desafíos por venir. Solo así podrá ser lo que debe ser, un instrumento al servicio de su población, no un obstáculo para ella.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.