
En La Guaira, la destrucción demuele por dentro. Cuesta pensar en cómo será la reconstrucción de un estado que sigue sumando desastres naturales al miedo que habita en la memoria colectiva de quienes hoy deben ponerle bloque y cemento a una tierra que ya se ha tragado vidas dos veces. Para quienes guardamos allí recuerdos, esa destrucción se siente en el pecho
«Si hay alguien aquí con vida, emita dos sonidos», dice un rescatista en La Guaira. Alrededor de él, 10 o 15 hombres esperan cualquier voz, ruido o señal. Nada pasa. Piden silencio absoluto. Nadie se mueve, los motores de las motos y los carros se apagan. Son segundos de tensión y de reanimación de la esperanza. En el edificio Vistamar, en Caribe, no pasa nada.
A medio kilómetro, apenas a unos pasos de las ruinas del centro comercial Costa del Sol, en las residencias la Villa, alguien grita. Es la señora Marisol. Del piso 1B. Carlos Cedeño la escuchó. Su hermano y su sobrino, Alex Pérez padre y Alex hijo, aún siguen bajo los escombros. Aunque no sea su familiar, «es bonito escuchar a alguien con vida». Es la tarde del tercer día después del doble terremoto. La ventana de las 72 horas de supervivencia está por cerrarse. La hija de Marisol se llama Yandi. No estaba ahí cuando ocurrió el desastre. Su hermano Chichi, con síndrome de down, fue rescatado. Su hija también.
Yandi no habla. Está parada en la entrada a la residencia. Ve hacia las ruinas de lo que fue un edificio de siete pisos. Hoy sólo queda la reja, la fachada que la sostiene y el cartel del nombre de la edificación. Hace contacto visual conmigo y me abraza, fuerte, muy fuerte. «Es mi mamá», dice entre lágrimas y se va.

En el edificio Vistamar, entre rescatistas venezolanos y salvadoreños intentan hallar personas tapiadas en los escombros de una estructura de ocho plantas
El mismo milagro que ella esperaba lo aguardaba Norelis. El apellido que comparte con su hermano es Aquino. Freddy, se llama. Es capitán de barco. Vivía solo. Ella tiene 55 y le lleva 10 años. “Es desesperante esta agonía”. Pero “que haya una pizquita de vida, no tiene explicación”, dice. Que la mamá de Yandi haya podido dar señales de vida le renueva el espíritu. Aún lo espera.
“Yo le pegué gritos. Me dijo un muchacho anoche que no puede hablar sino tocar (hacer ruido entre los escombros). Entonces le digo, “haz algo, Freddy”. Es mi hermano y lo amo”. Mientras se limpiaba las lágrimas, agarraba un suero y un sánguche repartido por grupos de voluntarios. Llegó a las 6:00 am del 27 de junio. Salió desde el Tigre pidiendo cola. En Gato Negro, una gandola la bajó hasta allá. “Si me lo da con vida, ese será el milagro más grande”.
Cuando terminamos de hablar, eran las seis de la tarde y dos minutos de esa hora ya habían pasado. Faltaban trece minutos para llegar al punto de encuentro donde el transporte me esperaba para regresar a Caracas. No alcancé a saber si rescataron a Marisol ni a Freddy. Esos procesos demoran. Yo debía aún hacer algo.
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La Villa estaba a una cuadra y media de donde vive, o vivía, mi tía Carmen Jeaneth. En Carimar, una residencia de 10 pisos, la conocen como “la doctora”. No está muerta. Su esposo tampoco. Se salvaron porque el día del terremoto ella estaba de guardia en una clínica en la capital. Él la estaba esperando. Cuando ella supo que iría a Vargas sólo me pidió una cosa: “¿puedes ver cómo está mi casa?” Pero no pude. En los primeros tres pisos, dos antes de llegar a su apartamento, están sin paredes. No se puede entrar. Sólo sentí un gran vacío al ver delante de mí la destrucción de un lugar en donde pasé vacaciones enteras, cumpleaños y navidades; fueron mucho más que celebraciones; fueron momentos de amor, alegría compartida y agradecimiento de ver construido el sueño entero de mi tía, mi segunda madre: tener una casa propia en Venezuela. Le tomó años lograrlo, apenas en 2024 pudo comprarla. Hoy ese sueño se pulverizó. No tiene techo.
«¿Viste mi camioneta?», me preguntó. Una kombi del 79. Los vecinos me dijeron que está intacta. A Ungar Villamizar, que agradece estar vivo aunque no tenga casa, se le dañó el carro. Es vecino de Carmen. Va a usarla para sacarle el aceite y poder llevarse a su padre de 78 años y a su madre de 60 a Caracas. Ahí lo espera su familia. Su otra familia, todos los amigos que hizo en Carimar, están a salvo. De la torre de al lado nada queda. Sólo polvo. En una pared escribieron el nombre. Alguien que no haya estado ahí antes no identificaría el edificio. Yo sí. Caraballeda Sol. Desde el quinto piso de la casa de mi tía, siempre veía con recelo que esa piscina fuera más grande y bonita. Hoy sólo da tristeza saber que ahí, como cuenta Ungar, «hay un niño de dos años fallecido». Milagrosamente, sigue diciendo, «unas siete personas fueron rescatadas con vida. El número aproximado de personas fallecidas, con cadáveres ya encontrados… 10».
- Freddy tiene 45 años y es capitán de la marina. Vivía solo.
- En Carimar, aún esperan por una evaluación para saber si los daños en la edifcación son estructurales
Allí al menos han encontrado los cuerpos. Tienen la certeza de que la vida ya los deshabitó. Pero en Arichuna, hacia los Corales, había una fiesta con 40 niños. El papá del cumpleañero salió a comprar refrescos y cuando regresó ya no había nadie. El terremoto los había tapiado, contó un voluntario que ayudó a sacar escombros a ver si podían encontrar a alguno de los pequeños. Cuando hablé con él, el corazón se me hizo pequeño. Mi sobrino de 10 años también vive en La Guaira; la mitad de mi familia, para ser honesta; esa mitad lo perdió todo porque viven hacia lo que ahora llaman la zona cero: Caraballeda, Caribe y Naiguatá.
En Arichuna, cuatro colchones forman un cofre sostenido por un árbol. En el hueco del centro se apilan los cuerpos. La fetidez se vuelve más intensa con cada paso que nos pone más cerca al edificio de 12 pisos. «Este es el piso 12», explica José Piñero. Lo que señala está en la acera de la calle: la estructura de atrás colapsó, cayó hacia adelante y aplastó ese edificio también. Él y su esposa viven en Casalta 1, en Catia. Bajaron para buscar a la abuela de José. Vivía allí con su hija, el esposo de su hija, sus dos nietos. Otros dos familiares habían bajado a visitarlos el día del terremoto, por ser feriado.
De los siete, tres ya habían sido encontrados muertos. Su abuela también.
En una silla de plástico, como custodiando los cuerpos estaba él. Al lado, su señora. «Toma, póntelos. Los necesitas», me dijo, dándome un par de zapatos que estaban entre las donaciones para los damnificados. Mis botas se habían despegado. «Se ve que eres como 37. Esos te traje». Se lo agradecí. Y antes también a Yurianny Ortega.
Ella estaba en Costa Brava, el edificio de al lado. Se había mudado esa semana con su amiga Alexandra Guedez. Vivían antes en Caracas y estudiaron fisioterapia juntas en San Juan de Los Morros. Cuando vio cómo tenía los zapatos me dijo «Yo tengo tirro». Me lo pasó y nos sentamos en uno de los dos colchones tumbados a la orilla de la entrada a la construcción. Frente a nosotras, un árbol frondoso que daba sombra a la mamá de Alexandra. Tenía en su mano un teléfono con una foto de su hija. Su hermana, al lado de ella, la abrazó. El llanto era desconsolado.

Costa Brava tenía siete apartamentos por cada uno de los 13 pisos. De los apróximadamente 50 habitantes, 30 han sido reportados como desaparecidas.
Ellas, y también Jeison, el novio de Alexandra, han estado ahí desde la noche del terremoto. Bueno, casi todas las noches. Cuando hubo la alerta de tsunami, los desalojaron. «Todo fue horrible. Pedimos cola. Nos fuimos.Todos pensábamos que nos íbamos a morir. No había luz. No veías el mar. No veías nada», recuerda. Eso fue la segunda noche. Pero para el tercer día volvieron.
Volvieron porque quieren encontrarla. Tienen esperanza. Aunque pasen las horas y, con ello, se reduzcan las posibilidades de hallarla viva, no se van. Están desesperados, preocupados, hastiados. «Del gobierno no tenemos ayuda de nada», suelta Yurianny. Es la única que aún da voz. La familia de su amiga está apagada. De ellas sólo se escucha llanto.
Unos hombres están en fila para jalar una cuerda y sacar una puerta que obstaculiza la entrada hacia dónde piensan que vieron algo. «Negativo», grita el que está comandando la operación y dando instrucciones al resto. Los rescatistas extranjeros fueron. “Pero ellos vienen buscando solo personas vivas. En Costa Brava decían que ya no había nadie con vida. Entonces viene, pero de una vez se retiran”. La burocracia de la supervivencia.
En Vargas, la destrucción demuele por dentro. Cuesta pensar en cómo será la reconstrucción de un estado que sigue sumando desastres naturales al miedo que habita en la memoria colectiva de quienes hoy deben ponerle bloque y cemento a una tierra que ya se ha tragado vidas dos veces. Para quienes guardamos allí recuerdos, esa destrucción se siente en el pecho.
- En el edificio Costa Brava apenas han hallado dos personas con vida
- Roca Azul es un supermercado en Caraballeda
El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.





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