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domingo, 28 de junio de 2026

Venezuela se salva con sus propias manos

 

Personas buscan entre los escombros de una casa destruida por los terremotos, este domingo, en Catia La Mar (Venezuela). EFE/ Henry Chirinos

 

La tanatóloga tiene dos mujeres muertas a sus pies y una hija que grita, desgarrada, por su mamá. Uno de los cadáveres lleva más de una hora al sol, cubierto con sábanas y cobijas. Le han echado cal por encima para que huela un poco menos. Por fin se los van a llevar en una camioneta, pero hay que escribir sus nombres y el número de su cédula para que no sean solo unas bolsas blancas. Otras más. “¿Alguien tiene un papel? ¿Algo para escribir? ¿¡Alguien!?”, grita desesperada. En la peor tragedia de Venezuela del último siglo faltan hasta etiquetas y rotuladores para ponerle nombre a los muertos.

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Por María Marín / elpais.com



Este sábado, casi 72 horas después del doble terremoto que sacudió el norte del país, La Guaira, la zona más devastada, olía a muerte. El hedor, cada vez más fuerte, entra por la nariz, se impregna en la ropa, en las mochilas y en las mascarillas y ya no se va. Tras el anuncio de 1.492 fallecidos, las autoridades pasaron la jornada del sábado recogiendo hasta 20 muertos por hora, según fuentes oficiales. No hay dónde meterlos. El Gobierno de Delcy Rodríguez ha improvisado ocho nuevas morgues donde se amontonan los cadáveres. Cada vez hay menos posibilidades de encontrar gente con vida y lo que hay debajo de los cascotes sigue siendo un misterio. Pasarán semanas, o incluso meses, hasta retirar los restos de las decenas de edificios reducidos a escombros.

La llegada a la zona desde Caracas toma normalmente algo más de 40 minutos, pero estos días se han necesitado horas. Miles de personas querían ir a ayudar. El recorrido por la ciudad muestra zonas verdes llenas de familias que han improvisado campamentos, torres enormes como si se hubiesen derretido, piscinas colgando de precipicios, edificios enteros plegados sobre sí mismos y muchos venezolanos con sus palas al hombro. También funcionarios públicos, los mismos que barren las calles o hacen las carreteras. Gente humilde. Agotada. En shock. Y, sobre todo, triste. La dimensión de la tragedia ha desbordado a todos.

En La Guaira, lugar de vacaciones frente al mar Caribe, hay un ruido constante de motos, camiones y retroexcavadoras, pero de vez en cuando se hace el silencio casi total. Cuando todos callan y apagan los motores, hay esperanza. Es porque se ha escuchado un gemido. Un grito. Y es entonces cuando alguien, con las manos desnudas y un casco de obra, acaba metiéndose entre los cascotes a buscar el sollozo.

Un integrante del Búsqueda y Rescate Urbano de Perú trabaja en operaciones de rescate en una zona afectada por los terremotos, este domingo, en La Guaira (Venezuela). EFE/ Henry Chirinos

 

Este sábado ocurrió varias veces. Ante el grito que salía de un edificio de diez plantas, tan inclinado que parecía que iba a desplomarse en cualquier momento, un joven se metió sin pensarlo en las tripas de la escombrera. La gente le esperaba aguantando la respiración hasta que salió con las piernas temblando y cubierto de polvo. Descompuesto. Tuvieron que asistirle entre varios, limpiarle la cara con agua, echarle alcohol en la nariz y sostenerlo. “No consigo quitarme este olor”, decía. El chico no encontró el grito: “Solo sangre y cuerpos”.

La precariedad reina en el apocalipsis. “No os vayáis”, pide la tanatóloga sin cuaderno. “Tenéis que mostrar cómo estamos haciendo esto sin nada. Dicen que ha venido mucha ayuda internacional, pero yo aquí no he visto nada. Es un desastre y no podemos hacer esto solos”.

En La Guaira sigue faltando hasta alcohol para desinfectar las heridas. Miles de vecinos están sin luz y sin agua. Calientan platos con velas, no pueden tirar de la cadena. Aquí todavía las camillas son puertas de madera. Las bolsas para los cadáveres, sábanas y los coches fúnebres, las camionetas que hasta ahora perseguían delitos ambientales y maltrato animal. O, en realidad, cualquier camioneta en la que quepa un cadáver. Donde deberían estar las neveras hay cal, que lanza un camión que pasaba por ahí.

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