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martes, 30 de junio de 2026

Wall Street Journal: Venezuela busca desesperadamente a 50.000 desaparecidos tras los terremotos

 

Residentes y voluntarios rescatistas buscaron entre los escombros de los edificios derrumbados en La Guaira en busca de supervivientes.Gaby Oraa for WSJ

 

El edificio residencial de gran altura construido por el Gobierno donde vivía la novia de Alberto Sánchez se derrumbó en una masa de hormigón y acero cuando dos terremotos dobles azotaron esta ciudad de la costa caribeña la semana pasada. Pasó varios días excavando entre los escombros en busca de ella y su familia, y no encontró a nadie.

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Por wsj.com




“Hoy siento que ya no me quedan energías”, dijo Sánchez el domingo, con el rostro cansado mientras se tomaba un descanso, sacudiendo el polvo de sus guantes y examinando los agujeros de sus zapatos deportivos.

Casi 50.000 personas siguen desaparecidas, según una plataforma en línea que rastrea a seres queridos perdidos, después de que los terremotos del miércoles arrasaran barrios enteros en la capital venezolana, Caracas, y en una serie de ciudades cercanas.

Equipos de rescate internacionales y familias desesperadas se encuentran en una carrera contra el tiempo, removiendo escombros en un intento desesperado por encontrar a los últimos supervivientes. Las esperanzas de hallarlos con vida se desvanecían rápidamente, ya que las personas solo pueden sobrevivir un tiempo limitado atrapadas bajo los escombros sin agua y respirando un polvo asfixiante.

El Gobierno venezolano informó de que 1.719 personas habían muerto y más de 5.034 resultaron heridas, reportándose los mayores daños aquí, en el estado de La Guaira, frente al Caribe, a una hora en automóvil desde Caracas. El Gobierno afirma que la cifra aumentará, y los modelos del Servicio Geológico de EE. UU. (USGS) estimaron que el número probable de muertos alcanzará los miles.

A medida que pasaban las horas, los habitantes del lugar se mostraban cada vez más agitados ante una respuesta estatal que calificaron de inadecuada y desorganizada. A las tribulaciones se sumaron, según algunos residentes, los esfuerzos del Gobierno de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, por restringir el acceso de los trabajadores voluntarios a las zonas del desastre, así como la burocracia que retrasó a paramédicos, bomberos y equipos de rescate extranjeros.

“Los esfuerzos de rescate han sido inexistentes”, afirmó Janett Noriega, una jubilada que buscaba a seis familiares, entre ellos su cuñada y sus sobrinas pequeñas, quienes vivían en uno de los varios complejos habitacionales de gran altura construidos por el gobierno cerca de la playa. “Es un caos total, sin ninguna planificación”.

Noriega dijo estar indignada y con el corazón roto. Ella y su esposo han viajado en automóvil todos los días desde Caracas hasta Caraballeda, que estuvo entre las zonas más afectadas. Noriega señaló que no vio llegar a trabajadores de rescate ni maquinaria pesada sino hasta el fin de semana.

El Gobierno no respondió a las llamadas ni a los correos electrónicos en los que se solicitaban comentarios.

Negligencia en la construcción

Para muchos residentes del proyecto de vivienda donde vivían las familias de Sánchez y Noriega, una serie de edificios de 12 pisos llamados Vencedores del Caribe, la tragedia dejó al descubierto lo que la gente de aquí denomina años de negligencia gubernamental y construcciones deficientes.

Décadas atrás, Caraballeda era un pueblo costero muy querido por los venezolanos ricos y de clase media. Cerca de allí había un club de golf, una marina para yates y hoteles gestionados por Sheraton y la cadena española Meliá. Las viviendas estatales se construyeron cerca de la playa Los Cocos, cuando el Gobierno izquierdista de Venezuela se apresuró a proporcionar apartamentos a los pobres como una forma de ganar votos.

“Yo solía decir que estos apartamentos son casas de juguete, hechas de anime (poliestireno expandido)“, comentó Noriega.

Pero no era un chiste. Los edificios se derrumbaron en montones, dejando al descubierto gruesas capas de anime que se habían utilizado como mortero entre las losas de hormigón. Gran parte de la zona del desastre estaba cubierta de pequeñas bolitas de espuma blanca. Algunos residentes indicaron que las paredes de sus edificios ya se estaban agrietando antes de los seísmos y que las cabillas (barras de refuerzo) estaban expuestas en algunas columnas, señales de lo que calificaron como una construcción de mala calidad.

Sánchez se mudó con su novia, Osmary, a uno de los proyectos el año pasado y dijo que era bien sabido que los edificios estaban mal construidos. Sin embargo, los residentes sentían que tenían pocas opciones porque no podían permitirse nada mejor.

“Ya sabíamos que los edificios estaban mal hechos, pero ¿qué opción teníamos?“, expresó Sánchez, un mototaxista de 37 años que vivía en el noveno piso con Osmary.

Sentado sobre una roca con la mirada perdida, Sánchez comentó que ha estado tratando de mantener la mente ocupada ayudando a personas de los edificios cercanos a excavar en busca de supervivientes. Pero no había encontrado a nadie conocido.

“Lo perdí todo”, lamentó Sánchez.

Una carrera contra el tiempo

Durante el fin de semana, miles de soldados y policías venezolanos armados se desplegaron por los pueblos que bordean la costa turquesa del Caribe, comunidades que sirven de escapada para los residentes de la capital —conocidos como caraqueños— y que albergan a muchas familias de la clase trabajadora. No obstante, fueron los equipos de bomberos y rescatistas de Venezuela, Colombia, México, República Dominicana y EEUU quienes se arrastraron entre las losas de hormigón en busca de supervivientes.

El domingo, suplicaron a los transeúntes y motociclistas que guardaran silencio mientras intentaban escuchar cualquier señal de vida —un grito de auxilio, una tos o una respiración profunda— de las personas bajo los escombros.

Los rescatistas en un edificio encontraron el cuerpo sin vida de un niño de cuatro años. Envolvieron su pequeño cuerpo en una manta morada antes de trasladarlo a un vehículo de la unidad de homicidios de la policía local, habilitado como furgón forense.

No fue fácil para los rescatistas, y no solo por las condiciones en el terreno. El alcalde de Medellín (Colombia), señaló que los bomberos enviados desde su ciudad fueron retenidos durante horas por las autoridades aeroportuarias de Venezuela. Una unidad de voluntarios españoles declaró que se iba a disolver tras haber esperado dos días en un aeropuerto de España la acreditación de las autoridades venezolanas.

“La única maquinaria que ha llegado fue traída por las familias de las personas que están atrapadas allí abajo”, denunció Karen Marchán, de 37 años, quien buscaba a su madre, Cecilia Gutiérrez, en Caraballeda.

Jennifer Fajardo, de 42 años, quien gestiona las operaciones de seguridad en una universidad de Caracas, se secó las lágrimas del rostro mientras se tomaba un descanso de remover escombros en busca de sus hijas gemelas de 19 años y sus dos nietas; todas compartían un apartamento en un edificio que se desplomó. Con las líneas eléctricas y telefónicas caídas desde los sismos, Fajardo explicó que no había podido comunicarse con sus familiares y que, en su lugar, se apresuró a ir al sitio.

“No he dormido. Voy corriendo de hospital en hospital, a las morgues para ver si están allí, pero nada”, relató Fajardo. “Solo quiero que aparezcan mis hijas”.

El domingo temprano, Fajardo recibió una señal de esperanza cuando el perro de la familia, Yogi, conocido por los vecinos por correr de arriba abajo por las escaleras, salió de un agujero entre los escombros, aparentemente ileso. Desde entonces, ha permanecido al borde de la propiedad chillando y llorando.

“Pienso que si el perro salió vivo, alguna de ellas también tiene que estar viva”, manifestó Fajardo, mientras Yogi se sentaba a su lado gimiendo. “Está bien, mi amor —dijo Fajardo, acariciándole la cabeza—. Las vamos a encontrar”.

No muy lejos de allí, Jhoana Pacheco, de 47 años, y más de 20 familiares seguían en la labor el domingo, buscando a su tía, Yveth Arguinzones, de 61 años, y al esposo de ésta, Alexis González, de 63, quienes continuaban desaparecidos tras el colapso del complejo habitacional Los Cocos.

Algunos buscaron en hospitales. Otros fueron a los refugios. Los miembros de la familia también se encontraban en el edificio.

“Mis dos tíos fueron allí a ayudar, pero no era mucho lo que podían hacer porque lo único que tenían eran dos mandarrias (mazos)”, relató. “No había nada más —ni una palanca ni un pico— para romper el hormigón”.

Familias como la suya no piensan en otra cosa que no sea sacar a los supervivientes de lo que queda de los edificios. También saben que, tarde o temprano, su misión pasará a ser la recuperación de los fallecidos.

“Solo quieren sacar a los que están sepultados bajo los escombros”, afirmó. “Al menos encontrar los cuerpos, solo para tener una respuesta”.

Contenido con licencia de The Wall Street Journal. Traducido del inglés por V. Hdez.

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