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lunes, 13 de julio de 2026

La búsqueda de los cuerpos extraviados tras los terremotos en Venezuela: “Todos merecemos un cierre a esta tragedia”

Liliana Figueroa muestra fotografías de su hija, Angelina Guerra, en la parroquia Caraballeda, en La Guaira.
Daniel Echeverría

 

Al día siguiente de los terremotos de La Guaira, Liliana Figueroa recibió este mensaje: “Yo vi a su hija en una bolsa, estaba con su cédula”. Le escribía el familiar de una amiga de Angelina Guerra Figueroa, su única hija, de 16 años. En ese momento, Liliana estaba intentando regresar a Venezuela desde Boa Vista, donde desde hace cuatro años era mamá a distancia. Atendía mesas en un restaurante de la ciudad fronteriza brasilera para obtener los ingresos que, como docente en Venezuela, no le alcanzaban para sostenerse a sí misma y a su hija. Una migración forzada por la crisis, pero lo suficientemente cerca para volver en dos días de viaje por carretera cuando fuera necesario, como ese día en que ni Angelina ni su papá respondían al teléfono y las noticias confirmaban un desastre, el más devastador que ha vivido el país en tiempo reciente.

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Por Florantonia Singer / elpais.com




A las 5.30 de la tarde del 24 de junio, antes de que el doblete sísmico acabara con gran parte de La Guaira, Angelina le había enviado una nota de video a su madre, el último mensaje que recibió de ella. La adolescente acababa de ducharse, tenía puesta una camiseta sin mangas de color verde y un collar que nunca se quitaba. Le contaba que una amiga estaba en casa para pasar esa tarde de feriado en la que no tuvieron clases y que su papá le había preparado milanesa con espagueti. Los tres estaban en la segunda planta, de siete, del edificio Solymar en Los Corales, irreconocible luego de más de un minuto de sacudida de la tierra.

A Liliana le tomó tres días llegar. El paso por pueblo minero del Kilómetro 88, fronterizo con Brasil, había estado cerrado desde el operativo militar en el que Estados Unidos supuestamente aniquiló con un misil al Niño Guerrero. La crisis por el desastre obligó a abrirlo y cuando Liliana iba cruzando por ese lugar le llegó otro mensaje que no quería recibir. En el grupo de Whatsapp de los vecinos del edificio Solymar publicaron una lista de los fallecidos, en la que mencionaban a su expareja Richard y Angelina.

Unas 40 horas de viaje en autobús, un aventón para completar la ruta, una fila para sacar un salvoconducto y poder entrar en La Guaira fueron parte de su regreso a Venezuela. La última vez que había estado fue en abril de 2015, para los 15 años de Angelina. Esta vez ha pasado días enteros abriendo bolsas de cadáveres en busca de un cuerpo menudo de unos 45 kilos, con la camiseta verde, el collar y el decorado de uñas que sabía que tenía su hija, con las cejas perfectamente depiladas y una marca en el brazo de las vacunas. También busca el de su expareja, 12 años mayor que ella, con playera de Venezuela y short de palmeras. Casi toda la familia de Richard murió en La Guaira.

Pasados 20 días desde que fallecieron, no los ha encontrado. Los cuerpos fueron sacados de los escombros y llevados a un hospital. Alguien los fotografió y los sumó a los álbumes digitales de cadáveres que pudo revisar en una tablet, en la morgue que el Gobierno improvisó en los silos del Puerto de La Guaira para gestionar los miles de fallecidos por los sismos.

En una primera búsqueda digital dio con una foto formato carnet y una de cuerpo entero de Richard. Estaba vestido. Tenía el número 216 SS, cuyas letras refieren al Seguro Social de La Guaira, a donde fueron a parar los cuerpos sacados durante las primeras 24 horas después del doble sismo. Tuvo que ver una y otra vez sobre las mismas imágenes para encontrar el 212 SS, que correspondía a Angelina. El expediente tenía una foto de su cara. Dice que se le veía un número borroso puesto con marcador cerca del cuello de la adolescente. También había una foto de cuerpo entero. Estaba desnuda.

Con el hallazgo de los números, la difícil tarea no estuvo lista. Liliana, acompañada de su hermana, tuvo que buscar en hileras de bolsas dispuestas sin ningún orden, unas encima de otras, algunas metidas en contenedores de carga, a la intemperie, frente al mar. En una de esas cajas metálicas —que los primeros días no tuvieron refrigeración, pero ahora sí tienen, aclara— encontró las que tenían los números que buscaba. Ya era de noche, tenía que alumbrarse con la linterna de su teléfono. Allí tampoco había acabado su calvario. “En la bolsa de mi hija que decía 212 SS estaba una señora mayor. En la 216 SS, que era donde debía estar su papá, estaba un señor calcinado”, cuenta decepcionada y afectada por todo lo que ha visto.

Los números se borraron

La descoordinación de las primeras horas tras el terremoto puso en un limbo el luto de familias como la de Liliana. También ha dejado expuesta la respuesta tardía del Gobierno. No había siquiera papel y lápiz para identificar adecuadamente a los muertos. La gestión de las primeras 72 horas recayó casi totalmente en la gente desesperada, buscando con las manos entre los cascotes de cemento. La mañana después del desastre, las pick up de la policía iban de un lado a otro a toda velocidad recogiendo cadáveres para dejarlos en algún hospital o en la morgue. Algunos pasaron horas cubiertos con sábanas al lado de los edificios en ruinas.

Un puñado de casos como el de Liliana empieza a repetirse. No figuran entre los desaparecidos —que el Gobierno ha decidido no informar— porque hay evidencias de que murieron. “Cuando vi que los que estaban en las bolsas no eran los míos, la misma gente de la morgue me dijo que eso estaba pasando”. Hay personas que rescataron los cuerpos de sus familiares, a los que les escribieron el nombre y la cédula en un tapabocas que ataron al tobillo y tampoco han aparecido.

Pero la madre de Angelina no ha parado de pedir explicaciones. “Me dijeron que, como el día siguiente del terremoto llovió, a algunos cuerpos se les borró el número y se mezclaron”, relata. “También me dijeron que me olvide de ese número, porque esa nomenclatura cambió, que tenga paciencia y no se cuánta más debo tener. Todos merecemos un cierre a esta tragedia”. Ella ha intentado iniciar su proceso de duelo mientras espera. Un día llevó flores al mar para su hija y dice que todavía le escribe mensajes a su teléfono, que ya nadie contesta.

En el Cementerio de La Esperanza, a media hora de La Guaira, hay dos tumbas con los números de Angelina y Richard. Un día después del terremoto, los tractores comenzaron a cavar zanjas en una montaña cercana a la localidad de Carayaca para hacer fosas individuales, para cuerpos sin identificación definitiva. Unos 315 ya fueron sepultados, según han reconocido las autoridades este sábado. También se han hecho entierros para los que han sido reconocidos. Los primeros días de funcionamiento de este camposanto de emergencia hubo una enorme custodia policial que incluso impidió que todos los familiares entraran a las despedidas, justo cuando los periodistas comenzaron a mostrar lo que ocurría en el sitio que el Gobierno determinó para la disposición final de cuerpos y del que no se había informado nada oficialmente en la primera semana después de los terremotos.

Esta última semana, sin embargo, en las cuentas de redes sociales del Gobierno se ha intentado dar explicaciones sobre el proceso. “Los silos es el sector que nuestros dirigentes consideraron era el más idóneo y yo estoy de acuerdo con eso. Es amplio, está lejos de la gente y los cuerpos están ya muy putrefactos porque el calor de La Guaira no ayuda”, dice Sihune Villalobos, director adjunto del servicio forense, en uno de los videos en Instagram del Ministerio de Comunicación. El funcionario agrega que los cuerpos que no alcanzan a procesar durante una jornada se preservan en bolsas que mantienen la temperatura estable. En otro video, un pastor evangélico anuncia que el cementerio cuenta con una carpa para ceremonias.

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