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viernes, 10 de julio de 2026

La profecía de Playa Grande: Todos irán presos

La situación se volvió tensa y Maduro Guerra intentó calmar los ánimos. Foto: Simen Askjer / TV 2

 

Una mujer que enterró a su hija le gritó al hijo de Maduro que tiene que ir preso. Eso pasó. No en un tuit, no en un foro de exiliados, no en una audiencia de Manhattan. Pasó en Playa Grande, sobre los escombros del urbanismo que lleva el nombre de Hugo Chávez, a pocos metros de donde todavía se sacan cuerpos. Se lo gritó en la cara. Y él no dijo nada.

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Por Rory Branker / Pamela Toledo / lapatilla.com




Hay que detenerse en eso, porque ahí cambió algo que veníamos esperando hace un cuarto de siglo.

Esa mujer no estaba protestando. Protestar es lo que hace quien todavía cree que el poder escucha. Ella estaba sentenciando. “Todos ustedes tienen que ir presos. Esto fue una irresponsabilidad y por eso tienen que pagar“. Fíjense en el verbo: no pidió, no suplicó, no exigió siquiera. Anunció. Como se anuncia una cosecha o una tormenta, algo que ya viene en camino y que ningún funcionario puede desviar.

Durante veintisiete años el chavismo caminó por este país como se camina por una finca propia. Bajaba a los cerros con cajas de comida y se llevaba votos, lealtad, silencio. Repartía apartamentos de anime con la solemnidad de quien reparte catedrales, y la gente aplaudía, porque el hambre aplaude lo que sea. Ese era el contrato: yo te doy la migaja, tú me das el miedo. El pan de piquito a cambio de la lengua quieta.

Se acabó

Se acabó porque las torres que regalaron se tragaron a la gente que vivía adentro. Docenas de edificios que levantó la revolución en Playa Grande se cayeron y quedan tres en pie. Tres. Los otros se hundieron en un suelo que nadie estudió, construidos con cemento rebajado y espuma, firmados por una constructora turca que un comandante eligió porque le gustó lo que vio en Libia. La hija de esa mujer no murió por un terremoto. Murió por una firma. Y la mujer lo sabe, por eso no le gritó a la tierra: le gritó al apellido.

Ahí está el detalle que el chavismo residual no termina de entender. Nicolasito fue a Playa Grande como fue siempre su familia a todas partes: a poner el cuerpo para la foto, a administrar el dolor ajeno como si fuera un acto de gobierno. Llevó al lado a Jorge Arreaza, yerno del comandante Chávez, el mismo que hace un mes se burlaba de los torturados de El Helicoide. Dos herederos paseando por el cementerio que construyó que disfrazaron de casas. Calcularon que la gente, como siempre, bajaría la cabeza.

La gente ya no baja la cabeza. Ese cálculo, el único que sostuvo al chavismo cuando ya no lo sostenía nada, dejó de funcionar el 24 de junio a las seis y pico de la tarde, cuando el suelo de La Guaira les mostró a los venezolanos de qué estaban hechas realmente las promesas: de anime. El que perdió a un hijo bajo esa espuma no tiene ya nada que el régimen pueda quitarle. Y un pueblo al que ya no le pueden quitar nada es la peor noticia posible para quienes gobernaron veintisiete años a punta de amenaza.

Que tomen nota los que quedan. Los diputados con causas federales abiertas, los ministros reciclados, los gobernadores del partido. Ya no hay recorrido tranquilo. No hay inauguración, no hay entrega de bolsas, no hay acto en cancha techada donde no los espere alguien que perdió todo y que ahora habla el idioma que ellos enseñaron: el de la fuerza de quien no tiene miedo. A Delcy la encararon en Caracas. A Nicolasito lo sentenciaron en Playa Grande. Van a tener que gobernar un país que los mira a los ojos, y no saben cómo se hace eso. Nunca lo supieron.

Al padre ya lo alcanzó la justicia, aunque haya tenido que venir de afuera, en helicóptero y de madrugada. Al hijo lo alcanzó algo previo y más grande: la certeza pública de que su turno existe. Porque una acusación federal se litiga con abogados. Pero lo que dijo esa mujer sobre los escombros no se litiga. Las madres que entierran hijos no formulan opiniones.

Formulan profecías. Y las profecías dichas sobre una tumba tienen la costumbre terca de cumplirse.

Esa mujer ya dictó la sentencia. Al país solo le falta ejecutarla.

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