Francisco Pérez, con su casco y su linterna, lleva una semana frente al estacionamiento de un edificio que ya no existe. Ahí, a varios metros bajo tierra, está el vehículo de la mujer a la que trata como su madre, Nancy Rojas, de 67 años, su jefa. Parece que está dentro. Francisco cuenta que logró localizar más o menos dónde podría estar y le preguntó varias cosas a gritos. Ella, asegura, golpeó dos veces contra el techo del vehículo para decir que sí, tres para decir que no. Le intentaron convencer de que podría ser cualquier ruido, pero él insiste en que no, que un golpe puede ser una piedra, pero que tres tiene que ser ella pidiendo ayuda. El joven volvió cada día a hablar así con Nancy, que le llamaba hijo, pero ya no la ha vuelto a escuchar. Rescatarla, visto el estado del edificio, parece imposible. El techo está tan comprometido que mover un solo bloque puede hacer colapsar el resto. Hasta el lunes, tenía esperanza.
Por María Martín / elpais.com
La historia de Francisco es una entre miles. Una semana después del doble sismo que sumió a Venezuela en una nueva crisis inimaginable, el Gobierno de Delcy Rodríguez acaba de decretar una semana de luto nacional tras sumar 2.295 muertos y 11.267 heridos. El martes, sin embargo, el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, deslizó que puede haber 10.000 fallecidos. Las bolsas de cadáveres están en camino. Mientras, la plataforma que impulsa la líder opositora María Corina Machado, un canal paralelo al oficial y con casos repetidos, cuenta 40.668 personas registradas como “sin contacto” con sus familiares. Hay 855 edificios afectados, 189 de ellos con colapso total. Un montón de números de un país que pasará meses contando y enterrando a sus muertos.
El joven se ha sentido tan impotente que ha insistido durante varios días a todo el mundo que quiso escucharlo en que la que estaba ahí debajo era su madre, aunque en realidad no lo es. “Era la única manera de que me hicieran caso”, confiesa. “La gente, al yo decir que era mi mamá y verme tan desesperado, venía a ayudarme… Por eso la mentira ha llegado tan lejos”, se disculpa. Siete días después de los terremotos, Francisco ya no habla de rescate. Habla de recuperar un cuerpo. Y enterrarlo con dignidad.
La espera del joven, de 28 años, y su amiga Scarly Rojas, la única hija de Nancy, tiene algo de ritual que se repite edificio tras edificio, día y noche, en La Guaira. De madrugada, con menos tráfico y menos ruido de maquinaria, decenas de estructuras se quedan a oscuras mientras los rescatistas —a veces solo vecinos, a veces profesionales— siguen pidiendo silencio para intentar escuchar golpes o voces bajo los escombros. El mismo código que usaba Francisco, replicado a escala de una ciudad entera. Los campamentos se desperdigan por la ciudad, pero los barrios están llenos de colchones apostados en la puerta de las urbanizaciones perdidas. Duermen allí cada noche a pesar del insoportable olor a cadáver que inunda ya casi toda el municipio. Y mientras esa rutina siga, mientras cada noche haya todavía una posibilidad, aunque remota, de escuchar algo, es difícil que una ciudad entera termine de asumir el siguiente paso —sea cual sea ese paso— tras la catástrofe.
Scarly agarró este martes a alguien que en su camiseta ponía “psicólogo”. “Hablé con él porque yo, en particular, soy además paciente psiquiátrico. Sufro de ansiedad y en toda esta situación estoy en shock todavía y no termino de drenar, de llorar”, explica. Francisco también sigue conmocionado, apenas reacciona, ni se emociona, pero empieza a asimilarlo: “Ahorita lo que me queda es rescatar el cuerpo, darle una sepultura y seguir con mi vida”.
Frente a otro edificio derruido, él y otros dos jóvenes, parejas de dos hermanas que quedaron sepultadas, describen el muro que les impide seguir adelante. Quieren enterrar a sus muertos. “Lo más arrecho es que hace dos días tuve que hacer mercado y me pegó duro”, les cuenta Francisco. “Es que me decía: ‘Coño, estoy haciendo algo de la vida cotidiana teniendo a mi mamá [en referencia a Nancy] allá abajo’. Y no puedo”. Andrés Piñero, novio de la española Franchesca, una de las dos mujeres a las que intenta recuperar, asiente. “Eso es lo que queremos. Enterrarla, al menos”.
Incluso para quienes ya han rescatado un cuerpo, el duelo tropieza con muchos obstáculos: peregrinar de morgue en morgue (varias improvisadas al aire libre) para encontrarlo, identificarlo, rellenar formularios… cremarlo. Cientos de cuerpos han pasado días expuestos al calor del Caribe. En estacionamientos, en solares vacíos, en el puerto. “Hay algunos que ya están irreconocibles”, afirma un miembro del Gobierno de Delcy Rodríguez en la zona del desastre. La identificación, cuando es posible, se hace por pertenencias, tatuajes o pruebas dentales. Cuando no lo es, las familias quedan atrapadas en un limbo distinto al de Francisco: tienen el cuerpo, pero no la certeza de que sea el suyo. Con tal volumen de muertos, las cremaciones tampoco pueden esperar.
La desesperación por llegar hasta los suyos ha empujado a algunos a saltarse a las autoridades, que tardan demasiado en llegar. José Mesa tiene a su hija y a los dos abuelos de la niña entre los escombros de un edificio que se inclina cada día un poco más. Esta semana él mismo acabó encaramado en la azotea para intentar sacarlos con sus propias manos. “Fue un poco difícil porque no teníamos los materiales. Necesitamos a alguien que suba y nos ayude”, cuenta. Pero la prioridad de los equipos de rescate, siete días después, sigue siendo otra: los vivos, no los muertos. Mesa, como Francisco, espera turno.
Esa impotencia a generado, cuentan miembros de los equipos internacionales desplegados en el país, un fenómeno que se empieza a ver con más frecuencia en las redes: supervivientes que se meten entre los escombros y se graban fingiendo estar atrapados, con la esperanza de que el vídeo circule y atraiga a los rescatistas hacia el edificio exacto donde tienen a los suyos. Mienten para que alguien les ayude.
En Venezuela, un país que ya en la normalidad vive al día, nadie habla del futuro todavía. “Quizá uno se recupera”, dice Francisco, “pero seguirán meses en los que uno va para una ferretería, uno ve un pico, uno ve una pala y uno se va a poner mal”. Por ahora, ni él ni nadie tiene margen para pensar tan lejos: hay que seguir buscando.

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