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miércoles, 23 de septiembre de 2026

La paradoja de Trump en Venezuela: se llevó a Maduro pero mantuvo al régimen

 



Donald Trump acababa de sacar a Nicolás Maduro del poder cuando hizo algo incluso menos previsible que semejante operación: descartar de entrada a María Corina Machado. Apenas unas horas después de la captura, el 3 de enero, compareció en su mansión de Mar-a-Lago y a efectos prácticos la apartó de la transición: «Creo que sería muy difícil que ella fuera la líder. No tiene el apoyo ni el respeto dentro del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene ese respeto».

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Por David Alandete / abc.es




La frase confundió sobre todo a una oposición venezolana que entonces estaba en estado de euforia por la captura del dictador. Machado había sido durante años su figura más reconocible, contaba con importantes aliados en Washington y su partido, con ella inhabilitada de forma arbitraria, había ganado con contundencia las últimas elecciones. Pero Trump acababa de dejar claro que derrocar a Maduro no significaba entregar inmediatamente el poder a quien había encabezado la lucha contra él. Era la primera señal de que la transición que preparaba Washington iba a ser muy distinta de la que muchos habían esperado.

Todo aquello resultaba especialmente extraño en una Administración cuya diplomacia estaba en manos de Marco Rubio, durante años uno de los principales defensores de Machado en Washington y que, siendo senador, había llegado incluso a promover su candidatura al Nobel de la Paz. Rubio se había consolidado ya como uno de los hombres fuertes del Gobierno: disciplinado y leal a Trump, capaz de acumular responsabilidades y, al mismo tiempo, con unas credenciales republicanas difíciles de cuestionar. Durante sus años en el Senado había hecho de la oposición a las dictaduras de América Latina una de sus principales señas de identidad.

Y probablemente ningún dirigente de la oposición democrática venezolana había defendido con tanta vehemencia como Machado la necesidad de una política de máxima presión como la que Trump y Rubio acababan de llevar hasta sus últimas consecuencias. Durante años había reclamado sanciones contra el régimen y sus fuentes de financiación y sostenido que Maduro, protegido por un formidable aparato represivo y amparado por Cuba, Rusia e Irán, no abandonaría jamás voluntariamente el poder. En 2019 lo formuló sin demasiados rodeos: «Es evidente que no va a ceder el poder sino ante la amenaza real de una fuerza superior a la que ellos aplican».

Entre el afecto y el distanciamiento calculado

Y, sin embargo, apenas consumada aquella operación, la prioridad de Washington pasó a ser otra. Desde entonces, en la Casa Blanca se vio a Trump oscilar entre un evidente afecto personal hacia Machado y la defensa de una transición que descansaba, al menos inicialmente, sobre Delcy Rodríguez y buena parte de las estructuras que habían sobrevivido a Maduro. En público podía elogiar a Machado; su Gobierno, mientras tanto, administraba con enorme cautela cualquier movimiento que pudiera alterar el entendimiento alcanzado en Caracas.

La contradicción quedó especialmente visible en marzo. El día 6, Trump recibió por segunda vez a Machado en la Casa Blanca, en un encuentro reservado de unas dos horas al que asistieron también Rubio y Susie Wiles, la jefa de Gabinete. Machado insistió en algo que para ella resultaba evidente: debía regresar a su país. La respuesta que recibió fue que convenía esperar. La situación seguía siendo extremadamente delicada y Washington consideraba prioritario consolidar primero el nuevo equilibrio venezolano.

Apenas unos días después volvió a aparecer el otro Trump. Durante una cena en Doral, epicentro del exilio venezolano en Florida, llamó por teléfono a Machado y puso la conversación en altavoz ante varios de los presentes. La saludó con afecto: «Todo el mundo te ama aquí». Era una escena muy propia del presidente, especialmente receptivo al reconocimiento de figuras que, a su vez, gozan de prestigio entre sectores que considera próximos.

La división de funciones podía resultar deconcertante. Trump podía seguir llamando en altavoz a Machado cuando le convenía y Rubio evitar con cara de circunstancias una ruptura pública con quien había sido durante años su aliada

Mientras tanto, desde otros niveles de la Administración comenzaban a llegar mensajes bastante menos amables. En julio, Axios recogió comentarios anónimos de altos cargos que describían los intentos de Machado de regresar después de los terremotos como «oportunismo político» y algo «grotesco». Uno sostenía que quería «una foto repartiendo nuestra ayuda»; otro la acusaba de intentar que la emergencia venezolana girara «en torno a ella». Eran valoraciones anónimas, no la posición pública expresada por Trump o Rubio, pero revelaban hasta qué punto existían reservas dentro del Gobierno sobre su regreso.

La división de funciones podía resultar desconcertante. Trump seguía expresando afecto por Machado y Rubio evitaba una ruptura pública con quien durante años había sido una de sus principales aliadas venezolanas, mientras otros funcionarios transmitían una posición mucho más severa. Uno resumió aquella incomodidad con una pregunta: «¿Pero ahora qué hacemos, instalarla nosotros?».

Machado nunca había pedido que Estados Unidos la instalara en ningún sitio. Tampoco reclamaba soldados ni protección norteamericana para regresar. Quería volver a su país y hacer lo que había hecho durante años, incluso en la clandestinidad y bajo persecución: recorrer Venezuela y ejercer allí su liderazgo político. La dificultad era otra. Su mera presencia podía alterar el delicado arreglo construido alrededor de Delcy Rodríguez precisamente cuando Washington comenzaba a obtener de aquel Gobierno resultados concretos en petróleo, seguridad, deportaciones e inteligencia.

En este juego de equívocos entraba y salía un viejo conocido de la oposición venezolana: Richard Grenell, amigo personal de Trump y uno de esos hombres a los que el presidente ha recurrido para misiones de todo tipo. Fue embajador en Alemania, director interino de Inteligencia y enviado para asuntos especialmente delicados, entre ellos Venezuela. Ya durante el primer mandato había abierto un canal propio con el chavismo: en septiembre de 2020 se reunió discretamente en México con Jorge Rodríguez, hermano de Delcy y uno de los principales jerarcas del régimen, en un contacto que cultivaría con el paso de los años.

La reentrada de Grenell en la crisis venezolana fue especialmente polémica en enero de 2025. Trump lo envió a Caracas días después de tomar posesión por segunda vez y entró en Miraflores para reunirse en persona con Maduro y Jorge Rodríguez. Salió de allí con seis estadounidenses liberados y un acuerdo para que el régimen aceptara vuelos de deportados desde Estados Unidos. La fotografía con Maduro causó malestar entre quienes esperaban que el regreso de Trump significara recuperar sin matices la política de máxima presión, embargos y sanciones.

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