
El doble terremoto que azotó a La Guaira el 24 de junio de 2026 le cambió la vida a miles de familias. Hay quienes perdieron su hogar y tuvieron que marcharse, pero conservan el anhelo de regresar, mientras que otros tratan de comenzar desde cero lejos de lo que quedó de su tierra.
Alrededor de 1.000 de esos sobrevivientes se trasladaron por sus propios medios hacia el estado Anzoátegui para refugiarse en casas de parientes o amigos. Algunos solo pudieron salir con la ropa que tenían puesta aquel día, pero lo que todos llevan intacto es el recuerdo de lo sucedido.
La herida sigue abierta y, en este caso, no basta solo con el paso del tiempo para que cese el dolor. Eso es lo que dan a entender Richard Delgado y la pareja Nairiuska Guaregua y Mario Lorenzo, quienes ahora viven en Barcelona.
Ellos contaron que al llegar a la capital anzoatiguense junto a sus respectivas familias, recibieron atención médica y psicológica, ropa, alimentos y otros insumos, tanto de entes gubernamentales como de civiles. Sin embargo, han visto cómo ese interés por ayudar se ha ido diluyendo.
En ambos escenarios, la asistencia por parte de las autoridades estadales fue cosa de una sola vez a través del plan “Más Años, Más Amor”. Por eso les ha tocado aferrarse a la Providencia Divina, manifestada a través de voluntarios que les llevan víveres y artículos básicos, aunque no ocultan su deseo de que el acompañamiento sea también en el área de la salud mental.
Nueva realidad
Nairiuska y Mario vivían junto a sus tres hijos en el sector Caribe de Caraballeda. Trabajaban de manera independiente en las áreas de estética y carpintería náutica, respectivamente, pero los terremotos los obligaron a empezar de cero, sin tener claro cómo.

El primer paso de ese renacer lo dieron cinco días después del suceso, cuando lograron llegar a Barcelona. Allí los estaba esperando la tía de Guaregua, quien les cedió un cuarto en la segunda planta de su vivienda, ubicada en plena avenida Cumanagoto.
“Por lo menos a mí me ha costado adaptarme, porque estamos en una parte alta, y a raíz del terremoto, me quedó esa sensación de incomodidad. Incluso, he tenido crisis cuando estoy en espacios cerrados, pero creo que eso lo iré sanando con ayuda psicológica”, contó la señora.
No obstante, la asistencia psicológica era justamente una de las principales carencias de esa familia a casi dos meses de los sismos. En las primeras semanas, Nairiuska presentaba vómitos y mareos como consecuencia del trauma y la falta de herramientas para afrontarlo.
“Por eso también quisiéramos poder trabajar, para ocupar la cabeza en otra cosa y comenzar a generar nuestros propios recursos. Actualmente no nos falta comida, porque hay gente que con frecuencia nos dona alimentos, pero necesitamos esa sensación de poder elegir”, agregó.
Lo que sí tienen totalmente claro Guaregua y Lorenzo es que regresar a La Guaira no es una opción. La mayoría de sus pertenencias se dañaron y ven innecesario exponer a sus hijos (un adolescente, un niño y una niña) a lidiar con el cambio violento que sufrió La Guaira. “Nada es lo mismo: ni la vista ni el ambiente ni las personas”.
Arraigo profundo
El doblete sísmico del 24 de junio dejó una marca imborrable en la población guaireña que, 27 años atrás, también sufrió un duro golpe de la naturaleza con el deslave. Sin embargo, el arraigo por su tierra es tan profundo que personas como Richard Delgado no ven la hora de regresar a su litoral amado.
Pese a que actualmente está junto a su esposa y tres de sus hijos en la casa de su suegra, ubicada en el sector Buenos Aires de Barcelona, el hombre de 50 años no se adapta a la capital anzoatiguense y espera ser tomado en cuenta para la asignación de una nueva vivienda.

“Eso sí, ya no quiero vivir en edificios. Pueden venir a ofrecerme el apartamento más lujoso y no lo voy a agarrar. Con que me den un rancho o una casa de esas “chinas” que están trayendo, me conformo”, expresó Delgado, quien residía en una de las torres del urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi en Playa Grande.
Aunque su aspiración es lógica por tratarse de alguien que perdió su hogar (el edificio fue demolido de manera controlada), él interpreta que no hay interés gubernamental en darle otra casa porque no ha sido tomado en cuenta en ningún censo. Y no es el único en medio de esa incertidumbre, pues Nairiuska Guaregua y Mario Lorenzo afirmaron que están en la misma condición.
Vulnerabilidad
Richard Delgado comentó que trabajaba en una de las oficinas del Servicio Autónomo de Registros y Notarías (Saren) en La Guaira desde hacía varios años. Añadió que le ofrecieron hacer el traslado para Anzoátegui y no quiso por una razón: su salud mental y la de su familia.
“Desde que estamos aquí, de la Gobernación nos vinieron a atender una sola vez. El resto han sido iglesias o voluntarios que nos ayudan. Tengo una hija con autismo y me la vio en una sola oportunidad la gente de Casitas Azules (programa dependiente del Ejecutivo estadal). También tengo un hijo con el síndrome de huesos de cristal y la atención hacia él ha sido deficiente”, aseveró.
El afectado agregó que su otra hija ha perdido mucho cabello y presume que se debe al trauma, mientras que su esposa comenzó a presentar problemas dentales. Aunado a esto, él padece diabetes y tiene que usar una media de compresión en una pierna.
“Solo en una ocasión recibimos apoyo psicológico, y vinieron porque yo estaba dando gritos en medio de una crisis. Estaba tan mal que ni siquiera había querido cortarme el cabello, y lo vine a hacer mes y medio después de los terremotos”, relató.
Recuerdo doloroso
Para Delgado resulta doloroso haber pasado de tener un apartamento propio -tras varios años de lucha e insistencia- a vivir en un cuarto de tres metros de ancho por tres de largo. De lo que era su hogar solo le quedó el recuerdo, pues la torre donde residía fue demolida y ni siquiera pudo recuperar sus documentos personales.
“También fue fuerte cuando nos tocó explicarle a nuestra hija con autismo que lo que ocurrió fue un fenómeno natural. En un principio no lo asimilaba porque muchos de sus compañeros, con los que estaba a punto de graduarse de bachiller, murieron”, contó el hombre, quien afirmó haber sido de los primeros en llegar de La Guaira a Anzoátegui.
En el caso de la familia de Nairiuska Guaregua y Mario Lorenzo, el 24 de junio pasó a ser una fecha que inevitablemente los lleva a una mezcla de emociones. ¿La razón? Ese día cumple años su niña más pequeña.
“Recuerdo que ese día salí temprano a trabajar para poder comprarle algunas cositas por su cumpleaños. Pude regresar y justo veíamos un juego de fútbol cuando empezó el temblor. El segundo fue tan fuerte que estábamos a dos pasos de la puerta y no pudimos llegar. Fue horrible”, recordó Lorenzo.

Mario también explicó que estuvieron cuatro días aislados porque no había electricidad ni señal telefónica, y todo estaba obstruido. Lo que sí llegó a ellos fue la información falsa de una supuesta alerta de tsunami horas después de los movimientos, por lo que en medio del pánico, optó por irse con su familia hacia la montaña.
“Eso lo hacíamos cada vez que sentíamos una réplica. Pudimos comunicarnos con nuestras familias después de que unos rescatistas llegaron con internet satelital a la zona. Luego, para salir hacia Caracas tardamos cinco horas -en un trayecto que normalmente toma 30 minutos o menos- porque con frecuencia mandaban a apagar todos los motores para escuchar dónde había personas con vida. Durante todo ese tiempo vimos de cerca el desastre que quedó”, narró.
Regreso a la “normalidad”
Tanto Guaregua como Lorenzo y Delgado coinciden en que para ellos el concepto de normalidad no tendrá sentido, al menos por un buen tiempo. Sin embargo, esperan tener pronto la oportunidad de volver a trabajar y ganarse el sustento de sus familias, como cualquier otra persona.
Los tres dicen estar conscientes de que el mundo alrededor de ellos debe continuar y lo entienden perfectamente, aunque aspiran a que el acompañamiento no cese para quienes probablemente están en una condición mucho más vulnerable.
Pese a que sienten que el Estado tiene una deuda con ellos, aseguran que no se van a detener en eso porque probablemente sea en vano. Agradecerán si los toman en cuenta para una nueva vivienda o si refuerzan el apoyo psicológico, pero si no sucede, seguirán luchando por sus propios medios para sacar a sus hijos adelante.
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