Lo que hace apenas meses parecía imposible hoy ocurre frente a las narices de todo el país: el chavismo ya no gobierna bajo sus propias reglas. El plan de tres fases impulsado por Donald Trump y Marco Rubio comenzó como una operación de estabilización tras la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, pero terminó convirtiéndose en un desmontaje progresivo de la estructura política, económica y simbólica que sostuvo al régimen durante más de dos décadas.
La primera señal fue brutal. Mientras la propaganda chavista todavía gritaba “soberanía”, el nuevo chavismo encabezado por Delcy Rodríguez aceptó restablecer relaciones diplomáticas con Washington, permitió el regreso de la Embajada de Estados Unidos y terminó autorizando ejercicios militares estadounidenses sobre Caracas con aeronaves Osprey, marines armados y el propio jefe del Comando Sur aterrizando en la capital como si estuviera entrando a una base aliada.
Y ahí comenzó el verdadero problema para la vieja narrativa revolucionaria: el chavismo quedó desnudo. Los mismos que durante años hablaban del “imperio invasor” ahora coordinan reuniones con enviados estadounidenses, permiten maniobras militares en territorio venezolano y negocian inversiones petroleras con empresas norteamericanas. Delcy y el nuevo aparato chavista ya no actúan como herederos de Chávez, sino como administradores temporales de una transición supervisada desde Washington.
Además, el plan de Trump no se limitó al plano militar. La segunda fase apunta directamente al corazón económico del chavismo: PDVSA. La reforma petrolera impulsada por Delcy eliminó el monopolio estatal sobre el petróleo, abrió arbitrajes internacionales y entregó enormes espacios al capital extranjero, especialmente estadounidense. Lo que Chávez vendió durante años como “soberanía energética” hoy se negocia en Houston entre tecnócratas, petroleras y funcionarios que antes hablaban de antiimperialismo.
Mientras tanto, la tercera fase comienza a cocinarse lentamente: elecciones, reinstitucionalización y reconstrucción política. Allí es donde el chavismo tradicional empieza a fracturarse. Las críticas internas ya no vienen solo desde la oposición. Figuras históricas del propio oficialismo comenzaron a cuestionar abiertamente el tutelaje estadounidense, el simulacro militar en Caracas y la pérdida de soberanía política. Porque el problema para ellos ya no es solamente Maduro preso. El problema es que el chavismo perdió el control del relato.
Y quizás ahí está el golpe más duro del plan de Trump: convirtió al chavismo en lo que juró combatir. Hoy el aparato oficialista depende de licencias petroleras, legitimidad internacional, inversiones extranjeras y coordinación con Estados Unidos para sobrevivir políticamente. Incluso sectores radicales del oficialismo ya hablan de “ocupación silenciosa” y “administración colonial” mientras observan cómo buques estadounidenses patrullan aguas venezolanas y generales norteamericanos aterrizan en Caracas sin resistencia real.
El chavismo prometió independencia absoluta, pero terminó subordinado a una negociación geopolítica donde Washington marca el ritmo. Y mientras Delcy intenta vender “estabilidad”, la revolución bolivariana se diluye entre privatizaciones, acuerdos energéticos y fotografías sonrientes con funcionarios estadounidenses.
Lo irónico es que Trump no necesitó destruir militarmente al chavismo. Le bastó obligarlo a sobrevivir bajo condiciones estadounidenses. Y en ese proceso, la revolución terminó tragándose a sí misma.

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